¡Ha resucitado!

Don César Franco, obispo de Segovia, creo que es uno de los grandes ausentes del Blog. Le he traído poquísimo, tal vez solamente el día de su nombramiento para la arrasada diócesis castellana. Tampoco le conozco personalmente. Creo que nunca, pese a haber sido muchísimos años obispo auxiliar de Madrid, intercambié una palabra con él. Tengo de él buenas referencias, sé de sus más que notables saberes bíblicos, le reconozco sin duda alguna cuando le veo en algún acto pero entre él y yo siempre ha habido distancia física. Sin el menor motivo por mi parte. La vida, hasta el momento, ha sido así. Tengo por la ciudad de Segovia inmensa admiración. Y me parece de las más bellas de España. Creo que con Toledo y Santiago, excepto mi Vigo natal y el Madrid de mi residencia, es, con las antes mencionadas, la ciudad en las que más veces he estado. Seguro que más de cien veces y no como transeúnte sino como visitante. De Toledo, Santiago y Segovia conozco prácticamente todo de lo que vale la pena conocer. Aunque sigue ocurriéndome, ya de vez en cuando, algún nuevo y gratísimo hallazgo. Esa es la prerrogativa de las ciudades que son tesoros de arte, de historia y de Iglesia. Como Segovia. En todas ellas he tenido algún amigo, o amigos, y en todas todavía los tengo, de los que nunca daré suficiente gracias a Dios. En Segovia, Don Lucas, Don Lucas García Borreguero, con quien tanto compartimos y tanto disfrutamos. Si conocer la ciudad ha sido sobretodo cosa de mi mujer y mía, patear la provincia fue cosa de Don Lucas. Todos los dieciséis de julio, y fueron muchos, le recogíamos en su Veganzones y él tenía preparado todo el itinerario de la excursión. Los párrocos avisados, las iglesias abiertas, los restaurantes reservados, su sabiduría explicando todo, su afecto… Una vez más me pierdo porque quería hablar de Don César Franco. Pero de lo que hay en el corazón habla la boca o los dedos en las teclas. Don Lucas era canónigo de la catedral, consejero de la Caja de Ahorros y referente de la vida eclesial segoviana. Bajar con él por la Calle Real, desde su humilde casa frente a San Martín, hasta el Azoguejo, o subir hasta la catedral, hacía ese recorrido de pocos minutos interminable. Todos le saludaban y muchos se paraban con él. Había casado a sus padres o a ellos, bautizado o dado la primera comunión a ellos o a sus hijos, los últimos sacramentos a sus progenitores… Y sin la menor acepción de personas. Desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Don Lucas tenía una bronquitis crónica que todos los años le tenía varios meses invernales sin poder salir de su casa. Domicilio humildísimo que además era un tercer piso. Naturalmente sin ascensor. Un día en ella, alrededor de una humilde mesa camilla con un brasero debajo que apenas templaba el frío, le dijimos que tenía que poner calefacción en toda la casa. Para lo que le sobraban sus ingresos. Nos miró con esos ojos inteligentes, socarrones y cariñosísimos que siempre nos dirigía y nos dijo: ¿Le voy a quitar ese dinero a los pobres? Quedamos asombrados de su santidad. No era una declaración retórica. Era la entrega de su vida misma. Dos penúltimos apuntes. Uno humorístico. Nos llevó un día a San Frutos de Duratón. Fuimos a San Frutos y mi mujer ese día tenía dolor de muelas. Le dijo un remedio infalible que conocían todos los segovianos para esos males. Circunvalar la ermita del Santo con lo que quedaban erradicados. Mi mujer estaba por supuesto dispuesta a intentarlo.  Hasta que vimos que aquel remedio curaba el dolor de muelas y todos los dolores. Porque era imposible realizarlo sin precipitarse en el abismo. En el último ya estaba Don Lucas de cuerpo presente. En oración por su alma ante su cadáver presenciamos como numerosos sacerdotes comparecían ante el mismo y después de una oración en silencio le daban su bendición. No estábamos acostumbrados a actos así. Nos parecieron hermosos. Concluyo con otro testimonio personal. Don Lucas era la oposición más manifiesta a la línea del obispo Palenzuela. Uno de los días en lo que acudimos a visitarle fui con un artículo que acababa de publicar  en el que decía que el obispo de Segovia era feo, bajo y corcovado. Lo leyó y se calló. Con cara seria. Me di cuenta enseguida de que no le había gustado y se lo pregunté. Inmediatamente me dijo que no. Que los defectos físicos, si alguien los tuviere, eran cosa de Dios y no para hacer mención de ellos. Con lo que siguió acreciendo mi admiración por Don Lucas. Pero una vez más no era de esto de lo que os quería hablar sino de un buen texto resurreccionista del actual obispo de Segovia. Que os enlazo. http://www.revistaecclesia.com/ha-resucitadopor-cesar-franco-obispo-segovia/ Tengo personalmente mal concepto de Palenzuela Y Gutiérrez. A Don Ángel Rubio, que me parece una bellísima persona, le encomendaron una misión imposible, a sus años. Hizo lo mejor que pudo y supo pero no tuvo tiempo de levantar un cadáver. Esa dificilísima misión le toca ahora a Don César Franco. Qué el Señor y la Virgen de la Fuencisla le iluminen y acompañen. Su mente no es dudosa y su voluntad tampoco. Dios quiera que pueda venir más veces al Blog admirativamente. Como hoy. Fácil no lo tiene. Apenas sin clero. Recemos por él. Al ir a buscar una fotografía para ilustrar esta entrada me he encontrado que hay pocas de Don César. Tal vez sea necesario que incremente su presencia pública.

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