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DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS

San Pablo en su Epístola a los Romanos enseña que la autoridad política es “ministro de Dios para el bien; por eso, debe temerle el que obra mal, porque no en vano lleva la espada”.

En el diario “La Nación” de hoy aparece un artículo del escriba católico Mariano de Vedia titulado: La Iglesia llamó a los candidatos a un “acuerdo de gobernabilidad”; cuyo subtítulo dice: El Episcopado pidió consensos políticos, económicos y sociales antes de ir a votar

La Iglesia pide “la creación de un espacio de diálogo y encuentro… para avanzar en ese acuerdo… en medio del crecimiento de la pobreza y la inflación, una fuerte crisis de representación y acentuada fragmentación en el campo social”. Una interesante descripción sociológica de algunos de nuestros problemas.

La actitud de nuestros pastores me hace acordar a una conversación en la gran mesa de la estancia “San Joaquín” con una amiga de mi hija Paz, por sobre nombre, “Las Heras y Bulnes, seguidora de un sacerdote que ella calificaba de “amplio”. Con deseos de concreción le pregunté ¿por qué es amplio? Y la respuesta fue clarificadora: porque nunca habla de Dios.

Acá tenemos un Episcopado que actúa según la hipótesis de Grocio: “Dios no existe o si existe, no se ocupa de las cosas humanas”, o sea un conjunto de obispos amplios.

Y una convocatoria al diálogo cuando faltan cinco días para las elecciones.

Cuando era arzobispo de Buenos Aires pontificó Bergoglio: “el diálogo nos hace bien a todos… supone salirse de sí mismo y ponerse en lugar del otro” (La Nación 2/4/20910).

Para analizar el tema, el Instituto de Filosofía Práctica, elaboró una declaración “Acerca del lenguaje y del diálogo” (en el libro “Doce años de declaraciones que no necesitan aclaraciones” (p. 162 y ss.), en la cual habla de matizar, porque el diálogo es un medio y usar el argumento pragmático: por sus frutos se conoce el árbol. Así, el diálogo que conduce a un buen fin nos hace bien y el que conduce a un mal fin, nos hace mal, como también mal nos hacen los diálogos estériles, inútiles, aparentes. Y pone un ejemplo político próximo: la “Mesa de diálogo”, que fracasó como fracasará también esta inoportuna convocatoria.

El nuevo arzobispo de Buenos Aires calificó al debate político argentino como “tóxico, agresivo y violento, lleno de chicanas y oportunismo”.

Otro sociólogo, metido de cabeza en el campo del César, como si su deber no fuera ocuparse de las cosas de Dios, llevar a los hombres a su destino eterno.

El único obispo que actuó como tal, Santiago Olivera llamó a rezar por los candidatos y convocó a una novena de oración por la Patria. Y la oración como acto interno de la virtud de religión, se dirige a Dios, el gran ausente en las inquietudes obispales, quienes desprecian la advertencia de Cristo: Sin mí nada podéis hacer.

En esta pobre Argentina, pobre en rezos, tampoco se respetan dos leyes que nos conducen al bien: la ley natural moral y la ley divina positiva y se sancionan numerosas leyes humanas positivas contrarias a ellas, como las relativas al matrimonio, la educación, el divorcio, el aborto, etcétera. Esas leyes inicuas prueban la ausencia de Dios. Inducir a volverlo presente, sería el primer deber de estos prelados, verdaderos “perros mudos”.

Bernardino Montejano

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