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Lecturas LXXXV (III): Las Memorias del cardenal Sebastián

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Lecturas LXXXV (I): Las Memorias del cardenal Sebastián En 1953 es ordenado sacerdote. Le acompañó en el viaje para celebrar su primera misa el claretiano que había sido decisivo para su entrada en la congregación. «Unos cuantos años después me confesó que algunas cosas de las que le dije durante aquel vieje no le habían gustado y que le dejé bastante preocupado con mis ideas y proyectos» (pg. 94). Pienso que el claretiano tenía fundados motivos de preocupación, Sebastián añade: «Reconozco, y lamento, no haber vivido entonces con suficiente advertencia ni fervor mi ordenación sacerdotal» (pg. 95). Y es que el fervor, la piedad, la devoción, la oración son grandes ausentes en los años de formación del nuevo sacerdote. Y él lo reconoce. Los superiores le envían a completar sus estudios al Angelicum de Roma con gran alegría por su parte (pgs. 101 y ss.). Recojo una hermosa frase: «Si una Teología no sirve para anunciar mejor el evangelio ni nos ayuda a vivir más santamente, no se puede decir que sea buena Teología» (pg. 102). ¿Fue esa buena Teología la que profesó y enseñó en sus años de docencia? Tengo mis dudas. «Recuerdo que en uno de nuestros paseos, desde el puente Milvio, tiré mi sombrero clerical, la «teja», al río Tíber. No fue un gesto banal. Me salió del alma. Era la expresión del deseo de una Iglesia más actualizada en sus formas exteriores, menos atada a los usos del pasado  que me parecían demasiado rígidos, demasiado ceremoniosos, poco aptos para lograr una relación fácil y directa con la gente corriente. No hacía aquello por comodidad ni por rebeldía, era la oscura intuición de que la Iglesia tenía que cambiar en sus formas exteriores para poder acercarse a la gente con más normalidad y sencillez» (pg. 105). Me parece que con la teja volaron al río más cosas y más importantes. Y lo de acercarse a la gente con más normalidad y sencillez suena a tomadura de pelo si consideramos toda la gente a  la  que se acercaban cuando eran rígidos, ceremoniosos y sin relación fácil y la poquísima a la que llegan hoy siendo tan normales y sencillos. Concluye reconociendo implícitamente su fracaso cuando añade: «Todavía estamos hoy en ese empeño» (pg. 105). Más confesiones, sinceras sí pero también preocupantes, sobre su espiritualidad de entonces: «Me arrepiento ahora de no haber sido más piadoso, más orante, más apostólico, en una palabra más santo. (…) Durante los dos años que estuve en Roma no hice más que estudiar (…) También se resentía mi vida espiritual. El estudio se comía los tiempos de oración (…) un fallo mío durante toda la vida (…)» (pg. 106). «Más de una vez me han dicho que era un poco altivo. Yo creía que no era verdad. Pensaba que era sencillo y afable. Pero ahora veo y reconozco que sí era orgulloso, que vivía demasiado satisfecho de mí mismo y que juzgaba a los demás con demasiada facilidad» (pgs. 106-107). Creo que acierta mucho más ahora que antes. Unos meses en Lovaina, y vuelta a Valls dedicado a la enseñanza de la teología a los jóvenes claretianos que compatibilizaba con la capellanía de la HOAC y la JOC. «En aquellos años no había entrado todavía en estos Movimientos la intoxicación política» (pg. 117). «En este tiempo fraguó el estilo personal de mi pensamiento teológico» (pg. 119). «Los de derechas me veían demasiado avanzado,  para los de izquierdas resultaba demasiado tradicional. Algo de esto me ha ocurrido siempre» (pg. 119). Hasta que es enviado a Salamanca como profesor del Teologado Claretiano Interprovincial». Pese a sus años en Cataluña nunca tuvo simpatías nacionalistas y menos separatistas. De ello queda sobrada constancia en el libro. Nos encontramos ya con dos páginas muy críticas (pgs. 120-121) que concluye con este contundente comentario sobre sus quince años catalanes: «Me quedaron algunos buenos amigos, pero pocas añoranzas» (pg. 121). Llegamos a la etapa salmantina que fue clave para el lanzamiento de Sebastián a las más altas consideraciones de la Iglesia hispana. Hasta entonces no pasaba de ser un desconocido profesor en una congregación religiosa que no era de las más importantes entre las de España. Pero quede eso para la siguiente entrada.

