San Pelayo, el niño polarizado que no supo apreciar la complejidad

San Pelayo, el niño polarizado que no supo apreciar la complejidad

Tomemos al Papa por la palabra. Si la Córdoba del islam fue, como nos enseñó hoy ante el Rey, aquel «espacio de contacto, conversación y diálogo sobre el sentido de la verdad», hagamos turismo por esa concordia. Pongamos el almanaque en el año 925 y bajemos al Guadalquivir, río que pronto será, según el relato oficial, escenario de un fecundo intercambio cultural.

El decorado es el que promete el folleto. Abderramán III —aún emir, ya casi califa, espléndido en cualquier caso— preside la ciudad más culta de Occidente. Habrá bibliotecas, astrónomos, acequias, versos. Todo lo que el catequista de la diversidad recita de memoria. Y en medio de tanta luz, un pequeño contratiempo logístico: un niño cristiano de trece años, retenido en la corte como prenda por un tío obispo capturado en batalla. Se llama Pelayo. Lleva tres años de rehén. Y, ay, el muchacho tiene un problema de actitud.

Porque Pelayo polariza. Se le invita amablemente a integrarse en la rica complejidad del califato —a apostatar, dicho en el lenguaje crudo y simplificador de entonces— y el chico se niega. Se aferra, con un identitarismo impropio de su edad, a su fe y a su cuerpo. No aprecia los matices. No abandona las narrativas divisivas. Donde un alma abierta vería una oportunidad de encuentro intercultural, él insiste en ver, qué primitivo, un enemigo. Puebla su pequeño mundo de fantasmas. Es, en una palabra, un fanático de diez siglos antes de que la palabra estuviera de moda.

Y aquí es donde la historia de España se torció por falta del mediador adecuado. Imaginemos que en aquel patio cordobés hubiera aparecido, providencial, un señor de buen porte y latín cuidado —llamémoslo Bob, por poner algo— dispuesto a poner paz. Habría puesto al niño una mano en el hombro y le habría susurrado lo razonable.

Pelayo, hijo, no seas divisivo. Por amor a la verdad, abandona esas narrativas polarizantes. Huye de los enfoques identitarios que lo explican todo pero te llenan la cabeza de enemigos. El emir solo quiere dialogar contigo sobre el sentido de la verdad, y saborear tus néctares. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Pasa de la simplificación estéril a la apreciación fecunda de la complejidad. Que no te ilusione la seguridad de los muros: madura uno avanzando codo con codo con el otro. Sé tú mismo paz.

El niño, terco, polarizó hasta el final. La crónica —la Passio que escribió el presbítero Raguel— cuenta lo que la concordia hizo entonces con quien no apreciaba la complejidad: lo descuartizaron con tenazas, miembro a miembro, y arrojaron los pedazos al río. Al Guadalquivir, claro. Ese espacio de contacto y diálogo. Hubo, hay que decirlo en honor a la verdad histórica, contacto. Y conversación previa. Solo que las actas las redactó el verdugo.

A Pelayo lo hicieron santo. Patrón, andando el tiempo, de medio norte cristiano, cantado en latín hasta por una monja sajona que se enteró del caso a mil kilómetros y varias fronteras de distancia. Su delito, recordémoslo, fue no llevarse bien. No tender puentes. No entender que el poder que lo tenía en su mano solo aspiraba a una sana convivencia. Si en lugar de la palma del martirio le hubieran dado un buen consejero de los de ahora, hoy tendríamos un converso más y un santo menos, y la diversidad cordobesa lo exhibiría como caso de éxito en integración.

El equidistante, tigre o León, llega siempre puntual a sermonear a la víctima y jamás al verdugo. Tiene una palabra para el niño que se resiste —no polarices— y ni una sílaba para el poder que afila las tenazas, salvo, acaso, un agradecimiento por su fidelidad al multilateralismo. Por eso uno, mientras León nos invita a alzar la mirada hacia la concordia de Toledo y de Córdoba, prefiere bajarla un palmo, hasta el agua, y rezarle a un crío de trece años que tuvo el pésimo gusto de no entender la complejidad. San Pelayo, mártir, divisivo, identitario, patrón de los que no se llevaron bien: ruega por nosotros. Y, ya puestos, por su Santidad.

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