LECTURAS CLXII: Un libro malo pero con algún interés

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Galicia y la masonería en el siglo XIX (Serie Documentos) : Amazon.es:  Libros

Valín Fernández, Alberto: Galicia y la masonería en el siglo XIX.  Ediciós do Castro, Sada, 1990, 658 pgs.

Malo porque es abiertamente anticatólico y declaradamente promasónico hasta el punto de que no sería arriesgado suponer al autor más que simpatías tres puntos aunque es cierto que no se declara tal. 

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El interés está en que después de una amplia investigación de más de quinientas páginas la conclusión a la que se llega es que la masonería en Galicia en el siglo XIX tuvo escasísima importancia. No apareció prácticamente hasta finales de la década de los sesenta, tras la “Gloriosa” y sus “hermanos” fueron en general personas de representación social irrelevante. Apenas algún literato, más conocidos hoy que en sus días: Curros, Leiras Pulpeiro, dos o tres médicos cuyo nombre hoy nadie recuerda, y algún político local de escasa relevancia también sepultados en el total olvido. Dos gallegos, masones, tuvieron sin duda peso importante, social, político y en la sociedad masónica.  Manuel Becerra y Romero Ortiz, Lutero Ortiz le llamaban los católicos. Pero fue en Madrid, lejos de Galicia, donde adquirieron fama en su época. Siendo la nuestra una sociedad sustancialmente inculta hoy ni un uno por ciento de los españoles sabrá quienes fueron. De Becerra, bastantes madrileños solo que tiene una plaza en la capital y de Romero Ortiz ni idea de su existencia. Y sin embargo fueron personas importantes en su época.

Del trabajo de Valín queda cumplida constancia de que las logias gallegas fueron de vida efímera, con escasos miembros en general y la inmensa mayoría sin la menor relevancia social, que no dejaron huella ni recuerdo en la vida de sus localidades, con enfrentamientos entre ellos en diversas ocasiones y hasta con diversas obediencias masónicas pues fueron pocos y mal avenidos.   

En ese aspecto el trabajo de Valín es apreciable aunque no porque el autor señale lo que venimos diciendo sino porque se deduce del relato pese a sus declaradas simpatías. 

Lo que no oculta sino que se empeña en dejarlo de manifiesto es su sectarismo anticatólico que convierte el libro en un arma contra la Iglesia que por lo pedestre de su inquina resulta que el lector que sepa algo cataloga inmediatamente al autor.

Son constantes a lo largo del libro las afirmaciones descalificativas que se vuelven contra él por lo sectario.

Algunos ejemplos: “el afamado “neo” Vicente de la Fuente” (p.27), que como historiador tiene muchísimo más nombre que Valín, que no tiene ninguno. “Aquella miserable España de fin de siglo, en la que el futuro de su reducido y limitado mundo cultural se tornaba cada vez más oscuro, debido a la influyente “negritud” de las sotanas” (p. 121). Ese estilo de La Traca algunos, como Valín, han seguido cultivándolo a fines del siglo XX (1990). El arzobispo de Santiago se caracterizaba por “su principesca y reaccionaria influencia político-religiosa” (p. 28). E·l ambiente que se respiraba en Santiago era una “atmósfera cien por cien esperpénticamente estrafalaria para cualquier observador mínimamente racional” (p. 285). Lo de esperpénticamente estrafalaria hay que reconocer que es difícil de superar. “El furibundo carlista García Cuesta, arzobispo santiagués” (p. 286). Que ni era furibundo ni carlista. “Aquella suerte de omnipotente sátrapa que fue el obispo Aguirre” (de Lugo) (p. 364). “La hierática “furibundia” -valga  el barbarismo- de aquel cesarista obispo Rodrigo “ (de Orense) (p. 413). Todos los obispos eran furibundos. 

Valga con los ejemplos aducidos, no voy a buscar más, para dejar constancia del talante de Valín. Y creo no haber exagerado al tachar de malo el libro en cuestión.

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