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Lecturas LXXXV (XII): Las Memorias del cardenal Sebastián

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Lecturas LXXXV (XI): Las Memorias del cardenal Sebastián La pérdida de la Editorial Católica por la Conferencia Episcopal, de la que Sebastián era Secretario general, es uno de los hechos más penosos de estos tiempos. Nuestro autor se lo atribuye a su bestia negra, el cardenal Suquía. Tan cauto siempre en sus desamores, el que se refiere a Suquía queda de manifiesto. Según dice, Sebastián era partidario de salvar al Ya y al resto de lo que fue importantísima empresa Ecclesial (pg. 300). Y hasta fue por algunos meses presidente de su Consejo de Administración (pg. 301), “y cuando la empresa estaba ya prácticamente reflotada, de la noche a la mañana, entre el Presidente de la Conferencia, que entonces era el cardenal Suquía, y el Vicesecretario de Economía la vendieron a una empresa editora del Norte de España que se quedó con os periódicos rentables, vendió la cabecera del Ya e hizo su buen negocio vendiendo los solares de la calle Mateo Inurria” (pg. 301). “Aquella situación, con la Conferencia Episcopal como titular de la empresa y responsable de sus publicaciones, tenía muchos inconvenientes. No podía durar. Pero no hay duda de que las cosas se podían haber hecho algo mejor” (pg. 301). Aunque “salvamos la Biblioteca de Autores Cristianos” (pg. 301). El malo fue Suquía, el bueno, Sebastián, si hizo uso del plural mayestático –“salvamos”-,o el resto de los obispos. No era el ya mi periódico y no estoy al tanto de lo que verdaderamente ocurrió. Pero si el responsable de ese error fue Suquía, que llegó a presidente de la CEE en 1987 y la venta fue, creo, en 1988, bien se le podría decir aquello de llegó, vio y vendió. En la Plenaria de 1987 tocaba renovar la cúpula de la CEE. Era “poco antes de que concluyera mi mandato (y) yo renuncié a lo que me quedaba y se produjeron nuevas elecciones. Quedé reelegido con más de 80 votos sobre noventa y tantos. En el momento de la elección yo estaba dispuesto a cumplir otro mandato de cinco años” (pg. 302). Pero… Los aires habían cambiado radicalmente en Roma aunque no en España donde imperaba todavía la gran mayoría de obispos dadaglianos. No hay más que ver los 80 votos que respaldaban a Sebastián para un nuevo mandato. Pero ya Suquía era arzobispo de Madrid, Rouco de Santiago, Don Marcelo seguía en Toledo aunque ya no aislado sino como referencia cada vez más reconocida… “Fue elegido Presidente el arzobispo de Madrid, Don Ángel Suquía. El argumento que algunos hicieron circular a favor de esta candidatura era de naturaleza un poco conformita: “Es el hombre señalado por Roma, nos conviene para el bien de todos”. Aquella elección marcó claramente un cambio dee estilo en la Conferencia, más en conformidad con los nuevos criterios vigentes en Roma desde 1982. Don Ángel fue el “hombre de Roma” hasta su jubilación. Su influencia fue decisiva para orientar los nombramientos de los nuevos obispos y regir las actividades de la Conferencia” (pgs. 302-303). Y comienzan los años de plomo de Sebastián. Que del infinito pasó al cero. Aunque más tarde consiguiera sacar algo, poquito, la cabeza de debajo de las aguas. La primera, en la frente, se la dio enseguida Suquía. Pese al masivo respaldo que había tenido Sebastián en su reelección como secretario, el nuevo presidente pasaba olímpica y hasta “ostentóreamente” de él. “Pronto me di cuenta de que habían cambiado las cosas. Yo no tenía la confianza del Presidente. Él se relacionaba normalmente con el Vicesecretario, D. José María Eguaras” (pg. 303). “Los asuntos iban y venían del Presidente a Eguaras y de Eguaras al Presidente” (pg. 303). El puenteo era manifiesto. La oposición de Sebastián a un nombramiento que quería Suquía y que era competencia del Secretario, al que ni siquiera había informado, fue una victoria de éste pero pírrica (pg. 303). Las relaciones estaban totalmente deterioradas. Siguiendo su habitual costumbre tampoco nos dice en quien iba a recaer ese nombramiento fallido. “Otra experiencia desagradable fue la venta del periódico Ya sin que yo hubiera tenido noticia de nada durante las gestiones precedentes. Era evidente