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Lecturas LXXXV (XIII). Las Memorias del cardenal Sebastián

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Lecturas LXXXV (XII): Las Memorias del cardenal Sebastián Debemos empezar el pontificado en Pamplona de Sebastián con una anécdota importante. En 1993 Suquía pasó por Málaga y el administrador apostólico le acompañó a ver una procesión. Y durante la misma, le dijo: “Viendo lo que has hecho aquí te vamos a dar alguna cosa”. A mí aquello me sentó bastante mal. No era el modo ni el lugar. ¿Hasta entonces no habían visto mis superiores que yo podía hacer algo útil? Me dolió pero me aguanté” (pg. 315). Creo que la anécdota refleja perfectamente la situación. La nueva línea de Roma estaba disconforme con el historial de Sebastián y se deshizo de él con formas hirientes. Y con publicidad notoria para que él y los demás tomaran nota. Suquía actuaba a pecho descubierto como el hombre del Papa en España. El que podía quitar y dar. El episcopado español estaba todavía compuesto por obispos dadaglianos pese a los nuevos nombramientos que llegaban con cuenta gotas. Por lo que la mayoría episcopal jugaba a enseñarle las uñas a Roma un poquito y para suceder a Suquía al frente de la Conferencia Episcopal, agotados sus dos trienios eligió al zaragozano Elías Yanes clarísimo representante de la línea anterior y le mantuvo los dos mandatos que los estatutos permitían (1993-1999). Al término de Yanes ya estaba configurada la nueva mayoría que eligió a Rouco en cuatro mandatos, con uno intermedio de Blázquez porque lo imponían los estatutos (19991-2005 y 2008-2014). Lo más curioso es que Sebastián fue elegido Vicepresedente durante todo el mandato de Yanes (1993-1999) y luego una vez más con Rouco en la presidencia (2002-2005). Con lo que llega la gran duda. ¿Se había “convertido” Sebastián tras el monumental sopapo granadino? ¿Disimulaba? Suquía parecía convencido de que era otro y le propuso para Pamplona. Yo, con muchísimos menos datos que los que tenía el cardenal arzobispo de Madrid, también me creí lo de la conversión. Y pienso que lo mismo ocurrió con algunos obispos que le votaron como un contrapeso a Yanes. ¿Engañó a todos? ¿Se trataba simplemente de prudencia por su parte ante la nueva línea romana? ¿Reconoció de algún modo que eran equivocadas sus posturas anteriores? De sus Memorias no se deduce nada claro. Como si quisiera mantenernos a todos en la duda. Lo ciertísimo es que el 25 de marzo de 1993 se anunció su nombramiento como arzobispo de Pamplona y hacia allí se encaminó llevando consigo a su madre afectada de Alzheimer (pg. 315). Una nueva anécdota que revela que en Roma a pesar de todo no terminaban de confiar plenamente en él. Se lo reveló en 1994 el cardenal Silvestrini, permanente enredador vaticano hasta hace muy poco. Supongo que hoy, ya con 92 años, habrá renunciado a la conspiración constante. Silvestrini le confesó que algunos cardenales habían querido colocarle en Madrid como sucesor de Suquía en 1993 “pero no fue posible” (pg. 316). Su respuesta al cardenal fue quitarle importancia al hecho ya que “lo importante es estar y servir donde Dios quiere”. Y lo pienso así de verdad. Pero eso no impide que duela un poco por dentro comprobar que tus Superiores no tienen plena confianza en ti” (pg. 316). ¿No se le ocurrió pensar que tal vez fuera justificada esa desconfianza? “Me he sentido un poco marginado en la Iglesia en varias ocasiones. La primera al terminar como Secretario de la Conferencia y verme enviado a un lugar donde no hacía ninguna falta. (…) La segunda vez fue en una elección de los cargos de la Conferencia. En 1999 terminaba yo mi segundo periodo como Vicepresidente. D. Antonio Rouco me invitó a cenar en su casa y durante la cena me dijo: Fernando, tienes que prepararte para ser Presidente de la Conferencia. Yo no puedo serlo porque tengo mucho trabajo en Madrid”. Yo le dije: “Yo también tengo mucho trabajo en Pamplona. Vamos a dejarlo en manos de la Providencia y lo que decidan los obispos lo aceptamos y en paz”. Para entonces, D. Antonio era ya cardenal, viajó a Roma y a su vuelta todos pudimos ver claramente que estaba dispuesto a ser elegido Presidente de la Conferencia, como efectivamente ocurrió. Y la tercera vez fue la conocida por medio del cardenal Silvestrini. Yo no era de suficiente confianza para ser arzobispo de Madrid” (pgs. 316-317). Parece obvio que si Rouco no quería ser reelegido es que en Roma la sugirieron, o mandaron, que se presentase a la reelección. ¿Por cerrarle el paso a Sebastián? Pudiera haber sido. Llega a Pamplona con su madre enferma y su hermana religiosa que la cuidaba y se encuentra con una notable falta de delicadeza de Cirarda, el arzobispo al que sustituía, que le recibe con la residencia episcopal ocupada por sus hermanas. Ahí hizo gala de su carácter ylas puso ipso facto de patas en la calle (pg. 319). Tras ese primer incidente las relaciones con su antecesor, del que hace un gran elogio personal (pg. 321), fueron cordiales y escasas. “Quizá me mantuve demasiado alejado de él durante mi estancia en Pamplona” (pg. 321). Un acierto de Sebastián. Y otra anécdota reveladora del significado que tenía Sebastián entre el clero. Fue en 1969 a echar una mano al claretiano Tabera, entonces arzobispo de Pamplona y éste comento con un sacerdote de su confianza que muchos años después se lo comunicó a Sebastián: “Este chico vale mucho, pero no llegará lejos porque es muy progresista” (pgs. 321-322). Y Tabera no era precisamente un integrista. Pues había llegado a Pamplona. Cierto que es un arzobispado de los de segunda división y además era sumamente conflictivo. En Roma no le habían hecho ningún regalo. Más bien la habían dado una patata muy caliente. Particularmente pienso que fue un error aceptar ese encargo. Ya era arzobispo, aunque coadjutor, y gobernaba como administrador apostólico una diócesis muy importante que si tampoco era fácil si tenía muchos menos problemas que Pamplona. Pero más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Y Sebastián de loco no tenía nada.

