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EL DÍA DEL SEÑOR

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Los trapenses regresan a Noruega más de medio milenio después de salir por la «Reforma»

EL DÍA DEL SEÑOR

Debemos reconocer que hace un tiempo, al aparecer en la Liturgia de las horas como segunda lectura, algún texto del Concilio Vaticano II, nos poníamos de mal humor y recordabamos las palabras del Padre Pío al cardenal Bacci acerca de tal asamblea: “Que la ACABEN ¡por favor! Sin embargo, ya no nos ponemos de mal humor a priori y pensamos que en ese Concilio, también existen cosas buenas, en continuidad y no como ruptura con la Iglesia de siempre.

Una de ellas, es la aparece en la Liturgia de hoy y dice: “La Iglesia, por una tradición apostólica que se remonta al mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado día del Señor o domingo… El domingo es la fiesta primordial que debe inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No deben anteponerse otras solemnidades, a no ser que sean realmente de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia).

El domingo, el primer día de la semana, sustituye al sábado judío, como la antigua Alianza de Dios con su pueblo elegido, es sustituida por la Alianza, nueva y eterna, abierta a todos los hombres que son potencialmente católicos.

El domingo es la “fiesta primordial” y es “el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico”. Por eso, el año cristiano no es un amontonamiento de días, sino un orden de fiestas.

Esto lo expresa con claridad Byung-Chul Han cuando se refiere al carácter narrativo del calendario cristiano en el cual cada día tiene su sentido. En él, no hay solo lunes, martes, miércoles… sino Pascua, Pentecostés o Navidad como estaciones de una narración” (“La crisis de la narración”, Herder, p. 52).

Todo esto, que hoy en nuestro mundo se encuentra casi extinguido, fue un elemento vital durante la vigencia de la Cristiandad.

Pero no debemos pensar, que ese reconocimiento público por un pueblo de la verdad del Evangelio, está muerto para siempre. Hoy existen y se multiplican bolsones de Cristiandad y aparecen en los lugares menos esperados.

Y en estos días tan extraños, nos enteramos que los trapenses vuelven a Noruega después de más de setecientos años y vuelven a vivificar una herencia medieval destruida por la Reforma protestante. Las ruinas de abadías y monasterios son testigos silenciosos de un rico legado de vida cristiana.

Las primeras en volver fueron las monjas trapenses llegadas desde los Estados Unidos de la Abadía de Nuestra Señora del Mississippi en Iowa, ahora son los monjes que venidos de la Abadía de Citeaux, construyen el Monasterio de Munkeby y dan a la población local un sabor del Evangelio, incluso en ámbitos seculares.

A los lugareños les agrada la presencia monástica, la realidad sacramental, el sagrario de la presencia divina y el sonar de las campanas. Vuelve la especial

celebración del “Día de Señor”.

El obispo-monje Varden, a quien ya dedicamos una nota, señala que “este monasterio es tan normal como cualquier otro. Pero, al mismo tiempo es una puerta del cielo, y en este sentido, algo absolutamente extraordinario.

Esta es la Iglesia que crece y no solo en África y en Asia, sino también en los fríos de la “Noruega sacra, en el Monasterio cercano a la tumba del rey San Olav.

Buenos Aires, enero 15 de 2024.

Bernardino Montejano

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