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‘Yiha­dis­mo, no; re­la­ti­vis­mo tam­po­co’, por José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

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A pro­pó­si­to de los aten­ta­dos en Ca­ta­lu­ña, como ha su­ce­di­do cada vez que el te­rro­ris­mo yiha­dis­ta ha actua­do den­tro de las fron­te­ras eu­ro­peas, se ha reabier­to el de­ba­te so­bre el in­flu­jo de la fe re­li­gio­sa en la paz mun­dial. He se­gui­do con in­te­rés las di­ver­sas re­fle­xio­nes que se han pu­bli­ca­do, y aun­que no creo que la mía vaya a re­sul­tar no­ve­do­sa, pre­ten­do, al me­nos, ser pe­da­gó­gi­co en mi ex­po­si­ción.

En las re­des so­cia­les he­mos sido tes­ti­gos, una vez más, de los ata­ques ha­bi­tua­les a todo tipo de fe religiosa, por par­te del ateís­mo más agre­si­vo; quien con­si­de­ra que la fe en una ver­dad su­pre­ma es la raíz de todo fun­da­men­ta­lis­mo y el ger­men de la vio­len­cia mun­dial. Este ateís­mo ra­di­cal sos­tie­ne que el mundo se­ría más pa­cí­fi­co sin re­li­gio­nes, tal y como ex­pre­sa­ba la co­no­ci­da can­ción “Ima­gi­ne” de John Len­non: “Ima­gi­na un mun­do sin mo­ti­vos para ma­tar o mo­rir, sin re­li­gión al­gu­na. Ima­gi­na a to­das las gen­tes vi­vien­do sus vi­das en paz”.

Sin em­bar­go, John Len­non ig­no­ra­ba que mien­tras él can­ta­ba esa can­ción, el ateís­mo es­ta­ba sien­do la ban­de­ra más uti­li­za­da en el si­glo XX para jus­ti­fi­car el ex­ter­mi­nio de mi­llo­nes de per­so­nas en el mun­do en­te­ro. En efec­to, la con­si­de­ra­ción de la fe re­li­gio­sa como “opio del pue­blo”, lle­vó a un ho­lo­caus­to de mul­ti­tud de inocen­tes…

Sin em­bar­go, tam­po­co se­ría equi­li­bra­do afir­mar que el ateís­mo haya sido la cau­sa de la vio­len­cia mundial. En reali­dad, tan­to la fe como el ateís­mo no han sido sino un mero pre­tex­to para el ejer­ci­cio de la vio­len­cia. Ma­tar en nom­bre de un dios, en nom­bre de la re­vo­lu­ción, o en nom­bre de la li­ber­tad, además de un ase­si­na­to, es una men­ti­ra. Una men­ti­ra que bus­ca dig­ni­fi­car­se en­cu­brién­do­se en su­pues­tos idea­les, de los que en reali­dad ca­re­ce. La ver­dad re­sul­ta ser bien dis­tin­ta: de­trás de la vio­len­cia se esconde un odio que sue­le te­ner su raíz en las in­se­gu­ri­da­des y los mie­dos del vio­len­to, ade­más de en su fal­ta de sen­si­bi­li­dad ha­cia el pró­ji­mo.

Pero en los círcu­los in­te­lec­tua­les que mar­can la lí­nea de pen­sa­mien­to en nues­tro en­torno cul­tu­ral europeo, la reac­ción más ha­bi­tual no es la del ateís­mo ra­di­cal, sino la del re­la­ti­vis­mo. Los “Char­lie Hebdo” de turno (que tam­bién en­tre no­so­tros tie­nen sus emu­la­do­res) no de­jan de ser un gru­po so­cial mar­gi­nal. Por el con­tra­rio, el re­la­ti­vis­mo es cua­si om­ni­pre­sen­te, y pre­ten­de ha­cer una re­in­ter­pre­ta­ción del he­cho re­li­gio­so, afir­man­do que to­das las re­li­gio­nes son igua­les, y que su úni­co va­lor ob­je­ti­vo está en el bien sub­je­ti­vo que pue­dan ofre­cer a sus adep­tos.

