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Duro Wanderer, duro Rorate Caeli

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Pero eso es lo que hay. O por lo menos parte de lo que hay.

Y la paciencia tiene un límite.

Personalmente pienso que no son actitudes exageradas sino respuestas a provocaciones. Y la medida de la respuesta siempre es complicada porque puedes pasarte o no llegar. No valoro la de la página argentina ni la de la norteamericana. Simplemente os las doy a conocer porque creo que debemos estar enterados de cosas que ocurren. Que luego tendremos que «discernir». Pero eso es ya cosa de cada uno.

http://caminante-wanderer.blogspot.com/2018/11/consuelo-atanasiano.html

https://rorate-caeli.blogspot.com/2018/11/pope-francis-problem.html

 

 

 

Comentarios
7 comentarios en “Duro Wanderer, duro Rorate Caeli
  1. Pues bien por Wanderer y muy bien por Rorate caeli. Estoy de acuerdo en todo. Pero todo quedará igual. Jorge Vito Bergoglio Corleone seguirá en su ruta de destrucción y hundimiento de la Iglesia, sin nada ni nadie que lo detenga. Suma y sigue…

  2. La intervención vaticana, según leo en el artículo que publica este medio hoy, va a dejar al Vaticano en manos de los tribunales useños. Cosa que al ser un país soberano le da igual, pero no le va a dar igual a los católicos ni a los obispos de ese país.

    Al parecer han puesto a los mas tontos a dirigir la burocracia de la Iglesia. Tampoco es sorprendente, dada la cantidad de obispos y cardenales como las fincas de Estremadura.

    La crisis es enorme. Ya es peor que la del arrianismo y no se ve que esto vaya a parar. ¿Saldrá un S. Atanasio o nos tendremos que apañar solos?

