PUBLICIDAD

Lecturas LXXXV (II): Las Memorias del cardenal Sebastián

|

Lecturas LXXXV (I): Las Memorias del cardenal Sebastián Lecturas LXXXV (II): Las Memorias del cardenal Sebastián La llamada de Dios a la vocación sacerdotal es fenómeno propio de cada llamado y de poca trascendencia general. El joven Fernando decidió seguirla en los claretianos, que le habían acompañado en el discernimiento de la misma. Me hizo gracia ver que en las lecturas que le acompañaron a ella estaban los libros del jesuita misionero en Alaska, P. Segundo Llorente, que yo con los mismos años, aunque algo más de diez después, también devoré entusiasmado. Inmenso el bien que hizo en muchísimos jóvenes el P. Segundo Llorente (pg. 59). Ya tenemos a Sebastián en el noviciado claretiano de Vich. E inaugura el relato con una frase que creo merece ser resaltada y que está en la misma línea que otras que hemos transcrito: “Por entonces la gente reconocía (1945) que las tropas de Franco habían liberado Barcelona de la dictadura de los Comités, del horror de las “chekas”, del caos de la revolución comunista y anarquista. Aunque ahora hablemos de otra manera, entonces lo vivíamos así” (pg. 66). Yo me pregunto, ¿quiénes sabrían más de aquello, los que acababan de vivirlo o los que nos lo cuentan ahora? Sus años de novicio, días de entusiasmo y entrega, en Sebastián fueron penosos: frío, sabañones, hambre…, hasta el punto de que a los quince o veinte días estaba dispuesto a regresar a su casa, con plan de fuga incluido (pgs. 67 y 68). Para él el noviciado fue “duro y pesado” (pg.70). En él nació su amistad con el luego también obispo Pedro Casaldáliga con quien ha “mantenido una hermosa amistad y un afecto verdaderamente fraternal, aunque hemos tenido también diferencias fuertes y tiempos de difícil y escasa comunicación” (pg. 70). Es sumamente crítico con su tiempo de noviciado en el que destaca “el aburrimiento y la monotonía” (pg. 71). Los ocho días de ejercicios espirituales preparatorios de la profesión “se me hicieron eternos” (pg. 74). Y llega a pensar que su primera profesión “no fuera jurídicamente válida” (pg. 74). Como digo, penosa etapa según su propio testimonio. Y que refleja no poco, pienso, su carácter “aragonés”. Lo que yo pienso es lo que vale. No me parece la actitud del novicio. ¿Soberbia, orgullo, cabezonería…? Me limito a apuntarlo. Él sabrá. Pero algo de eso habrá luego en toda su vida. La Filosofía en Solsona fue mucho más llevadera. Algún incidente le hizo aprender “a vivir con las defensas levantadas, sin la espontaneidad con la que se vive en la propia familia. Reconozco que esta y otras experiencias me enseñaron a vivir siempre un poco a la defensiva. Muchos años más tarde me di cuenta de esta deformación y he tratado de volver a ser como soy, sincero y espontáneo” (pgs. 77-78). ¿Cuándo ocurrió eso? ¿Al estar ya en la cúspide del poder? ¿Incluso entonces disimulaba? Llega la Teología. Le impresionó Laín con su España como problema, tras leer la réplica de Calvo Serer se inclinó por Laín. “Luego he profundizado en la cuestión de las dos Españas y he visto que ninguna de las dos posturas es valedera” (pg. 83). Pero entonces su deriva estaba clara. Se confiesa discípulo, de algún modo, de García Vaca, “es voz común entre nosotros que murió reconciliado con Dios y con la Iglesia” (pg. 86). “Mi curso fue siempre un poco rupturista. Nos juntábamos un grupo de cuatro o cinco que sentíamos la necesidad de renovar y cambiar algunas cosas. Casi sin darnos cuenta fuimos creando un grupo en el que compartíamos una idea de renovación” (pg. 87). Pues vaya fracaso de renovadores. Sesenta y cinco años después seguimos con la murga de la renovación. Siempre permanente y nunca lograda. Ese cambio constante y con resultados pésimos se vende muy mal. “En reacción a algunas formas de piedad un poco infantiles que formaban parte de nuestra vida, inventamos lo que llamábamos “piedad substancial” (…) en todo esto éramos demasiado críticos, bastante autosuficientes y hasta un poco racionalistas. Despreciábamos costumbres venerables que entonces no sabíamos valorar. Seguro que fuimos injustos y que aquellas ideas podían habernos hecho daño (…) Siempre fui un poco rebelde, pero con buena voluntad” (pg. 88). “Eran los años 1951 y 1952 y unos chicos imberbes como nosotros, encerrados entre cuatro paredes , presentíamos y necesitábamos ya el concilio Vaticano II. Entre nosotros y nuestros formadores, a pesar de su buena voluntad, había una distancia insalvable. Esto explica en buena parte el fracaso de tantos candidatos y de tantos nuevos sacerdotes unos años más tarde” (pg. 90). Me parece un texto muy importante contra los que culpan al Vaticano II de todos los males posteriores. Eso ya estaba latente en la Iglesia. Alarmantemente. Entonces había unas barreras pero no una terapia. Y así nos fue cuando las barreras se derrumbaron. “Esta actitud nos distanciaba del catolicismo oficial y de lo que se vivía dentro de casa, pero nos fortalecía interiormente y nos orientaba en la vida cada día” (pg. 91). Pues menuda bula para que cualquiera haga lo que le dé la gana en contra de lo oficial. Y además creyéndote que te fortalecías interiormente. Días vendrán en los que otros también creían que se fortalecían interiormente oponiéndose a Sebastián. ¿Lo que valía para él no vale para aquellos? Llegamos ya al Sebastián sacerdote. Pero eso queda para otra entrada. Su fondo no dejaba de ser preocupante.