que D. Ángel no estaba cómodo conmigo como Secretario. Y como a mí no me gusta estorbar ni entorpecer las cosas , decidí dejar la Secretaría y darle al Presidente la oportunidad de trabajar con un Secretario de su plena confianza. . Sin decir nada a nadie, fui una mañana a la Nunciatura y le dije a Mons. Tagliaferrr que llevaba seis años como Secretario y que tenía ya el deseo de incorporarme a una Diócesis. Recuerdo que le dije: “Conmigo no tienen problema, me voy contento a cualquier diócesis que me digan”. Esta decisión mía fue bien acogida, pues a los dos meses recibí el nombramiento de arzobispo Coadjutor de Granada” (pgs. 303-304). Esta fue la segunda en la boca y con una bofetada de Roma descomunal aunque vestida arzobispalmente. Coadjutor de un arzobispo que no le había pedido y que no lo necesitaba para nada. Y todo ello en un plazo brevísimo y desacostumbrado. Todo hacía suponer que Suquia, Tagliaferri y Roma estaban deseando deshacerse del Secretario. Se enteró de ello unos días antes por la confidencia de persona de la confianza de Suquía, en este caso si da el nombre, Irízar, que le adelantó lo que ya estaba cocinado. “Vas a Granada”. Sebastián que no esperaba tanta bicoca preguntó: “¿Y qué pasa con Don José?”. Pues con D. José Méndez Asensio no pasaba nada. Pasaba con él que era cierto que iba a Granada pero como coadjutor ni pedido ni querido. “Eso significaba que iba a estar como colaborador de D. José durante siete años. Mo sé si hay otros nombramientos de Coadjutor a tantos años de la fecha de sucesión. Algunos criticaron a D. José por no haber renunciado a la Diócesis para dejarme paso a mí. Yo nunca se lo reproché ni tuve ningún resentimiento por eso” (pg. 304) ¡Sólo faltaba! No había nada que reprochar a Méndez Asensio ni cabía el menor resentimiento. Más bien gratitud por haber admitido a alguien que ni quería ni necesitaba. “En nuestros ambientes no se entendía aquel nombramiento. Resultaba extraño que a los pocos meses de haber sido reelegido como Secretario con aquella holgada mayoría tuviera que dejar la Secretaría para ocupar un puesto secundario claramente innecesario. Fue una pequeña conmoción eclesial. Yo aguanté el chaparrón de preguntas y comentarios sin decir una palabra. En mis adentros veía con entera claridad que habían cogido mi palabra y me habían buscado un puesto para dejar libre la Secretaría cuanto antes. En las entrevistas que me hacían me limitaba a decir que yo prefería ya volver a la pastoral directa y que había pedido el relevo en la Secretaría. D. José nunca me hizo ningún comentario. Yo creo que fue él el primer sorprendido” (pgs. 304-305). Aparte las mentiras, al Nuncio y a los entrevistadores, que podemos considerar piadosas, de que quería ya misiones pastorales, le gustaba más la Secretaría que a un tonto una tiza, parece excesivamente pretencioso decir que no se entendía ese nombramiento. Puede ser que en “nuestros ambientes”, entendiendo por tales los de sus amigos, algunos no le entendieran. Aunque creo que todos entendieron que Suquía, el nuncio y Roma quisieron deshacerse de Sebastián. Y en otros ambientes eclesiales lo entendieron perfectamente. Y en no pocos hasta con gran alegría por su defenestración. A mí no me cupo la menor duda y seguramente habré escrito algo en esos días manifestándolo. Creo que es absolutamente aplicable a su persona aquel grito de 1931: “No se ha “marchao”, le hemos “echao”. “Hace unas semanas (está hablando del ayer recientísimo) un obispo amigo me recordaba que por aquellos días le comenté: “Me parece que no se han portado muy bien conmigo”” (pg. 305). Aunque no pocos pensaran que merecido se lo tenía por ser una de las cabezas indiscutibles de la Iglesia Española de aquellos días. “La llegada a Granada fue problemática. Me parecía un pequeño exilio. Luego todo fue muy bien, pero al principio resultó un poco duro” (pg. 305). “A los pocos días de llegarel arzobispo me indicó que me hiciera cargo de la dirección de los trabajos del Sínodo Diocesano” que ya estaba en marcha (pg. 306). Debió ser el único encargo que le hizo el arzobispo residencial en toda su coadjutoría. Habrá quien piense que era una tarea importante. Sebastián, que tonto nunca lo fue, nos habla de esas convocatorias