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Escuchar a Jesucristo

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Cardenal An­to­nio Ca­ñi­za­res

El Evan­ge­lio del se­gun­do do­min­go de Cua­res­ma nos lle­va has­ta el mon­te Ta­bor, al mo­men­to de la Trans­fi­gu­ra­ción. Mo­men­to úni­co en que Cris­to desea de­cir algo más so­bre sí mis­mo a aque­llos após­to­les ele­gi­dos y pre­fe­ri­dos, los mis­mos que le iban a acom­pa­ñar como tes­ti­gos des­pués en el huer­to de los Oli­vos, don­de co­mien­za su pa­sión. Allí, en el mon­te, el Se­ñor puso de manifiesto su glo­ria.

Ante la Pa­sión que se acer­ca, ante Get­se­ma­ní y el Cal­va­rio, y en tes­ti­mo­nio de la fu­tu­ra re­su­rrec­ción, oí­mos la voz del cie­lo que nos dice “Éste es mi Hijo, ele­gi­do, el pre­fe­ri­do, es­cu­chad­le”. Esa voz nos hace co­no­cer que en Él y por Él se en­cie­rra la nue­va y de­fi­ni­ti­va Alian­za de Dios con el hom­bre en Je­su­cris­to. La Alian­za se ha rea­li­za­do para que en Dios-Hijo los se­res hu­ma­nos se convirtiesen, se trans­for­ma­sen y tras­fi­gu­ra­sen en hi­jos de Dios. Cris­to nos ha dado el po­der de ve­nir a ser hi­jos de Dios, sin mi­rar a la raza, na­cio­na­li­dad, len­gua, con­di­ción hu­ma­na. Cris­to re­ve­la a cada uno de los hom­bres la dig­ni­dad de hijo adop­ti­vo de Dios, dig­ni­dad a la cual está uni­da su vo­ca­ción su­pre­ma: te­rres­tre y eter­na.

Aquí, en el Ta­bor, en el Hijo muy ama­do del Dios vivo, se está fun­da­men­tan­do nues­tra es­pe­ran­za, por­que ahí se ma­ni­fies­ta ya lo que es­ta­mos lla­ma­dos a ser, lo que so­mos: ciu­da­da­nos del cie­lo, de don­de aguar­da­mos a nues­tro Sal­va­dor Je­su­cris­to. Aquí, en Cris­to, trans­fi­gu­ra­do y lleno de glo­ria, la Igle­sia san­ta, cuer­po de Cris­to en su to­ta­li­dad, pue­de com­pren­der cuál ha de ser su transformación, y así sus miem­bros pue­den con­tar con la pro­me­sa de aque­lla par­ti­ci­pa­ción en aquel ho­nor que bri­lla­ba de an­te­mano en la Ca­be­za.

Aquí ve­mos la glo­ria de Dios que se re­ve­la de ma­ne­ra de­fi­ni­ti­va en la ele­va­ción de la Cruz. La glo­ria de Dios es la cruz de Cris­to, la glo­ria de Dios es su amor dado todo y has­ta el ex­tre­mo en el vacia­mien­to to­tal de sí en la en­tre­ga de la Cruz, la glo­ria de Dios es ese amor sin me­di­da que lo lle­na todo has­ta el abis­mo de la mi­se­ria, de la in­jus­ti­cia, de la muer­te. La glo­ria de Dios es su Hijo veni­do en car­ne, es su Hijo dán­do­se todo en­te­ra­men­te para que el hom­bre viva; la re­ve­la­ción de esta glo­ria nos mues­tra en Cris­to, el Hijo úni­co y pre­fe­ri­do del Pa­dre, que Dios es amor. En esto vemos el amor que Dios nos tie­ne: en que ha en­via­do su Hijo al mun­do para que ten­ga­mos vida, para en­tre­gar­lo por no­so­tros, para dar­lo a no­so­tros y, en Él, dar­se a no­so­tros sin me­di­da. En Él, Dios nos lo ha dado todo, se nos ha dado Él mis­mo en­te­ra­men­te. No pue­de ha­ber ma­yor amor. Esta es nues­tra ver­da­de­ra es­pe­ran­za. ¿Quién po­drá apar­tar­nos del amor de Dios ma­ni­fes­ta­do en Cris­to, a quien ha he­cho pro­pi­cia­ción por nues­tros pe­ca­dos, que ha car­ga­do so­bre sí nues­tras pro­pias mi­se­rias? ¿Cómo no nos dará todo con Él? Oi­ga­mos por ello la voz que nos dice “Este es mi Hijo ama­do, el pre­fe­ri­do, es­cu­chad­le”. Dios nos ha dado su gra­cia por me­dio de Je­su­cris­to. Él es el cen­tro y sen­ti­do úl­ti­mo de la his­to­ria. En la es­ce­na de la Trans­fi­gu­ra­ción Dios se nos re­ve­la como cen­tro de la his­to­ria.

