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‘Nues­tra ta­rea es coope­rar en la siem­bra’, por José Ma­nuel Lor­ca, obis­po de Car­ta­ge­na

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El Papa Fran­cis­co nos in­ter­pe­la cons­tan­te­men­te, a los que he­mos te­ni­do la suer­te de vi­vir en es­tos tiempos de lu­ces y som­bras, a que la fuer­za de nues­tra fe esté en Cris­to, por­que Él es el cen­tro de nues­tra vida “por­que en Cris­to so­mos li­be­ra­dos del pe­ca­do, de la tris­te­za, del va­cío in­te­rior, del aislamiento” (Evan­ge­lii gau­dium, 1).

La luz y el ca­lor de Nues­tro Se­ñor Je­su­cris­to han sido los que han de­rre­ti­do el hie­lo de nues­tros egoís­mos y nos han per­mi­ti­do en­con­trar­le a Él, cara a cara, como Ca­mino, Ver­dad y Vida. Es el Se­ñor Je­sús quien da la fuer­za a nues­tros pa­sos can­sa­dos para se­guir en la ca­rre­ra ha­cia la san­ti­dad y la vida, todo, gra­cias a la guía de la Igle­sia que “ha pro­pues­to al hom­bre de to­dos los tiem­pos, ame­na­za­do por el mal y el sinsenti­do y ten­ta­do de aban­do­nar la fe, vol­ver los ojos a Cris­to muer­to y re­su­ci­ta­do, para po­ner en él toda es­pe­ran­za” (CEE, Je­su­cris­to, sal­va­dor del hom­bre y es­pe­ran­za del mun­do, 4). El que ha te­ni­do la valen­tía de es­cu­char a Je­sús, de se­guir sus pa­sos, se da cuen­ta en­se­gui­da de que su amor es de ex­ce­so, de en­tre­ga sin lí­mi­tes ni re­ser­vas, es un amor de ple­ni­tud. La ex­pli­ca­ción nos la dice San Pa­blo en la car­ta a los Efe­sios, que en Cris­to “se re­ca­pi­tu­lan to­das las co­sas, las del cie­lo y las de la tie­rra”, por eso quien tie­ne a Cris­to no teme; nues­tro pro­gra­ma de vida es Je­su­cris­to, es anun­ciar sin des­can­so la Pa­la­bra de Dios, con la mis­ma con­fian­za que el sem­bra­dor es­par­ce la se­mi­lla. El cre­ci­mien­to de la mis­ma es cosa del Se­ñor, pero el sem­bra­dor siem­bra y re­co­rre todo el cam­po. El Papa Fran­cis­co, en la Ex­hor­ta­ción Apos­tó­li­ca Amo­ris Lae­ti­tia, nos de­cía esto mis­mo: “A la luz de la pa­rá­bo­la del sem­bra­dor (cf. Mt 13,3-9), nues­tra ta­rea es coope­rar en la siem­bra: lo de­más es obra de Dios”.

La in­ten­ción que tie­ne Je­sús cuan­do ex­pli­ca la Bue­na Nue­va a la gen­te es la de ex­pli­car­nos la fuer­za de la Pa­la­bra, que es de fiar; y ha­re­mos bien en abrir los oí­dos y es­cu­char­la. Je­sús nos ofre­ce con­fian­za, segu­ri­dad, nos hace ver que no es­ta­mos so­los, que Él sale siem­pre a nues­tro en­cuen­tro a cual­quier hora del día para vi­gi­lar que no nos fal­te lo ne­ce­sa­rio. Si al­guien se pre­gun­ta­ra: ¿quién de­fen­de­rá a los po­bres, a los an­cia­nos, a los sin te­cho, a los afli­gi­dos por la fal­ta de tra­ba­jo o de au­to­es­ti­ma? La res­pues­ta está en la Pa­la­bra: lo hace el Se­ñor, siem­pre el Se­ñor y mu­rien­do en Cruz. Los sis­te­mas, las ideo­lo­gías, las consig­nas… todo eso cae, pero el Se­ñor per­ma­ne­ce para siem­pre, se­gui­rá sa­lien­do a nues­tro en­cuen­tro, sal­drá en la ma­dru­ga­da has­ta el atar­de­cer, se­gui­rá sem­bran­do y dan­do cre­ci­mien­to a las se­mi­llas… La pre­gun­ta que está en el aire hoy es: ¿Cómo has re­ci­bi­do tú la se­mi­lla de la Pa­la­bra, como tie­rra bue­na o con in­di­fe­ren­cia? Es ur­gen­te la res­pues­ta.

Ne­ce­sa­ria­men­te hay que bus­car hoy mis­mo un tiem­po para res­pon­der, pero sa­bien­do que para que la Pala­bra fruc­ti­fi­que son ne­ce­sa­rias las si­guien­tes con­di­cio­nes: te­ner ham­bre de Dios, de sal­va­ción, de sentir­se po­bre, con sed de Dios; otra ac­ti­tud ne­ce­sa­ria es es­tar a la es­cu­cha, en ora­ción, en diá­lo­go permanen­te con Dios, con la de­ci­sión de sa­lir de nues­tra ti­bie­za y de la ace­día que nos ro­dea, con de­seos de qui­tar las zar­zas y las pie­dras que ocul­tan la tie­rra bue­na, man­te­nien­do en las me­jo­res con­di­cio­nes nues­tro co­ra­zón para ha­cer siem­pre la vo­lun­tad de Dios.

Fe­liz do­min­go.

+ José Ma­nuel Lor­ca Pla­nes
Obis­po de Car­ta­ge­na

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