
EL CARMELO DE AMENÁBAR
Ante el cierre durante esta semana del la Capilla de Santo Cristo, algunos delos concurrentes a la misma nos refugiamos en el Carmelo de Amenábar.
El mismo es un oasis en el desierto de la Ciudad Apóstata de Buenos Aires y sus monjas han resistido las presiones, los atropellos y la marginación.
Recuerdo cuando al comienzo de la plandemia allí nos refugiamos también un grupo de asistentes a la capilla que nos negamos a recibir l comunión en la mano
La capilla del Carmelo es muy especial; allí se conserva el comulgatorio y prácticamente nadie comulga en la mano.
Las misas son muy fervorosas, las homilías ortodoxas, la liturgia cuidada. Las monjas integran el grupo de las “maravillosas”. Se reza en la misa la oración a San Miguel Arcángel para que nos defienda en la batalla “contra Satanás y los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”. Creo que es el único lugar en la arquidiócesis en el cual San Miguel no molesta.
Además, entre la concurrencia encontré a una monja de las “Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará”, a quien le dije que había sido muy amigo del fundador, el Padre Carlos Buela.
Creo que la monja al principio desconfió porque pensaría que yo era un espía del arzobispo, secuaz de Bergoglio.
Pero después de cauteloso examen cuando le di detalles de un mes inolvidable pasado junto a Buela en Roma, en la entonces procura del IVE, la confianza desplazó a la cautela. El primer día me trasmitió la buena noticia: la rama femenina no está comisariada; ella vive en Roma, en la procura de las monjas.
Hoy, ya asimilada, para usar el lenguaje de Saint-Exupéry, me contó el mal trato y la desarticulación del IVE masculino por obra de Santos y Abril, un impresentable que fue eyectado de la Argentina cuando fue nuncio.
Le pregunté por los residentes en la casa durante mi estadía: todos dispersados. No existe la menor duda: Francisco quiso acabar con el IVE, no pudo y ahora débil y al final de su triste pontificado, no podrá.
Por desgracia para mí, la monja informante no estará en Buenos Aires durante toda la semana, pero quedamos en vernos antes de su retorno a Francia. Ella me recuerda a las grandes servidoras, en especial la hermana María de Pentecostés a quien le debo eterna gratitud por lo que me ayudó en momentos terribles de mi vida, cuando el escribano con quien trabajaba desde mi comienzo notarial, se suicidó. La sangre corrió por las oficinas y me enseñó a tratar este gran tema de la filosofía desde una nueva perspectiva.
Antes mi visión era aristotélica. El suicida obraba contra el bien común, contra un vasto “otro”, sus familias, sus amigos, sus clientes que en él confiaban. Pero tan golpeado estaba por el asunto, yo que estaba en el campo, no pude manejar el auto a la vuelta.
Pero, como en el caso de Favaloro ¿Quiénes fueron los culpables principales del desenlace? En primer lugar, sus socios, los que lo dejaron solo para afrontar una deuda inmensa que le comió su fortuna, su querido campo y hasta su automóvil; en segundo lugar, nuestra insólita Argentina, en la cual un inmueble puede pasar de valer millones a no valer nada, como un cementerio privado, en este caso; en tercer lugar, los acreedores que no tuvieron piedad de él, que lo insultaron, lo calumniaron, lo vejaron, lo amenazaron. No puedo olvidar la voz de una degenerada que a un par de días del suicidio habló a mi teléfono para burlarse: “Me alegro, me alegro, se murió el degenerado hijo de puta”, expresó una satánica voz.
Querida hermana Pentecostés, no puedo saber si estás en el frío de Islandia, si estás sana o enferma, si estás en este planeta o en el cielo, pero quiero mediante estas líneas hacerte llegar mi eterna gratitud. Esas son las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, flores de la Argentina.
Buenos Aires, febrero 7 de 2024 Bernardino Montejano
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