que parecen relumbrantes y que siempre quedan en nada. Muchas diócesis han celebrado ya esos Sínodos que han pasado por ellas como el rayo de sol por el cristal. El testimonio de nuestro autor es decisivo, contundente, realísimo y extrapolable: “Luego, como ocurre con frecuencia en esta vida, el Sínodo quedó pronto olvidado. En la Iglesia tejemos y destejemos más de lo conveniente” (pg. 306). “Aparte de este trabajo yo preguntaba al arzobispo qué quería que hiciese y él con su suavidad habitual me decía: “Trabaja en lo que quieras, la viña del Señor es grande”. Me di cuenta de que si él trabajaba sin una agenda preparada de antemano, menos podía pedirle que organizara la mía” (pg. 306). Vale la crítica a su arzobispo, en la que alguna razón tal vez no le faltara, pero sus palabras demuestran que era un huesped incómodo y no invitado. Se dedicó a hacer lo que le parecía. Algo con los universitarios pero una vez más con fracaso posterior: “Después de mi marcha en 1993 todo aquello duró pocos años” (pg. 307). Aquel nada sin sifón duró hasta que en 1991 la Santa Sede aceptó la renuncia de aquella calamidad episcopal que fue Buxarrais y nombró a Sebastián, arzobispo coadjutor de Granada, administrador apostólico de Málaga. Desempeño que realizaría durante veinte meses (pg. 309). Fueron los primeros días gozosos del obispo tras el monumental batacazo. “Aunque no faltaba el pequeño grupo de algunos pocos sacerdotes muy identificados con la izquirda radical con los que era difícil contar” (pg. 311). Se echa en falta el que no mencione a aquel teólogo controvertido, José María González Ruiz, notable figura malagueña, con el que coincidió. Pero quienes escriben Memorias hablan de lo que quieren o de lo que les interesa. Interesante su mención de las Cofradías, de tanto relieve en la Andalucía a la que llegaba. “En aquel momento, la opinión mayoritaria de los sacerdotes era bastante crítica con las Cofradías y con los cofrades. Aun reconociendo sus defectos o sus deficiencias, yo siempre me mantuve a favor de las Cofradías. (…) Pensaba y sigo pensando que son un buen apoyo y un excelente punto de partida para una pastoral de formación y de conversión, aunque reconozco sus defectos y la ambigüedad, a veces poco religiosa, de algunos de sus sentimientos y actitudes. En estos últimos años han mejorado en muchos aspectos y puntos concretos” (pgs. 311-312). Siempre me pareció suicida la alergia, durante no pocos años, de no pocos curas y algunos obispos a las cofradías y sus procesiones. Sebastián mantuvo una posición a la vez inteligente y eclesial. Aunque pienso que ya había decaído no poco el iconoclastismo de bastantes imbéciles en años anteriores. “Había quienes me presionaban para que prohibiera la participación de los legionarios en la procesión del Cristo de Mena. No quise hacerlo” (pg. 312). Se le hubiera amotinado la ciudad. “En cambio no quise que desfilara en Semana Santa el Cristo de los Excombatientes. Me parecía que en este caso pesaban demasiado los recuerdos de la guerra civil. Sí acepté que esa imagen, que fue profanada durante la guerra y luego rescatada para el culto, estuviera expuesta en la Iglesia del Sagrario. En vez de sacar la imagen a la calle les sugerí que en la Semana Santa hicieran un Vía Crucis presidido por ella. Todavía se sigue haciendo así” (pg. 312). Seguía asistiendo, por petición de Méndez Asensio, a las reuniones del Consejo de gobierno de Granada. «Lo más difícil de resolver eran los nombramientos. A D. José, por su gran bondad, le costaba mucho decidir. No quería molestar a nadie ni forzar la voluntad de nadie» (pg. 313). ¿Es un elogio de Méndez Asensio? Algunos pensarán que no. «En Granada viví unos años de auténtica purificación. Aquella situación de subordinación e inseguridad me vino muy bien, pues me enseñó a ser humilde y paciente en mis actuaciones. Tuve que vivir esos años en segunda fila sin poder tomar decisiones ni iniciativas» (pg. 314). ¿Supuso eso una «conversión» de Fernando Sebastián? Algunos se lo creyeron. Yo entre ellos. ¿Era sólo un repliegue forzado por las circunstancias? Los lectores juzgarán, siempre con riesgo de equivocarse. En la próxima entrada llegará a arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela.

