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Ha muerto el cardenal Terrazas. Descanse en paz

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No soy entusiasta del episcopado hispanoamericano aunque con excepciones. El arzobispo emérito  de Santa Cruz (Bolivia) podría figurar en las excepciones si bien no entre las más destacadas. Su fallecimiento, todavía con derecho a voto, aumenta las vacantes con las que se encuentra el Papa Francisco para el próximo consistorio. Que al día de hoy son tres. Lo que hace impensable un nombramiento de cardenales en febrero o marzo. Y la muerte del cardenal Terrazas estaba ya prácticamente  amortizada pues cumpliría los 80 años el 7 de marzo. El Papa va a llegar a esa fecha con sólo cuatro vacantes electorales en el Sacro Colegio porque el 22 de febrero se producirá, al fin, la del lamentable Mahony. Con lo que es más que previsible que en la primavera no haya nuevos nombramientos. Descanse en paz el buen cardenal Terrazas.

Comentarios
0 comentarios en “Ha muerto el cardenal Terrazas. Descanse en paz
  1. Un hombre bueno. El único que acogió a Nicolas Castellanos en toda latinoamerica. Humilde, servidor y con una profundidad teologica importante. No se amedrentó ante Chavez y el populismo

  2. El año que viene pierden su condición de elector dos cardenales pésimos (Mahony, Lehmann), dos malos (Levada, Ortega), dos ni chicha ni limoná (Dias, López Rodríguez), dos buenos (Antonelli, Rouco Varela) y dos excelentes (Okogie, Sarr). Diez en total, lo cual significa que quedarán 107 electores. En el primer cuatrimestre de 2017 la perderán cuatro cardenales malos (Assis, Sistach, Backis, Nicora), además en su primer cuatrimestre, lo que dejaría 103 en mayo de ese año. Calculo que el próximo consistorio será a finales de 2016 o principios de 2017 y que se crearán entre 15 y 20 cardenales electores.

  3. Doce cardenales muertos en lo que va de año, cifra lógica dada su avanzada edad.Hay una veintena de purpurados nonagenarios.Antes del próximo consistorio, para el que falta quizá casi un año, morirán otros miembros del Sacro Colegio.

  4. Una muerte santa
    09 de diciembre 2015
    Fray Hyacinth Grubb OP

    No hace mucho que estuve en un centro de cuidados paliativos, rezando junto a la cama de un fraile en sus horas finales.
    En un momento dado el trabajador social de guardia, entró para dar algunos consejos sorprendentes: oigámosle: Me dijo que algunas personas prefieren morir solos, y que soportan incluso, el que la habitación esté vacía. Describió la muerte como «una maravillosa expresión de nuestra autonomía.» Nuestra sociedad celebra la autonomía en todas sus expresiones, pero esta observación me pareció particularmente atrevida. Sobre todo porque los límites de la autonomía son más transparentes al final, cuando el sufrimiento y la muerte despoja nuestras ilusiones de poder supremo y de autodeterminación.

    No es que no tengamos un verdadero poder de elección, o que nuestra voluntad no sea libre, o que nuestras decisiones carezcan de importancia. Aunque, en cierto sentido, las decisiones que adoptamos a lo largo de nuestra vida terrena, son realmente una pluriforme irisación de actos que emanan de una sola opción: buscar a Dios o al contrario, tan sólo nuestro interés en este más acá. Estamos continuamente decidiendo si debemos adorar a Dios o a nosotros mismos, seguir su voluntad o la nuestra, y, en definitiva, si deseamos aceptar el regalo que nos hace de Sí mismo (el cielo) o rechazarlo (el infierno).
    En tales circunstancias nos hallamos ante la misma opción que tuvieron los ángeles, pero decidimos de manera diferente. Los ángeles son seres más nobles, y cuando fueron creados eligieron en un solo acto de la voluntad. Nosotros, como hombres y mujeres que viven en el tiempo, limitados por nuestra naturaleza física, tenemos que tomar esta decisión en nuestros actos cotidianos, a lo largo de la vida. Nuestra elección, y el modo de referencia a la misma, de nuestros actos, será el tema de nuestro juicio particular.

    Por lo tanto, cada acto nuestro es un movimiento que da primacía a la voluntad de Dios o a nuestra propia voluntad. Y en este sentido se podría decir que las almas más autónomas, más independientes, están en lo más profundo del infierno. Habiendo optado por rechazar toda ayuda, han elegido estar completamente en la soledad eterna.

    Hablar de autonomía a quien se encuentra en el lecho de muerte es una idea vana por referirse a una valoración errónea del final de la vida. Pero, qué es lo apropiado entonces? No es una cuestión académica: todos pasaremos por eso tarde o temprano. Cuando llegamos a nuestro fin, frente a un destino que parece ser una derrota final, ¿A qué nos aferramos? ¿Porqué aferrarse a algo distinto de nosotros mismos. Debemos aferrarnos a nuestro Salvador y a la confianza en su misericordia.

    Nos aferramos a Jesús y su Madre, Santa María, y en especial al esquema de vida que nos brindan en el rosario. Aferrándonos al Rosario, encontramos la luz en la oscuridad. A través del Rosario nos anclamos a nosotros mismos en los misterios de la vida, la muerte y la resurrección de Cristo: con esas cadenas de cuentas nos enredamos en el seno de Su amor salvífico y quedamos atados a su vida divina. Hay una razón por la que Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Victoria son dos nombres de una misma fiesta. Para repetir el Ave María recitamos los Nombres de Jesús y María, y recordamos que en la Encarnación, Dios (Fil. 2: 6) «se anonadó a Sí mismo y tomó la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres.»
    Pedimos a Santa María que ruegue por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Le pedimos que esté con nosotros, y no nos deje en soledad cuando tengamos que afrontar el aguijón de la muerte.
    Por esto, al recordar la victoria de Cristo sobre la muerte, nos hacemos eco de las palabras de San Pablo: «Muerte, ¿dónde está tu victoria? Muerte, ¿dónde está tu aguijón? «(1 Corintios 15:55)

    ¿Qué mejor manera de vivir y morir que rezando el Rosario, repetiendo continuamente los Nombres sagrados y dulcísimos de Jesús y María? ¿Qué cosa mejor que mendigar una y otra vez, la intercesión de María?
    Por esta razón nos quedamos al lado de nuestro hermano en sus últimos instantes, rezando el Rosario cuando él ya no podía.
    Que los ángeles nos lleven al paraíso, que nos reciban los mártires, y nos conduzcan a la ciudad santa de nuestro Dios, resonando en nuestros oídos los Nombres de Jesús y María, escritos en nuestro corazón.

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