¿En qué se tra­du­ce esto en lo que al cris­tia­nis­mo se re­fie­re? Las re­per­cu­sio­nes son muy con­cre­tas: El Evan­ge­lio no de­bie­ra de ser pre­di­ca­do ni aco­gi­do como la re­ve­la­ción de Dios en Je­su­cris­to, sino solamen­te como unos prin­ci­pios ins­pi­ra­do­res que ayu­den a hu­ma­ni­zar­nos; es de­cir, a ser me­jo­res personas. Je­su­cris­to no ha­bría pre­ten­di­do fun­dar la Igle­sia, sino que su in­ten­ción ha­bría sido sim­ple­men­te la de pre­di­car el Reino de Dios. La úni­ca ma­ne­ra de cons­truir el en­cuen­tro in­ter­re­li­gio­so se­ría la re­nun­cia por par­te de la Igle­sia Ca­tó­li­ca a su con­cien­cia de ser de­po­si­ta­ria del men­sa­je de Je­su­cris­to, el re­ve­la­dor del Pa­dre, el Hijo del Dios vivo. En cuan­to a la mo­ral se re­fie­re, el re­la­ti­vis­mo re­que­ri­ría de la fe ca­tó­li­ca su re­nun­cia a pre­di­car los man­da­mien­tos de la ley de Dios como nor­mas mo­ra­les ob­je­ti­vas, para pa­sar a pre­di­car una mo­ral au­tó­no­ma, en la que la con­cien­cia se­ría la fuen­te mis­ma de la ver­dad mo­ral.

En de­fi­ni­ti­va, para que el re­la­ti­vis­mo otor­gue el mar­cha­mo de po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to a la re­li­gión cristiana, se re­que­ri­ría re­nun­ciar a una re­li­gio­si­dad que con­fi­gu­re ver­da­de­ra­men­te nues­tra vida, limitándo­se a ins­pi­rar va­ga­men­te nues­tra exis­ten­cia. Por otro lado, la obe­dien­cia a la vo­lun­tad de Dios ha­bría de ser sus­ti­tui­da por el cul­ti­vo de los va­lo­res es­pi­ri­tua­les que anidan en nues­tra in­te­rio­ri­dad, etc.

En con­clu­sión, el re­la­ti­vis­mo apro­ve­cha la som­bra del yiha­dis­mo, para po­ner bajo sos­pe­cha de fundamen­ta­lis­mo a la fe cris­tia­na que cree en una re­ve­la­ción his­tó­ri­ca y ob­je­ti­va. Per­mí­ta­se­me una iro­nía en esta ex­po­si­ción. Es como si nos atre­vié­se­mos a co­rre­gir a la Vir­gen Ma­ría en la ex­pre­sión de su “fiat” (“He aquí la es­cla­va del Se­ñor, há­ga­se en mí se­gún tu pa­la­bra”); exi­gien­do una re­for­mu­la­ción en términos po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­tos: “Es­toy abier­ta a la tras­cen­den­cia en la me­di­da en que me haga sentirme rea­li­za­da”.

Trai­go a co­la­ción unas pa­la­bras de­li­be­ra­da­men­te si­len­cia­das del Papa Fran­cis­co: “Tam­bién el re­la­ti­vis­mo hie­re mu­cho a las per­so­nas: todo pa­re­ce igual, todo pa­re­ce lo mis­mo”. Sin duda, uno de los ma­yo­res éxitos que po­dría al­can­zar el yiha­dis­mo es el de ge­ne­rar o re­for­zar una co­rrien­te de pen­sa­mien­to relativis­ta, has­ta el pun­to de re­que­rir­nos a los cris­tia­nos una re­for­mu­la­ción de nues­tra fe… Sin em­bar­go, ¿aca­so no ha de­mos­tra­do so­bra­da­men­te la Igle­sia Ca­tó­li­ca, tras el Con­ci­lio Va­ti­cano II, que se pue­de creer con fir­me­za en Je­su­cris­to como la re­ve­la­ción de Dios y en la Igle­sia como por­ta­do­ra de esa revelación, al tiem­po que la mis­ma Igle­sia Ca­tó­li­ca se ha con­ver­ti­do en el pa­no­ra­ma in­ter­na­cio­nal en un ins­tru­men­to de en­cuen­tro en­tre cul­tu­ras y re­li­gio­nes, así como en uno de los prin­ci­pa­les agen­tes e interlocu­to­res de la paz? La al­ter­na­ti­va al yiha­dis­mo no pue­de ser ni el ma­te­ria­lis­mo ateo, ni el relativismo de una re­li­gión he­cha a nues­tra me­di­da. El yiha­dis­mo se sen­ti­ría muy có­mo­do te­nien­do a ambos como ad­ver­sa­rios. ¡Nues­tro re­la­ti­vis­mo se­ría su vic­to­ria!

+ José Ig­na­cio Mu­ni­lla

Obis­po de San Se­bas­tián

2 comentarios en “‘Yiha­dis­mo, no; re­la­ti­vis­mo tam­po­co’, por José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián
  1. Y llevado a otro asunto que nos OCUPA…..si el gato duerme: los ratones BAILAN! Habrá que pedir a Santa Pola que haga un milagro de propiedad moral e intelectual, pero sería pedir peras al olmo.

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