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (XII): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. A los católicos de a pie no deja de sorprendernos el lenguaje y la actitud de estos profesionales de la «carrera eclesiástica «. Que si voy o no voy a ser nombrado para este puesto…que si hacer campaña para llegar a aquella poltrona…¿Dónde está el afán por salvar almas? ¿Dónde se esconde la urgencia de conseguir vocaciones de diverso tipo: religiosas, sacerdotes, etc?¿Y el afán de iluminar las conciencias, enfrentándose a lo políticamente correcto y ser «antipático» al mundo? » …Tengo contra ti, el que has perdido el fervor de tu primera juventud…» «…por eso, porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca …»

  2. Qué pena que no tengamos las memorias de Suquía, el verdadero «anti-Sebastián», y alguien a quien los madrileños debemos que la fe católica no desapareciera de Madrid tras el desastre taranconiano.

  3. Recuerdo la llegada de D. Fernando Sebastián a Granada, mas o menos cuando hice la primera comunión, los niños le preguntabamos al parroco insistentemente que nos explicara aquello de que hubiera dos arzobispos, el pobre cura no sabia que decir, se limitaba a reir y decirnos que como eramos mas chulos que nadie habia dos arzobispos. Al domingo siguiente dijo en la misa dominical el parroco que lo de los dos arzobispos venia por cuestiones de la conferencia episcopal, ya que el secretario tenia que ser arzobispo, o sea que nadie entendia aquello y cada uno tratada de dar explicación airosa a lo que no tenia. Los mismos rumores se produjeron cuando se marcho. Algunos clerigos atribuyeron la llegada de D. Fernando Sebastián a Granada a la pasividad de D. José Mendez, que se rejuveneció el dia que llegó el coadjutor, haciendose mas activo y mas presente en todo tipo de actos. Ademas del Sinodo, realizó una visita pastoral a la catedral donde defenestró al cabildo metropolitano, el sistema para la defenestración fue sencillo, reunió al cabildo, les dijo esto se ha terminado, pusieron el grito en el cielo los capitulares, pero D. Fernando dijo las palabras magicas, la paga se mantiene igual, por lo que muchos se marcharon a sus casas sin oficio pero con beneficio. Entre otros fue defenestrado Mons. D. Alberto Gómez Matarin que estuvo muy vinculado a la hermandad sacerdotal española. Como curiosidad el cabildo andaba en aquella época costruyendo el paso procesional de la custodia, obra muy costosa, y que ha nadie gustó y sigue sin gustar y fue estrenado finalmente en 1992, junto con un novedoso coche electrico que tras apropellar a dos sacerdotes y romperse la dirección quedo roto en mitad de la nave central de la catedral donde quedó parado hasta que una gróa lo quitó de allí.

  4. Sobre la ida a Granada tengo motivos para pensar que el P. Candido Pozo estuvo detras del movimiento. Me consta que en los años de Tagliaferri tuvo peso en la nunciaturas, hasta el punto que mas de tres o cuatro mitras se debieron a él (aunque no salieron como pensaba…). Me consta, porque lo comento en Toledo, donde venia a dar clase un mes intensivo, que estaba preocupado por el sinodo de Granada ante la inoperancia de Mendez, y me consta que dijo que alguien como Sebastian podria evitar que salieran muchas tonterias; quiza pueda sorprender el razonamiento de Pozo, pero ante el ambiente creado por los jesuitas de la Cartuja, Sebastian era el concilio de Trento a su lado. Son solo indicios, pero conociendo la habilidad de Pozo en estos temas, su cercania al nuncio, a D. Marcelo (con quien Tagliaferri hablaba al menos una vez por semana) y las relaciones de Pozo en la Secretaria de Estado, que llegaron incluso a impedir un traslado a sudamerica, que habian proyectado los arrupianos para él, no me extrañaria nada que estuviera detras de una operacion que tiene dificil explicacion.

  5. Estimado Francisco José:
    Quiero dejar mi comentario de gratitud por esta serie de lecciones magistrales que nos estás ofreciendo sobre las Memorias publicadas por el Cardenal Sebastián.
    He vivido de cerca todas las vicisitudes y circunstancias que aparecen en las citadas Memorias. Confieso que no he sentido interés por leerlas. Porque, tal como nos expones en tu serie de Lecturas que vienes publicando en este tu apreciado Blog, yo no tengo ninguna duda que el Sr. Cardenal en sus Memorias arrimará el ascua a su sardina, como suele decirse, o nos dará la visión de lo que ha visto a través su cristal partícular.
    Creo que es muy importante que alguien con los argumentos y capacidad que tu posees, ponga las matizaciones necesarias para que la verdad brille sin oscuridades.
    Sorprende la ausencia de los comentaristas tan asiduos que tienes al tratar otros temas. Pero esto no resta ningún mérito a estos trabajos tuyos.
    ¡Enhorabuena! Y muchas gracias.
    Saludos cordiales.

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