BYUNG-CHUL HAN OTRA VEZ

Byung-Chul Han | CCCB
BYUNG-CHUL HAN OTRA VEZ
Para mi cumpleaños, aunque a mi edad, como decía mi suegro, el escribano Calviño,
descumplo, mis amigos del Instituto de Filosofía del Colegio de Escribanos, me regalaron el
último libro del pensador coreano-germánico editado por Herder este año.
Como estimo que junto a Loa a la Tierra, edición Herder, 2019, son sus mejores
libros, quiero hacer un comentario del último.
Comienza con la añoranza de tiempos pasados, en los que las narraciones nos
acomodaban en el ser, es decir, cuando nos asignaban un lugar, y hacían que estar en el
mundo fuera para nosotros como estar en casa (p. 13).
Dentro de ellas, la religión es una narración característica, con una verdad intrínseca, y
el calendario cristiano, hace que cada día tenga su sentido… también los rituales son prácticas
narrativas. Saint-Exupéry coincide con esto y también extraña tiempos medievales, con un
tipo de hombre que yo amaba, con su semana y sus caminos rurales; en cambio, hoy somos
verdaderos bárbaros y en este aspecto, el retroceso religioso, es un desastre que desvalija
nuestro mundo espiritual (la semana de la Edad Media, con sus alegrías y el año litúrgico
tenían un rostro propio (Carnets, en Obras Completas, Plaza y Janés. 1974, ps. 1448 y 1438).
En cambio, nosotros vivimos en el tiempo de la información, contrarios a la narración.
La información trocea el tiempo y a la sociedad de la información, es inherente una carencia
de ser, un olvido del ser y en consecuencia no transmite sentido.
La pantalla digital aísla a las personas convirtiéndolos en consumidores. Los
consumidores son solitarios… Por otro lado, en pleno tsunami informativo surge la necesidad
de sentido, identidad y orientación, la necesidad de despejar el espeso bosque de la
información en el que corremos el riesgo de extraviarnos… en pleno piélago de informaciones
y de datos, buscamos anclajes narrativos (p. 15).
El lector de periódicos no atiende más que a lo inmediato. Su atención se reduce a
curiosidad. No olvidemos que la curiosidad es un vicio contrario a la virtud de estudiosidad.
Por eso, el moderno lector salta de una novedad a la siguiente, en lugar de pasear la mirada
en la lejanía y dejarla reposar en ella. Ha perdido la mirada prolongada, despaciosa y pausada
(p. 17).
AL carecer de distancia, la información acaba tanto con la cercanía cuanto con la
lejanía y desencanta el mundo. En cambio, el aliento, el aura, es narrativa, porque está
preñada de lejanía.
Mientras la narración crea comunidad, la información aísla; en ella las personas se
reducen a juegos de datos. La comunidad narrativa está integrada por personas que narran y
escuchan con atención. Quien escucha está olvidado de sí mismo, se suma en lo que escucha.
Pero estamos perdiendo cada vez más el don de escuchar.
Estamos pobres en experiencia, la cual requiere tradición y continuidad… esa pobreza
supone una especie de nueva barbarie… La modernidad es una apasionada de la fe en el
progreso, de las ganas de pretender acabar con todo para empezar de cero, del espíritu de la
revolución. También el Manifiesto comunista viene a ser una narrativa de futuro que abjura del
orden tradicional (ps.33/34).
Para ganar experiencia se debe salvar el pasado para lo cual se necesita una fuerza
tensora narrativa que lo acople al presente y le permita seguir repercutiendo en él (p. 37).
Debemos entender que en el hombre existe desde que nace hasta que muere una
continuidad de sí mismo que garantiza la continuidad del ser. La permanencia de sí mismo
debe protegernos de la fragmentación del tiempo (p. 40).
La modernidad ha roto con el ritmo del tiempo como narración en el cual no solo
existen lunes, martes, miércoles… sino Pascual, Pentecostés y Navidad como estaciones de
una narración (p. 52).
Hoy asistimos al desencantamiento del mundo en el cual las cosas existen, pero
enmudecen. Para que vuelvan a hablar es necesario el recuerdo de la niñez, en la cual todo
lo que existe es elocuente y significativo (p. 65). Han ejemplifica con los huevos de Pascua,
con lo cual aviva el recuerdo de nuestra niñez, cuando buscábamos esos huevos escondidos en
algún rincón del enorme jardín de la casa de nuestra abuela. Y Han se queja del hoy que ha
profanado a los niños y convertido en seres digitales (p. 66).
Más adelante, se ocupa de Platón, el padre de la filosofía occidental, cuyos diálogos
dejan bien claro que la filosofía es una narración (p. 84).
Y con acierto, denuncia la decadencia de la filosofía cuando pretende ser una ciencia,
e incluso una ciencia exacta y abjura de su original carácter narrativo (p. 88).
Han destaca el carácter curativo de las narraciones, porque crean un clima de
confianza y pone un buen ejemplo: la amorosa voz maternal sosiega al niño, le mima el alma,
fortalece su cariño, le da sostén… Los cuentos infantiles son historias de un mundo inocente.
Hacen del mundo un hogar familiar (p. 89).
No hace mucho escribimos en este blog lo terrible que significa en este mundo la
pérdida de la gratuidad. Nace un mundo prostibulario, al decir de Charles Péguy porque todo
se incluye dentro del comercio, todo se compra, vende o permuta. Y esto sucede también con
la comercialización de las narrativas. Aparece el storyselling, medio para comercializar las
narraciones, que convierte a la historia en mercancía; se emplea sobre todo en el
marketing y se utiliza para que las cosas sin valor se conviertan en bienes valiosos (p. 106). O sea, es un
instrumento para engañar, aunque hoy, muchos entre nosotros estén contentos de ser
engañados.
Buenos Aires, diciembre 20 de 2023.
Bernardino Montejano

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