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (III): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Parece que, durante la juventud de D. Fernando, los filtros por los que debían pasar los candidatos al sacerdocio tampoco eran demasiado estrictos, ya que, en caso contrario, no se explica que fuese ordenado presbítero sin mayor problema un estudiante como Sebastián, no muy piadoso, orante ni apostólico.
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    Por otra parte, las Memorias del Cardenal son una prueba más de que, lejos de ser una cuestión baladí, el deseo de una Iglesia más actualizada en sus formas exteriores y menos atada a los usos del pasado, por parecer demasiado rígidos y ceremoniosos, suele llevar aparejado escaso fervor religioso y rebeldía doctrinal.

  2. Un yoísmo notable el de Sebastián superexaltado por los suyos.
    Poseído de la llamada «espiritualidad materialista» que le hizo un dialéctico bastante contundente penetrada en los claretianos y que difundieron los Forcanos en la revista Yelda y Misión Abierta. Y en efecto están abiertos en canal y exangües como congregación descatolizada.No es para sentirse satisfecho ni de la birreta que luce por su negatividad sacral ganada.
    De su paso por el arzobispado de Pamplona el hombre busca recovecos para justificarse, pero inútilmente ni con las desmemorias que redacta a su conveniencia y mayor gloria. Su permisividad en la desacralización devenida ahí está en casos como el del inquebrabntabkle sacerdote católico Rvd. Dallo, permisivudad y dejación que se materializó con la transferencia del Monumento a los Caídos por Dios y por España a los poderes profanos civiles y la enajenación de parte física y de todo lo espiritual católico del edificio que había cobijado el Seminario Conciiar Dicesano con más seminaristas del mundo y que vergonzosamente desde el postconciliarista cardenal Tabera se fueron cargando estos intrépidos que tiraron la teja sacerdotal al Tiber y se pasaron al Trastevere sinagogal.
    Las imágenes de la Concentración por la Paz en Vitoria cuando entonces dejaron bien claramente la capacidad de desdoblamiento de la personalidad clerical destejada. Presidió el arzobispo Sebastián y los obispos de Bilbao, Vitoria y San Sebastián con sus atributos del poder omnímodo pio-pio. El cardenal Suquía, era cardenal católico, a un lado con una parka de civil como cualquier súbdito en obediencia . No se había consensuado con un vaco-español al menos de circunstancias. ¡vade retro!

  3. Si un hombre reconoce sus errores y pecados -pocos lo hacen-, es un gran hombre.
    Si un cardenal reconoce sus errores y pecados -poquísimos, no ya pocos, lo hacen- es un gran cardenal.
    Los juicios sobre las personas tienen que ser, si no globales (que es difícil abarcar todos los aspectos de una persona), por lo menos amplios. Cuando el cardenal dice que no valoró en su medida la ordenación sacerdotal, hay que decir también que fue porque se daba más importancia a la profesión solemne en la Congregación Claretiana. Cuando se habla de las preocupaciones que sus ideas suscitaron en su mentor vocacional, hay que esperar para verlo acudir de nuevo, 26 años después, a su consagración episcopal.
    Y sobre todo, cuando se habla del posicionamiento teológico del cardenal, hay que decir como lo concibe él: sobre un sólido fundamento de Santo Tomás de Aquino, renovar el tomismo cayetanista completándolo con la teología bíblica y la confrontación con filosofías contemporáneas, para responder a los interrogantes del mundo actual. A lo mejor no lo ha conseguido (eso ya es opinable), pero el intento merece la pena, por aunar tradición y modernidad, no como otros que han echado por la borda la tradición. Se admite fijarse en los detalles, siempre y cuando no se pierda la visión de conjunto.

  4. Reconoce errores, pero insiste en pasarse por cierto sitio la «Ordinatio sacerdotalis», como si no la hubiese leído.Es un modo muy raro de reconocer errores, insistiendo en ellos; nunca se me había pasado por la cabeza que un disparate se corrija insistiendo en él.Nunca me gustó este señor y cada día que pasa me gusta menos.Vaya un cardenal de la Iglesia.Espero que, si llega vivo al próximo cónclave, en el que no votará, no esté en condiciones de que hagan caso de sus ideas ni consejos.

  5. Creo mas bien que el concilio se celebró contraviniendo a San Ignacio de Loyola: en tiempo de crisis no hagas cambios. Y en mitad de la crisis se pusieron a hacer cambios.

  6. Al menos, se agradece en S.E. que reconozca los muchos errores que cometió. Y hago notar que lo que cuenta ocurría en los años 50, es decir, ANTES del Concilio Vaticano II. Opino que el problema no está en el Concilio en sí, sino en que se esperó demasiado para convocarlo (como Trento, vamos), y cuando se hizo, se celebró en una época en que el aire de fuera al que se quería dejar entrar no era aire fresco sino aire muy tóxico.

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