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (XIII). Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Hermenegildo: Seguramente es como usted lo dice. Todavía no se habrían cambiado los estatutos y para un tercer mandato se requerían los 2/3. Ahora es imposible un tercer mandato consecutivo.

  2. El mandato de Blázquez de 2005 a 2008 no vino impuesto por los estatutos de la Conferencia Episcopal. Rouco podría perfectamente haber continuado en la presidencia de haber obtenido dos tercios de los votos, pero no lo consiguió, aunque creo recordar que fue por muy poco.

  3. Bandas, banderías, bandidos. Todo un ejemplo de lo que es la Iglesia jerárquica por dentro. Aquél sí que es de los nuestros, el otro no que no lo es. Qué pena y además lo cuentan cuando aún están vivos.

  4. No sé, pero difiero levemente de una opinión. ¿Vicepresidente como contrapunto a Yanes? Pienso que los obispos que votaron para esos dos trienios querían esa línea concreta y unieron a Yanes como presidente y a Sebastián como vicepresidente. No creo que los obispos pensaran en un cambio de Sebastián o una conversión. E incluso cuando salió Rouco (2002) y Sebastián de Vicepresidente, lo votarían para equilibrar la balanza.

    Otra cosa más. Aceptar Pamplona era lo lógico. Llevaba ya tiempo de arzobispo coadjutor (más administrador apostólico de Málaga) y para ser titular de Granada aún quedaban unos 3 años. Si se le ofrece otra diócesis, parece normal que aceptara y pudiera gobernar ya, el solo.

    Y todo lo digo con afecto a Fernando Sebastián que, pese a todo, es que me cae bien. ¡Qué le voy a hacer!

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