
LA IRA: FRANCISCO VERSUS TOMÁS DE AQUINO
En primer lugar, aclaro que no soy tomista, no pertenezco a ninguna sociedad o círculo
tomista en sentido filosófico, lo cual no obsta a que lo sea en sentido etílico, ni que estime el
orden que en las cabezas impone el Aquinate, ni que tenga en alta consideración a figuras del
tomismo contemporáneo: Meinviele, Derisi, Casares, Lira, Ramírez, Fabro, Pieper, Gilson, los
cuales mucho me han enseñado.
Parece que ese orden es ajeno a la cabeza del papa Francisco, quien se despachó en su
catequesis sin matices contra la ira, que calificó como “un vicio particularmente tenebroso” y
la distinguió de la “santa indignación” que es buena, mientras que la ira siempre es mala, con
lo cual continúa su tarea de oscurecer y confundir, lo que me obliga a tratar de aclarar el
asunto.
En la “Suma Teológica”, el doctor angélico dedica la cuestión 158 al tema de la ira. En
el primer artículo se pregunta si es lícito airarse y contesta que “la ira, hablando con
propiedad, es una pasión del apetito sensitivo, que da nombre a la facultad irascible, lo que
completa en el artículo segundo: “toda pasión del apetito sensitivo es buena, si va dirigida por
la razón; es mala en sentido contrario”.
En resumen, existen una buena ira y una mala ira, lo que aclara en la primera solución:
“en cuanto regulada por la razón puede ser meritoria y laudable y en cuanto no regulada por la
razón puede ser demeritoria y vituperable”.
En la respuesta del artículo octavo encontramos un texto especial para el papa
argentino: “la ausencia de esta pasión puede ser pecaminosa, lo mismo que la ausencia del
movimiento de la voluntad en orden a imponer la sanción debida en justicia”.
Como para destacar la ignorancia del residente en Santa Marta, un gran tomista
alemán Joseph Pieper en su libro “Las virtudes fundamentales”, el comienzo del capítulo VIII,
“Las pasiones humanas, se titula: “Elogio de la ira” (Rialp, Madrid, p.282).
Un poco más adelante escribe: “el que habla o piensa mal de la facultad de enojarse,
como si se tratara de algo que va contra el espíritu, comete el mismo error que si pretendiese
desterrar la sensibilidad, los apetitos y las pasiones; se ofende al Creador, que, como dice la
liturgia, “tan maravillosamente ha creado la dignidad de la naturaleza humana” (p. 283).
Lo único que faltaba: el vicario de Cristo ofendiendo al Creador, prisionero del
“complejo de Colón”, obsesionado por ser original, e inventando cuestionables novedades que
no son más que viejos errores con nuevos atavíos lingüísticos como lo es el dios de su
admirado Teilhard de Chardin, a quien fray Philipe André Vincent O.P. llama con acierto, “el
viejo logos de los estoicos vestido de cosmonauta”.
Buenos Aires, febrero 1 de 2024
Bernardino Montejano