  3. DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO

    Los primeros versos del Evangelio de hoy nos remiten con facilidad a algunas de las películas de Steven Spielberg desde una perspectiva caótica del cosmos: «El sol se oscurecerá, la luna ya no dará su claridad, las estrellas caerán del cielo »
    La perspectiva de las estrellas fugaces nos fascina y a su vez nos preocupa. Por otro lado, no olvidemos que, para los hagiógrafos o redactores de la Biblia, la humanidad forma una sola pieza con el cosmos, es una sola cosa con él, vibra siguiendo su ritmo.
    Y los «signos del cielo,» que son erupciones volcánicas, terremotos, inundaciones y otras perturbaciones climáticas, se entienden como parte del drama espiritual vivido por el ser humano.
    Por lo tanto, es instructivo acercar esta descripción apocalíptica a la historia de la Creación.
    Este anuncio de trastornos cósmicos puede entenderse como el movimiento inverso de la creación, como un retorno al caos primigenio, pero, sólo Dios puede convulsionar un mundo que Él mismo ha modelado como cosmos u orden bello.
    El término apocalipsis significa revelación. Y el fragmento del Evangelio de hoy y sus equivalentes en los sinópticos, reciben el nombre de Apocalipsis sinóptico.
    La imagen de este apocalipsis revela así el resurgimiento de una nueva creación, de un orden desconocido, donde el sol se oscurecerá, donde la luna perderá su brillo y las estrellas cederán ante el esplendor de la gloria del Hijo del hombre.
    En ese momento, ya no tendremos los puntos de referencia habituales en los que, hasta entonces, podíamos confiar. Esto no significa que la creación vaya a ser destruida y volvamos al caos original.
    Observemos las cosas un poco más de cerca: ¿No existe ya esta angustia terrible entre nosotros cuando tenemos que convivir con realidades que no entendemos ?
    Esto pone a prueba nuestra esperanza y nuestro valor. Todavía recordamos las impresionantes imágenes de las devastadoras y mortales inundaciones del mes pasado en el suroeste de Francia, sin mencionar los estragos de los incendios forestales en California.
    Noticias que hacen resonar el eco de las palabras del Papa Francisco en la Laudato Si: «Si la tendencia actual continúa, este siglo podría presenciar un cambio climático sin precedentes y una destrucción nunca vista, de los ecosistemas, con graves consecuencias para todos nosotros. »
    Sin embargo, sepamos que el retorno de Cristo resucitado a nuestro mundo cambiará el orden establecido del universo tal como lo conocemos hoy.
    Esto es una certeza. Además, como no podía ser de otro modo. Las leyes que gobiernan nuestro mundo rara vez se ordenan prioritariamente al amor a Dios y al prójimo.
    Esta agitación cósmica, que se nos presenta en el evangelio de hoy, tiene la función de sugerirnos de manera imaginativa, la magnitud de lo que cambiará.
    Basta con que consideremos por un momento nuestra reticencia personal y los obstáculos de todo tipo mediante los cuales contrarrestamos la obra de la gracia en nosotros.
    Seamos honestos con nosotros mismos, aunque tengamos que cambiar nuestro estilo de vida y nuestra forma de pensar o ver las cosas. ¿Cómo dislocar las paredes del egoísmo y la indiferencia en la que amurallamos nuestra ausuficiencia y nuestra mezquindad?
    Evaluemos lo que debe ser destruido en nosotros para poder ajustar nuestro modo de vida a los requisitos evangélicos.
    ¿Acaso no toman la apariencia de un cataclismo interno los procesos de conversión que se dan en el corazón humano?
    Estamos dispuestos a emprender este itinerario de conversión ? Eso es suficiente para extraer la lección del Evangelio de hoy.
    Es necesario discernir en nuestra interioridad y en nuestro alrededor, los signos que nos incitan, que nos preparan para este cambio radical.
    La breve parábola de la higuera que aparentemente no dice nada, nos indica que tenemos que hacer que la Palabra de Dios sea más eficaz en nuestra vida.
    Porque, en los últimos días, sólo quedará en pie la obra de la Palabra de Dios en nosotros. Lo demás, todo lo demás pasará y desaparecerá.
    Acabamos de escucharlo: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»
    En esto, Jesús nos da a entender la autoridad inquebrantable de la Palabra de Dios a la que todos deben remitirse, y referirse.
    Que nuestra vigilancia y la atención, para detectar las señales de advertencia de estos constructivos trastornos, sean el testimonio de nuestra fe en el despertar escatológico y nuestra santa prisa para ver Su día.
    En caso contrario, nos hundiríamos en la molicie y nos quedaríamos atascados sin posible retorno, entre las cosas de este mundo.
    Escuchemos la oración del poeta Patrice de La Tour du Pin:
    «¿Cuántos siglos de dolor quedan aún antes del día completo Señor? (…)
    No hay suficientes noches para darte la bienvenida, no hay suficientes cabezas para inclinarse ante Tí, desde la sombra que nos cubre, en la que Te esperamos,
    Ya cantamos tu luz (…)
    El Padre de todo amor nos ha confiado Su esperanza.
    Dirijamos hacia Él tal virtud.
    En Tí será todo uno.
    Y el estremecimiento de la esperanza se afianzará sobre nuestro dolor. «

    1. Este trozo del Evangelio tiene un aspecto un tanto confuso, que he pensado durante la lectura en la Misa. Dice que no pasará una generación sin que ocurra esto y también que solo el Padre conoce el día. No tengo nada que decir al que sea sólo el Padre el que conoce el día, pero han pasado muchas generaciones y no ha ocurrido nada. Ocurrió en su tiempo anunciado la destrucción de Jerusalen, pero aquí parece indicar el fin del mundo. Fin del que estaban convencidos los primeros cristianos.

    2. El otro día me contestó un comentario en donde matizaba que hay valores además de los religiosos.

      Cierto, pero como estamos en un blog religioso, señalo los aspectos religiosos de los partidos y señalo que hay algunas cosas excluyentes, como es el aborto.

      Escribo en un blog de política y allí utilizo esos argumentos que usted señalaba y no utilizo los argumentos de tipo religioso salvo cuando se toca la religión.

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