Comentarios
0 comentarios en “Lecturas LXXXV (II): Las Memorias del cardenal Sebastián
  1. Por favor Eviten que lo anuncios invadan el texto, porque aparte de aborrecer a Fiat a Cool Days y jamás de los jamase y recomendar a todo el mundo que le hagan la cruz tampoco vamos a poer visitar la página de la Cigüeña. Llevo un rato intentando que desaparezcan y no lo consigo. Por favor ayudarme. Comprendo que la empresa viva de loa anuncios pero que por favor los ponga al márgen del texo.

  2. Desgraciadamente, esa actitud de rebeldía y de ruptura fue muy común entre los religiosos y sacerdotes de la generación de Sebastián e inmediatamente posteriores.
    .
    Y, en fin, por supuesto que la crisis actual de la Iglesia empezó a incubarse antes del Vaticano II; por eso precisamente no fue prudente convocar un Concilio que se sabía iba a ser aprovechado por los modernistas y rupturistas para expandir sus ideas y demoler las barreras que servían de contención contra ellas.

  3. Estimado D. Francisco, no confunda que las peculiaridades de D. Fernando, muchas y muy propias, son por el hecho de ser aragonés. Un soberbio y orgulloso es igual si es andaluz, gallego o castellano.

  4. No descubramos ahora el mediterráneo. Ya sabíamos que la crisis eclesial que estalló después del CVII se estaba incubando antes, mucho antes. Los grandes Papas Pío XI y (San) Pío XII quisieron convocar un concilio que reanudase el CVI interrumpido en 1870 por mor de las hordas masónicas garibaldianas, y como eran santos (sobre todo el duodécimo), tenían muy desarrollada la virtud cardinal de la prudencia con el don de consejo, uno de los dones del Espíritu Santo, que actúa sobre todo en los que tienen un grado muy elevado e intenso de gracia santificante. O sea, una gran santidad. Pues bien, como decía, al ser santos, antes de convocar a tontas y a locas, quisieron recabar opiniones de sus colaboradores más estrechos. Como hacía, dicho sea de paso, nuestro Caudillo, que jamás adoptaba una decisión sin escuchar a los competentes en cada caso.
    Hechas las consultas, los Papas decidieron no convocar el Concilio por los riesgos que existían, ya que el modernismo, gravemente herido por S. Pío X (hoy citamos a grandisimos personajes), no estaba muerto sino agazapado. De esto sabía tela un jesuita inolvidable (el P. González Quevedo), que contaba cómo se leía a Telar de Chardon (y a otros de su cuerda)en los centros de formación jesuitica en los años 40. La crisis de la Compañía no la causó directamente el P. Arrope sino que estalló durante su generalato. Lo del Concilio es exactamente lo mismo: fue un imprudente como JXXIII, quien sin encomendarse ni a Dios ni al diablo (aunque éste tenía un grandísimo interés), decide convocar un Concilio que iba a sumir a la Iglesia en su mayor crisis desde el arrianismo.
    Un concilio que se saltaría a la torera todos los esquemas preparatorios (modelo de ortodoxia, de claridad, de profundidad, incluso de estilo latino), vulnerando el reglamento de funcionamiento del Concilio.
    Que no me vengan que si el Espíritu Santo fue el inspirador de ese evento, pues eso es harto discutible. Y por otro lado, tampoco es dogma, ni siquiera verdad de fe.
    ¿Y si esa inspiración -si es que no fue una ocurrencia juanesca- procedía de otros sitios más tenebrosos? El demonio se disfraza de ángel de luz…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *