Llegamos a la homilía de los Jerónimos que todo el mundo sabe que es letra de Sebastián a la que Tarancón puso la voz. Naturalmente el memorialista lo confirma y nos relata la génesis de la misma (pgs. 209-210). Y nos dice, tal vez algo vanidosamente: “Aquella homilía tuvo gran resonancia porque expresaba lo que los españoles deseaban” (pg. 211). Nada que objetar a la resonancia, porque la tuvo. Ya lo de hacerse intérprete de todos los españoles quizá sea algo pretencioso. Sebastián estaba encantado con aquellos días: “Los primeros años fueron un tiempo de gracia. Vivíamos unos años en los que parecía que habíamos iniciado una época nueva. Luego hemos visto que el cambio verdadero es más difícil de lo que entonces nos parecía. En la Iglesia volvieron a renacer las posturas excluyentes. Y en las instituciones políticas han vuelto a aparecer la desconfianza hacia la Iglesia y el menosprecio de la religión, los enfrentamientos excluyentes y los radicalismos intolerantes. (…) A última hora han renacido las posturas más radicales de 1931” (pg. 211). Un sueño más de Sebastián que no fue más que eso: un sueño. Y de nuevo la pedrada sin mencionar a los apedreados. ¿Quiénes fueron los que renacieron las posturas excluyentes? Debería tener la valentía de decirlo. Aunque algunos se lo imaginarán. Nuestro personaje intercala textos de su autoría que en general son absolutamente prescindibles y de los que hay ya nadie, salvo él, se acuerda. La famosa homilía no es de esos. Los lectores la encontrarán en el libro (pgs. 215-217). Un encendido elogio de Tarancón (pgs. 218-219) que hay que reconocer en su honor como persona agradecida. Estaba ya Sebastián en el cogollo de la intimidad del cardenal que, como no tenía un pelo de tonto, encontró en el claretiano un impagable colaborador. Y así le vemos, con Martín Patino, en el núcleo duro del taranconismo. Ambos acompañaron al cardenal en sus encuentros con Carrillo y Felipe González y Guerra de los que todos quedaron contentísimos (pgs. 119-120). El entusiasmo de Sebastián por ellos, sobre todo con Carrillo, es notable. Y una vez más el fracaso de sus quimeras: “En aquellos momentos, los dirigentes socialistas aceptaban estos planteamientos (los de Tarancón y sus boys) sin ninguna dificultad. Ahora, por desgracia, estamos viendo como las raíces anticlericales del PSOE siguen vivas y rebrotan de vez en cuando” (pg. 220). ¿Qué se creía ese soñador iluminado? La muerte de Franco la vivió “como tantos otros españoles, con respeto y preocupación” (pg. 221). Y nos hace una semblanza de la persona y de su régimen: “Hará falta más tiempo para poder juzgar serenamente la persona y la obra de Franco. Entiendo que no se le puede negar el mérito de dos cosas importantes: impidió la expansión del comunismo y la sovietización de España; y en los años de su gobierno impulsó decisivamente el desarrollo social y económico de los españoles. A mi juicio, lo más negativo de su gobierno fue la implacable depuración de los primeros años de la posguerra, detenciones, trabajos forzados, fusilamientos. Es cierto que una guerra civil deja tras sí muchas cuestiones pendientes y muchas dificultades sociales y políticas. Pero aun así, es inevitable pensar que hubiera sido mejor dar paso cuanto antes a una normalización democrática del país, sin alargar tanto la dictadura. Por su parte la Iglesia, a partir de 1950, hubiera tenido que iniciar su separación de las instituciones políticas, sin esperar hasta 1970. Ahora es fácil opinar así, pero la realidad de las cosas es más complicada. Las circunstancias internacionales no facilitaron estas transformaciones. Posiblemente todo ocurrió como históricamente podía ocurrir” (pg. 221). Me parece cicatero ocultar un tercer mérito de Franco que fue volcarse en la protección a la Iglesia. Estoy dispuesto a reconocer que hasta por su propio interés. Pero aquello fue indudable. Algunos pensarán que tal vez excesivo. No es mi caso. La dureza de la represión es cierta pero creo que también Sebastián confunde los años. No fue en la posguerra sino en la guerra y en los primerísimos años de la posguerra. He hablado muchas veces de crímenes en la España nacional. Que los hubo. Lamentablísimos. Los repudio. Pero es que en la España roja todos fueron crímenes. En la nacional, la mayoría ejecuciones por espantosos delitos cometidos. Aunque también hubiera asesinatos vergonzosos. Muy pocos años después de terminada la guerra casi todos los detenidos estaban en la calle. No pocos con delitos de sangre. Y lo de los trabajos forzados me parece de broma aunque algunos hubiera. ¿El Valle de los Caídos? Felices por estar allí en vez de la cárcel. De lo que no habla, y lo siento porque bastante tuvo que saber de eso, es de la intervención vaticana, vía Benelli y Dadaglio, con implicaciones vacilantes de Pablo VI, propias de su carácter, fue de la apuesta de parte de la Iglesia por derribar el régimen español. Porque Sebastián tuvo que ser agente activo. Aunque no lo cuente. Casaroli fue otra cosa. Seguramente más inteligente. Soy el primero en reconocer que la Iglesia tenía que desengancharse de algún modo del franquismo porque nada estaba atado y bien atado. Y que le preocupara un futuro que era ya inexorable. Entre otras cosas por la edad del Jefe del Estado. ¿Lo hizo bien? Pues parece, por lo que estamos viendo, que no mucho. Llegamos ya a la Constitución posfranquista. Ante ella “se produjeron algunas diferencias dentro de la Iglesia, tanto en España como en la opinión que merecían en Roma las actuaciones y posturas de los obispos españoles. Poco tiempo después de la muerte de Pablo VI se manifestaron claramente estas diferencias. En Roma no se comprendía como en una nación tan católica como España los obispos habían aceptado una “Constitución atea”” (pgs. 222-223). “En privado y en público yo apoyé decididamente la Constitución” (pg. 223). Sobre los acuerdos de España con el Vaticano reconoce que tuvo escasa participación salvo en el acuerdo sobre enseñanza. Los principales colaboradores de Tarancón en eso fueron los jesuitas Díaz Moreno y Corral. Tarancón no quería, contra Casaroli, un Concordato sino acuerdos parciales (pgs,224-225). Y ahora llega la caída de Tarancón que será objeto de una nueva entrada
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