
TRES CHINOS EJEMPLARES: CONFUCIO, don LOU TSENG-TSIANG y EL CARDENAL ZEN
Los hombres de Occidente se clausuran en Grecia y Roma en particular, como
antecedentes del cristianismo, a la vez que olvidan echar una mirada a las semillas que
germinaron en el extremo oriente.
En lo personal, junto con ilustres antecesores, nunca caí en este error y los
antecedentes orientales que obligaba a estudiar a mis alumnos en la Facultad y a mis pacientes
colegas del Instituto de Filosofía del Colegio de Escribanos, en huellas de grandes maestros
como Francisco Elías de Tejada, abarcaban no sólo próximo y medio oriente, sino también el
extremo oriente, en especial China.
Y en China, descolló una gran figura, Confucio, considerado muchas veces como el
fundador de una nueva religión, como una figura idolátrica, como otro Buda, que además fue
un extranjero, importado desde la India, cuando en realidad, el pensador chino fue un hombre
preocupado por defender el orden natural, común a todos los hombres y desterrar ídolos y
supersticiones.
“El mayor filósofo que tienen los chinos es Confucio… quien por esto es tenido y
venerado por todos como el hombre más santo que jamás haya existido sobre la tierra.
Y, a la verdad, en lo que dice y en su modo de obrar conforme a la naturaleza, no es
inferior a nuestros antiguos filósofos, superando a muchos de ellos”.
“Confucio no fundó ninguna religión nueva; no hizo sino sistematizar, comentar y
ampliar en algunos puntos las enseñanzas morales, sociales, políticas y religiosas de la
China antigua”.
Fue un opositor a la disolución de su tiempo y buscó reordenar la vida social a
partir del fortalecimiento de la familia y de las pequeñas comunidades e intentó que
las palabras respondieran a las cosas: que el príncipe fuese príncipe, el padre fuese
padre; el hijo fuese hijo, actuando como tales.
El segundo gran chino es Lou (1871-1949). Fue Ministro de Relaciones Exteriores en
tiempos muy difíciles y concluyó su existencia temporal como monje benedictino, abad
de San Andrés de Brujas. Su sucesor, René Robe, escribe que “Lou no ocultaba su
adhesión al confucianismo subrayando sus valores humanistas y sus afinidades con el
cristianismo.
Lou fue un gran diplomático en tiempos muy difíciles y reconoce su pertenencia
cuando escribe: “en el pensamiento y la práctica del confucianismo, la piedad filial y la
tarea de perfección personal son la verdadera tarea de los hombres de Estado”.
Insiste en la formación armoniosa en el seno familiar al alba de la vida; sugiere un
reencuentro entre las escuelas de Confucio y de san Benito; ambos jóvenes y actuales
y destaca el espíritu benedictino practicado en China, porque se trata de hechos y no
de palabras.
Converso del protestantismo encuentra “en la Iglesia Católica la unidad de
gobierno, la unidad de doctrina y la unidad de preceptos… una guía segura para la
conciencia y un sostén estable para la sociedad y para el Estado”.
Reconoce que el espíritu confucianista lo ha dispuesto a ver “la superioridad
evidente del cristianismo… independientemente de los defectos personales de los
cristianos… la Iglesia vivifica y sostiene al hombre desde la cuna hasta la tumba”.
Concluyo con una doble afirmación de su identidad:
“Soy confucianista, porque esta filosofía moral, en la cual fui educado penetra
profundamente la naturaleza del hombre y traza claramente su línea de conducta
hacia el Creador, hacia los parientes y hacia los semejantes, personas y sociedad.
Soy cristiano y católico, porque la Santa Iglesia, preparada desde el origen de la
humanidad, fundada por Jesucristo, Hijo de Dios. Esclarece y sostiene divinamente el
alma del hombre y da las respuestas definitivas a todos nuestros pensamientos más
elevados, a todos nuestros mejores deseos, a todas nuestras aspiraciones, a todas
nuestras necesidades”.
Al cardenal Zen queremos señalarlo como un pastor que, en circunstancias harto
difíciles, cuida de sus ovejas; hoy aparece como un émulo de los grandes cardenales,
arzobispos y obispos que enfrentaron con coraje y decisión al comunismo en Europa
Oriental, que fueron muchos, algunos de ellos traicionados por Roma.
Por eso, este prelado nonagenario denunció el acuerdo del Vaticano con el
gobierno del Partido Comunista, que entregó a todos los obispos, sacerdotes y fieles a
Roma, a toda la Iglesia clandestina, en manos de la tiranía que detenta el poder en ese
inmenso y noble país.
Zen pidió a los católicos que “vuelvan a las catacumbas”, viajó a Roma y en esa
oportunidad Francisco no lo recibió, mientras el obispo Sánchez Sorondo, quien en un
tiempo fue de los nuestros, al volver de China afirmó, sin ponerse colorado, que era el
país que mejor aplicaba la doctrina social de la Iglesia.
Siento vergüenza por la conducta perversa de ambos compatriotas que viven en la
Ciudad Eterna. Queda para otra nota describir la doctrina que nutre al cardenal chino y
a su heroica conducta.
Bernardino Montejano
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