Oración preparatoria
Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.
Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.
Amén.
Oración al Corazón de Jesús Reparador
Corazón de mi Jesús, hoy deseo detenerme ante una palabra que durante generaciones fue familiar para tantos cristianos y que hoy se comprende menos: reparación. A primera vista podría parecer una palabra triste, como si la vida cristiana consistiera en permanecer mirando continuamente el pecado, la ingratitud o las heridas del mundo. Pero cuando se contempla desde la luz de Tu Evangelio, la reparación adquiere un significado muy distinto. No nace de la tristeza, sino del amor. No brota de una espiritualidad sombría, sino de la lógica misma de un corazón que ha descubierto cuánto ha sido amado.
Quien ama de verdad no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de la persona amada. Cuando alguien contempla Tu Pasión, cuando considera la indiferencia con que tantas veces eres tratado, cuando ve cómo tantos hombres viven como si Tu Encarnación, Tu Cruz, Tu presencia en la Santa Misa carecieran de importancia, surge espontáneamente el deseo de ofrecerte algo más que admiración. Nace el deseo de acompañarte. La reparación consiste precisamente en eso: en hacer compañía al Amor.
Pienso en aquellas horas de Getsemaní, cuando buscabas entre Tus discípulos una mínima participación en Tu agonía. No les pediste que resolvieran los problemas del mundo ni que comprendieran todos los misterios de la redención. Solamente preguntaste si podían velar contigo una hora. Aquella petición sigue resonando a través de los siglos con una delicadeza conmovedora. El Salvador del mundo, que sostiene las galaxias con Su poder, quiso mendigar el consuelo de la amistad humana. Hay en ello un misterio que sobrecoge.
Tú no necesitas nada de nosotros para ser infinitamente feliz en el seno de la Trinidad. Sin embargo, has querido tomarnos tan en serio que aceptas nuestras muestras de amor y permites que tengan un valor real ante Tu Corazón. Has querido que nuestras oraciones, nuestros sacrificios ocultos, nuestras adoraciones silenciosas y nuestras pequeñas renuncias se conviertan en una respuesta al exceso de amor que brota de Ti.
Por eso la reparación no es una carga añadida a la vida cristiana: es una consecuencia natural del amor. Del mismo modo que una madre permanece despierta junto a la cama de un hijo enfermo sin considerar aquello una obligación pesada, también el alma que ama busca espontáneamente maneras de consolar el Corazón de Cristo.
Cuántas veces, sin embargo, mi amor resulta superficial. Me conmuevo ante una imagen del Crucificado y poco después vuelvo a ocuparme exclusivamente de mí mismo. Escucho hablar de Tu entrega y continúo defendiendo con tenacidad mis pequeñas comodidades. Me emociona pensar en Tu generosidad y sigo calculando cuidadosamente cuánto estoy dispuesto a dar.
Frente a esa pobreza de mi respuesta, Tu Corazón sigue mostrándome una paciencia que no se agota. No exiges gestos extraordinarios. Te contentas muchas veces con cosas pequeñas: una visita al Santísimo cuando habría preferido regresar directamente a casa; una palabra amable cuando sería más fácil guardar silencio; una contrariedad aceptada serenamente; una oración hecha con fidelidad en medio del cansancio; una obra buena realizada sin esperar reconocimiento.
La verdadera reparación suele tener dimensiones humildes: se parece más al perfume derramado por María de Betania que a las grandes empresas humanas. Casi siempre permanece oculta, apenas deja huella visible, sin embargo, posee una fecundidad misteriosa porque entra en la corriente misma del amor redentor.
Mientras el mundo busca continuamente lo espectacular, Tú sigues concediendo una importancia inmensa a aquello que nace de un corazón sincero. Un vaso de agua dado por amor, una limosna discreta, una genuflexión hecha con recogimiento, un acto de paciencia ofrecido en silencio, pueden adquirir un valor inmenso cuando se unen a Tu sacrificio.
Quisiera aprender esa ciencia escondida de los santos. Ellos comprendieron que la santidad no consiste tanto en realizar acciones extraordinarias cuanto en realizar con extraordinario amor las cosas ordinarias. Descubrieron que el modo más eficaz de reparar las heridas del mundo era dejar que Tu amor transformara primero sus propios corazones.
Por eso no vengo hoy a ofrecerte grandes promesas. Conozco demasiado bien mi fragilidad. Prefiero pedirte algo más sencillo y más profundo: que me enseñes a amar. Si el amor crece, la reparación vendrá por sí misma. Si el amor se debilita, incluso los sacrificios más llamativos terminarán vaciándose de contenido.
Haz que mi vida se convierta poco a poco en una respuesta agradecida a Tu amistad. Que cada jornada, con sus alegrías y sus dificultades, pueda ser ofrecida como una humilde compañía al Corazón que nunca ha dejado de amar a los hombres. Y cuando llegue el momento de presentarme ante Ti, permita Tu misericordia que encuentre abiertas las puertas de aquel Corazón donde tantas generaciones de pecadores, de santos y de almas sencillas han encontrado refugio.
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
Oración al Inmaculado Corazón de María
Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.
Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.
Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.
Amén.