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LECTURAS CXLVII: Historia de las diócesis de Astorga y Zamora

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José Sánchez Herrero (Coordinación): Iglesias de Astorga y Zamora: Historia de las Diócesis Españolas, 21. BAC, Madrid, 2018, 1.411 pgs.

No es la primera vez que me refiero a esta gran obra que ha emprendido la BAC y que ya ha superado, o casi, las dos terceras partes de los obispados españoles estudiados. El resultado es sin duda positivo aunque podía, y debía, haber sido bastante mejor.

En una obra coral como es la presente, con multitud de autores, no cabe extrapolación a un concierto, donde un instrumento o una voz desafinada hunden la interpretación, pero no cabe duda de que dejan un mal sabor de boca y en ocasiones hasta el no comprender la inclusión de algún trabajo.

Tengo que manifestar que lo que exprese se refiere exclusivamente a los últimos tiempos del período estudiado, concretamente desde los últimos años de la Edad Moderna hasta hoy. De tiempos anteriores no tengo conocimientos para dar una opinión. Tampoco he leído esas aportaciones.

Y en primer lugar hablar del coordinador, en este caso José Sánchez Herrero y más que de su persona del trabajo encomendado que es trasladable a casi todos los que han realizado esta función. Ignoro si han escogido los autores y encargado los trabajos pero en general, como coordinadores más bien parecen nulos y lo mismo cabe decir como correctores. Más de una vez dan la impresión de que ni han leído lo que debían coordinar.

En el caso concreto que nos ocupa parece que aun siendo Sánchez Herrero, el coordinador, historiador zamorano, el protagonismo se lo dio a Astorga: 720 páginas frente a las 641 de Zamora. ¿Qué Astorga es del siglo III y Zamora posterior? Los primeros siglos son de los que apenas se conoce nada y se despachan en muy pocas páginas. Gregoria Cavero dedica 24 páginas a los tiempos romanos y godos y 107 a la época medieval. 131 páginas para doce siglos. Isidro García Tato, el otro historiador que se ocupa de Astorga, emplea 235 páginas para la Edad Moderna y 365 para la contemporánea y los Apéndices,

El estudio de la Diócesis de Zamora ya hemos dicho que es más breve y se han encargado de él tres historiadores: Juan Carlos de Lera Maíllo: Geografía eclesiástica (Siglos X-XVII), 46 páginas y El señorío de la Iglesia de Zamora, 32 páginas; José Sánchez Herrero, siglos V al XV, 91 páginas, Siglos XVI y XVII,62 páginas y Siglo XX, 125 páginas y José Andrés Casquero, Siglos XVIII y XIX, 216 páginas.

La coordinación no parece pues muy lograda dado el peso otorgado a García Tato que parece el gran autor del libro. Pero es que Sánchez Herrero ni se debió leer lo que coordinaba pues dio lugar a algo verdaderamente pintoresco. El libro, en la contraprimera página sin numerar lleva una pegatina que dice que uno de los trabajos del libro no es de la autoría que figura impresa, la del propio Sánchez Herrero, sino de Casquero. Como no es verosímil que se quisiera apropiar de lo que no era suyo hay que concluir que el coordinador ni siquiera había leído lo que tenía que coordinar.

Yendo ya al meollo de la obra creo que el trabajo de García Tato resulta insoportable por la acumulación de datos sin interés, el estilo agarbanzado y la reiteración expositiva. Lo que haría pesadísimas unas monografías al respecto, en una historia general de la diócesis carece por completo de sentido. El lector no se queda asombrado de los saberes sino de que puedan andar sueltos tíos tan pelmas.

Además, las personas eclesialmente más discutibles: Abad y Lasierra, no de la Sierra, Ruíz de Padrón, Martínez Riaguas, Torres Amat, son sus héroes en una opción incomprensible pues fueron lo contrario a la Iglesia de su época en solidaridad con todos los enemigo de la misma, aquellos que acabaron con los religiosos, trataron duramente a las religiosas, malvendieron sus bienes, rompieron las relaciones con la Santa Sede, intrusaron en las diócesis lo peor, colaboraron con los perseguidores de la Iglesia y hasta algún obispo se vio en el Índice y costó Dios y ayuda que in artículo mortis se reconciliara con la Iglesia.

Cierto que esos amores no los inaugura García Tato sino que es continuador de otros, incluso mitrados, Barrio con Torres Amat, Infantes Florido con Tavira, que en años posconciliares militaron en ese campo reivindicativo, el compostelano con más cautela que el canario-cordobés, en justificaciones imposibles que creíamos ya superadas en historiadores solventes.

