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‘La Santidad de María’
Cartas Pastorales

‘La Santidad de María’

Cartas pastorales de nuestros obispos
28 noviembre, 2017

El pró­xi­mo día 8 de di­ciem­bre, so­lem­ni­dad de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción de la Bie­na­ven­tu­ra­da Vir­gen Ma­ría, clausu­ra­re­mos en nues­tra dió­ce­sis el Año Ju­bi­lar que he­mos ce­le­bra­do con mo­ti­vo del cuar­to cen­te­na­rio de la fundación de la Real Ar­chi­co­fra­día de la Vir­gen de la Cin­ta. Las nu­me­ro­sas ini­cia­ti­vas que se han lle­va­do a cabo duran­te todo el año nos han per­mi­ti­do co­no­cer me­jor la gran­de­za de la his­to­ria de la de­vo­ción ma­ria­na más importan­te en Tor­to­sa. Gra­cias al es­fuer­zo de la Ar­chi­co­fra­día que­da­rá tam­bién un signo que nos re­cor­da­rá esta cele­bra­ción: la ima­gen que pre­si­di­rá la fa­cha­da prin­ci­pal de nues­tra ca­te­dral, una fa­cha­da abier­ta a la ciu­dad des­de hace unos me­ses. Des­de ella, la Ma­dre del Se­ñor se con­ver­ti­rá to­da­vía más en un re­fe­ren­te para to­dos los hi­jos e hijas de Tor­to­sa.

La coin­ci­den­cia de la clau­su­ra del año ma­riano con la so­lem­ni­dad de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción, nos tie­ne que lle­var a re­fle­xio­nar so­bre lo más im­por­tan­te del año ju­bi­lar, que es, ante todo, un tiem­po de gra­cia, una lla­ma­da a la santidad. El Bea­to Pa­blo VI, en el Cre­do del Pue­blo de Dios, al pro­fe­sar la fe en la san­ti­dad de la Igle­sia, afir­ma que esta es san­ta por­que “no goza de otra vida que de la vida de la gra­cia” (nº 19). Lo más im­por­tan­te en to­das las iniciati­vas que em­pren­de­mos en ella no es lo que se ve, sino lo que no se ve: la san­ti­dad de sus miem­bros. Todo debe es­tar al ser­vi­cio de la gra­cia. Lo más im­por­tan­te es lo que acon­te­ce en la re­la­ción en­tre Dios y cada uno de no­so­tros, y eso que­da en el se­cre­to de lo que solo Dios pue­de ver.

A lo lar­go de este año, en dis­tin­tos es­cri­tos, les he in­vi­ta­do a con­tem­plar lo que San Juan Pa­blo II de­no­mi­nó la peregi­na­ción de fe de Ma­ría: el ca­mino que va des­de la Anun­cia­ción has­ta el Gól­go­ta y que al­can­za su meta go­zo­sa en la Pas­cua. En la me­di­ta­ción de los acon­te­ci­mien­tos de la vida de la Vir­gen ve­mos cómo la san­ti­dad ple­na que tie­ne por gra­cia des­de el pri­mer ins­tan­te de su exis­ten­cia, y que ce­le­bra­mos en esta so­lem­ni­dad de la In­ma­cu­la­da, se va des­ple­gan­do en las di­ver­sas cir­cuns­tan­cias de su vida. En ella ve­mos una san­ti­dad ple­na­men­te vi­vi­da y des­cu­bri­mos que la Igle­sia, en su miem­bro más emi­nen­te, es ple­na­men­te san­ta. La san­ti­dad de la Igle­sia no es úni­ca­men­te un deseo; es algo ya rea­li­za­do, por­que Ma­ría, ade­más de ser la Ma­dre del Se­ñor, es la pri­me­ra cre­yen­te y la pri­me­ra discí­pu­la de Cris­to.

Ma­ría ha he­cho vida el Evan­ge­lio de un modo pleno y per­fec­to. Y por­que ha se­gui­do to­tal­men­te a su Hijo, es el mode­lo más per­fec­to para to­dos los cris­tia­nos. No po­dre­mos al­can­zar la meta de la san­ti­dad más que mi­ran­do a María: ella nos mues­tra los ca­mi­nos para que po­da­mos po­ner en prác­ti­ca la Pa­la­bra. Ello im­pli­ca que si la de­vo­ción a la Ma­dre del Se­ñor no des­pier­ta en no­so­tros el de­seo de san­ti­dad, no es au­tén­ti­ca.

Por ello, al fi­na­li­zar este Año Ju­bi­lar, si que­re­mos eva­luar sus fru­tos, la pre­gun­ta que nos te­ne­mos que ha­cer es si esta ce­le­bra­ción ha acre­cen­ta­do en cada uno de no­so­tros el de­seo de ser san­tos, que no es otra cosa que el de­seo de pa­re­cer­nos cada día más a la Ma­dre del Se­ñor.

Con mi ben­di­ción y afec­to.

+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa

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