Es­cu­che­mos la voz del Se­ñor. Es­cu­che­mos al Hijo cru­ci­fi­ca­do, su pa­la­bra úni­ca en la que Dios nos lo dice todo. No le ce­rre­mos nues­tro co­ra­zón como “mu­chos que an­dan como enemi­gos de la cruz de Cris­to”. En esta ge­ne­ra­ción, en esta épo­ca his­tó­ri­ca, en este mo­men­to de los hom­bres, en que pa­re­ce que sólo se as­pi­re al dis­fru­te y al bie­nes­tar a toda cos­ta y sólo se viva para las co­sas de aquí aba­jo, en este tiem­po en que cre­ce una cier­ta hos­ti­li­dad ha­cia la cruz de Cris­to y una in­di­fe­ren­cia ha­cia el Evan­ge­lio del amor que bro­ta de esa cruz, es­cu­che­mos a Cris­to, que con su per­so­na y su obra, con sus pa­la­bras y sus ges­tos nos está di­cien­do que Dios es amor y quie­re que el hom­bre viva, que el amor suyo sus­ten­te y vi­vi­fi­que todo.

¿Qué sig­ni­fi­ca es­cu­char a Cris­to? Es una pre­gun­ta que no pue­de de­jar de plan­tear­se un cris­tiano. ¿Qué sig­ni­fi­ca es­cu­char a Cris­to? Toda la Igle­sia, cada uno de los cris­tia­nos, de­be­mos dar siem­pre una res­pues­ta a esta pre­gun­ta en las di­men­sio­nes y con­di­cio­nes so­cia­les, eco­nó­mi­cas y po­lí­ti­cas que cam­bian. De­be­mos dar esa res­pues­ta au­tén­ti­ca si no que­re­mos co­rrer el ries­go de te­ner como dios otras co­sas y de com­por­tar­nos como enemi­gos de la Cruz de Cris­to. La res­pues­ta debe ser au­tén­ti­ca y sin­ce­ra. Es­cu­char a Cris­to en quien he­mos co­no­ci­do el amor que es Dios. Es­cu­char a Cristo en quien ve­mos y pal­pa­mos que Dios no ha per­ma­ne­ci­do in­di­fe­ren­te a la suer­te del hom­bre por­que Dios ver­da­de­ro de Dios ver­da­de­ro, Cris­to, ha dado su vida por no­so­tros. Es­cu­char a Cristo que ha des­cen­di­do a nues­tra po­bre­za y nues­tra me­nes­te­ro­si­dad, que ha en­tre­ga­do su pro­pia vida, que ha ve­ni­do a sa­nar a los en­fer­mos y traer con­sue­lo a los co­ra­zo­nes des­ga­rra­dos y afligidos. Es­cu­char a Cris­to que se ha iden­ti­fi­ca­do con los po­bres, con los que su­fren, con los que pa­san ham­bre y sed, con los que no tie­nen te­cho o es­tán pri­va­dos de li­ber­tad. Es­cu­char a Cris­to que, como el buen sa­ma­ri­tano, se acer­ca al hom­bre caí­do, mal­he­ri­do, mar­gi­na­do, ti­ra­do en la cu­ne­ta, ol­vi­da­do de los hom­bres, para cu­rar­lo y lle­var­lo don­de hay ca­lor y co­bi­jo de ho­gar. Es­cu­char a Cris­to que nos ha ma­ni­fes­ta­do y di­cho que Dios es amor, y que quien per­ma­ne­ce en el amor per­ma­ne­ce en Dios, en su glo­ria. Es­cu­char a Cris­to para ser­vir­le orien­tan­do al mun­do ha­cia el Reino defi­ni­ti­vo de su Sal­va­dor.

Es la glo­ria que tam­bién ve­mos y pal­pa­mos en la Eu­ca­ris­tía: en el cuer­po de Cris­to en­tre­ga­do por no­so­tros, en el me­mo­rial de la Cruz pa­de­ci­da por nues­tra sal­va­ción, prue­ba y arras del amor de Dios has­ta el ex­tre­mo, en la san­gre de­rra­ma­da por Cris­to para nues­tra re­con­ci­lia­ción y como se­llo de la nue­va y de­fi­ni­ti­va alian­za de Dios con el hom­bre. Que nues­tra res­pues­ta sea de ver­dad la que bro­ta de lo que es­ta­mos vien­do y pal­pan­do, es­cu­chan­do y aco­gien­do aquí, en el me­mo­rial de la Pas­cua del Se­ñor y nues­tra pas­cua, an­ti­ci­pa­da ya en la Trans­fi­gu­ra­ción.

+ An­to­nio Ca­ñi­za­res Llo­ve­ra
Car­de­nal Ar­zo­bis­po de Va­len­cia

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