Si no se entienden esos amores de García Tato a lo peor de la diócesis, es absolutamente antihistórico pretender juzgar con criterios de hoy el pasado, qué impresentables eran aquellos obispos de los siglos XVIII y XIX que hacían la visita pastoral en mula o carruaje de tiro animal pudiéndola hacer en automóvil, permítaseme la caricatura, con lo que quien se desacredita es él. Si no lo estuviera ya notabilísimamente con el fárrago que nos endiña al que le sobran más de la mitad de las páginas pretensión atorrante de erudición inútil. Ese es el gran defecto de la aportación de García Tato, los demás palidecen, aun siendo graves, ante esta descomunal paliza al lector.

A esto y a la ya mencionada falta de eclesialidad de quien suponemos clérigo, se suman otros defectos: La semblanza de los obispos de finales del XVIII es prácticamente inexistente, a uno de ellos, en la misma página, da por finalizado su pontificado asturicense en 1790 y en 1791. Lasierra no es de la Sierra. El Beade que cita no está en Pontevedra sino en Orense. El obispo Morete Bodelón no falleció en 1932 sino en 1832. El canónigo Mariano Ruiz Novanuel, lo he visto citado en otros lugares como Manuel y como Francisco, ahora como Mariano pero siempre, hasta García Tato como Navamuel. Subscripción y subscribir son formas correctas pero arcaicas, tan avanzado en unas cosas y tan retrógrado en otras. Nos dice que el obispo Forcelledo falleció el 19 de julio de 1858 y que la comitiva fúnebre, tras cuatro jornadas de viaje, llegó a Astorga el ¡¡¡26 de junio!!! Julián García de Diego y Alcolea es Julián de Diego y García Alcolea o García de Alcolea. Y no nació en Ontanares sino en Hontanares. Atanasio Puyal y Bóveda es Atanasio Puyal y Poveda. Y no fue obispo auxiliar de Madrid sino de Toledo. Madrid entonces no era diócesis y al no tener obispo no podía tener obispo auxiliar. Ahora, el ya mencionado, es Julián de Diego García y Alcolea. Dice que el obispo Mérida nació en 1871 cuando lo hizo 20 años después. De Don Marcelo nos dice que preconizado el 31 de diciembre de 1960 fue ordenado el 5 de marzo del mismo año, caso verdaderamente insólito en la historia de la Iglesia.

Al lado de lo dicho de la Iglesia de Astorga el tratamiento de la de Zamora, obra en la parte que hemos leído de Casquero y Sánchez Herrero es casi ejemplar salvo en lo de la labor, inexistente, del coordinador. Aunque evidentemente todo es susceptible de mejora.

La aportación del primero sobre los obispos del siglo XVIII es tan escasa que podríamos calificarla de nula. No así la del siglo XIX, más completa. Mejorable pero aceptable. Echo en falta que no se haya ocupado del gravísimo problema de la división de los católicos que afectó a la Iglesia española en el último tercio del siglo XIX.

Sánchez Herrero se ocupa con fácil pluma y captando el interés del lector de los obispos del siglo XX. Desde una actitud progresista si bien no radical. Sigue notablemente al que fue vicario general, Agustín Montalvo, también de esa línea, que en el caso del obispo Buxarrais, llega a extremos difíciles de entender. Porque el catalán fue una calamidad que hubo que alejar precipitadamente de Zamora y ya lo de mandarle a Málaga, ni al que asó la manteca. El mismo reconoció su manifiesta insuficiencia mitral renunciando a Málaga. Ensalzar a ese visionario con deficiencias graves para un gobierno pastoral solo puede entenderse por ilusiones juveniles progresistas de sacerdotes de aquellos días que todavía se reflejan en nostalgias actuales.

Muy interesante la semblanza del obispo Uriarte. Que ayudará a entender al personaje.

Nada que ver con lo dedicado a la Iglesia de Astorga. Aquello fue un error. Lo de Zamora aunque uno pueda tener distintas opiniones es un buen trabajo.

Termino con una sorpresa personal que ni añade ni quita al trabajo. En el texto de Sánchez Herrero sale en dos o tres ocasiones, citado nominalmente, el abuelo paterno de mi mujer, Federico Cantero Villamil, y otras dos o tres veces su empresa “El Porvenir de Zamora”. Mi mujer le conoció de niña y había constancia en la familia de su catolicismo practicante, que inculcó en su mujer y en sus hijos. Pero se desconocía su relación con el obispo y el apoyo del prelado a “El Porvenir de Zamora” que llevó la luz eléctrica a la provincia y a algunas aledañas.

2 comentarios en “LECTURAS CXLVII: Historia de las diócesis de Astorga y Zamora
  1. Después de esta recensión, no le quedan a uno ganas de leer semejante mamotreto.Al menos se ve que usted los ha leído, y con mucha atención.

  2. Sr. de la Cigoña:

    Soy nuevo por estas lides y disfruto con sus escritos (no tanto con los comentarios)…

    ¿Hizo reseña de los volúmenes dedicados a las diócesis gallegas cuando salieron en su día?

    ¿Podría responder con el enlace?

    Muy agradecido.
    Nota de F. de la C.: Creo que sí

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