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LECTURAS C: Santiago y el Camino fuente inagotable de sorpresas

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Centro Internacional de Acogida al Peregrino. Cabildo de la S. A. M. I de Santiago. Acogida Cristiana en los Caminos. Santiago, 2017, 172 pgs.

En diversas ocasiones he hablado de Santiago y el Camino que en verano los tenemos muy cerca. La ciudad es una de las joyas monumentales de España, de las más espectaculares, y apenas me queda entrar en alguna de sus iglesias. El Camino supera los peregrinos cada año en cifras que ya parecen imposibles y que se superan cada vez. Sin necesidad de que sean Año Santo. La ciudad en julio y agosto está ocupada en su núcleo central por multitudes que hasta hacen difícil el tránsito y no digamos ya el aparcamiento pese a haber varios parkings con numerosas plazas.

Recientemente os hablé de varias cosas que me llamaron la atención y que me la siguen llamando pese a que ya no sean novedad para mí. El cambio respecto a lo que había hasta hace muy pocos años es notabilísimo. La maravillosa catedral ha dejado de ser una feria pese a haber aumentado la multitud. Silencio, respeto, orden… Las misas del peregrino, de mañana y tarde, con la catedral repleta, se siguen hasta con recogimiento. En no pocas de ellas concelebran obispos foráneos y en todas muchísimos sacerdotes que hacen largas procesiones de entrada y salida desde la sacristía al presbiterio. El botafumeiro, siempre tan esperado, ha multiplicado sus vuelos sin el menor jolgorio de los presentes que respetan lo que a la vez es un acto religioso y un espectáculo. Las larguísimas colas para abrazar al Apóstol, que en ocasiones pueden durar una hora, son también modelo de paciencia y de cómo se debe estar en un lugar sagrado. Hasta los encargados de la seguridad son ejemplo de eficacia y siempre con excelentes maneras. Y como cosas así no surgen solas pienso que por fin hay una cabeza que ha convertido un circo en una iglesia.

También me parece notabilísimo el cambio en la atención al peregrino. Han convertido una antigua casa de religiosas abandonada en un espectacular centro de acogida en el que todo funciona a la perfección. Hasta con servicio de correos, despacho de billetes para el regreso y un crecido número de voluntarios expidiendo la Compostela que hace más breve el tiempo necesario para conseguirla. Aunque las colas son largas disponen hasta de un anuncio electrónico que da paso al siguiente y le encamina al puesto del largo mostrador que ha quedado vacío y en el que le van a atender.

Justo en la entrada la hermosa capilla del antiguo asilo, con unas bellas pinturas murales, en la que siempre, o casi siempre, se ve a algunos peregrinos en oración ante el Santísimo. Y una vez más unos ejemplares agentes de seguridad que informan al peregrino de lo que tienen que hacer. El que vi en mi última visita hablaba además inglés correctísimamente. Había también paneles explicatorios en diversas lenguas de los actos de culto a los que los peregrinos podían acudir si quisieran. Varios de ellos en leguas extranjeras.

En esta ocasión me llegué a ese centro de Carretas acompañando a dos amigos que habían hecho los cien kilómetros a pie que dan derecho a la Compostela y con ellos en la cola, ya llegando al lugar en que las expendían, me encontró otro amigo que era voluntario en esas tareas y que después nos mostró todo lo que aquello era. Verdaderamente espectacular. Un jardín hermosísimo y amplísimo donde los peregrinos pueden descansar y charlar. Unos locales espléndidos donde otros voluntarios acogen a los de diversas lenguas con información, atención y si quieren hasta oración. Me parece recordar que vi salas en inglés, francés, italiano, alemán y holandés. Y otras más amplias si el grupo era numeroso. Hasta había un local, independiente y aislado, cedido a Cáritas para albergue de necesitados. Una obra que me pareció utilísima y asombrosa.

La calle Carretas está a escasísimos metros de la catedral pero fuera del recorrido turístico. Nadie pasaba por ella salvo que fueras a un restaurante, excelente, que yo conocía bien. Hoy es un emporio. Transitadísima, llena de comercios para el turismo, con locales que han puesto sus mesas en la misma calle. Hace unos días volví a comer en el restaurante mencionado, que se llama Carretas, y hablando con el que nos atendía le señalé que me parecía tener bastante más público. Me dijo que al mediodía algo más pero que por la noche el incremento era muy notable. Pasó a ser una calle por la que no transitaba nadie, o apenas nadie, porque no iba a ningún sitio, a vía conocidísima. Le dije que tras tan llamativo cambio debían poner a la misma el nombre de quien le revitalizó. Su respuesta fue: bien se lo merece.

¿Qué tiene esto que ver con un libro? Pues tiene. Y con un libro asombroso con el que me obsequió mi amigo. ¿De qué trata? Diría que de todo. De historia, de arte, de psicología, es oracional… Parece dedicado a los voluntarios de acogida, a los hospitaleros, pero me parece utilísimo para los peregrinos, incluso para los escasamente religiosos. Y para los simples lectores que jamás han hecho el camino. Se lee muy fácilmente y estoy seguro de que no pocos con aprovechamiento espiritual.

Está además primorosamente editado, con muchas ilustraciones, hecho con cabeza y evidentemente con intencionalidad apostólica. Aunque no sea un libro “piadoso”. Pero a más de uno le alentará la piedad. No sé quién habrá sido el autor, o los autores, pero desde aquí mi total felicitación por texto tan logrado. Que no sólo aprovechará a los voluntarios, a los que parece dirigido, sino a todos los que se animen a leerlo.

Es casualidad que el número cien de estas notas bibliográficas, cifra tan redonda, corresponda a libro tan redondo pero me alegra mucho la coincidencia.

Los nuevos rumbos de Santiago me siguen asombrando y muy favorablemente. Todo lo hacen bien. ¡Quién lo ha visto y quién lo ve!

 

 

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