En su homilía de Pentecostés pronunciada este domingo en la basílica de San Pedro, León XIV presentó una fuerte llamada a la unidad de la Iglesia fundada en la verdad, advirtiendo contra las “facciones”, las “hipocresías” y las “modas” que, según dijo, oscurecen la luz del Evangelio. Ante los fieles reunidos en el Vaticano, el Papa vinculó la acción del Espíritu Santo con la misión evangelizadora de la Iglesia y defendió que la verdadera renovación cristiana no nace de los cambios ideológicos o culturales, sino de la fidelidad a Cristo y a la verdad revelada.
El Pontífice insistió además en que la Iglesia no puede reducirse a una realidad puramente humana o sociológica, sino que vive de la acción permanente del Espíritu Santo en los sacramentos, la misión y la comunión eclesial. En uno de los pasajes más significativos de la homilía, León XIV alertó contra aquellos cambios que “no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencias”, contraponiéndolos a la obra del Espíritu, que transforma la historia desde dentro y conduce a la salvación. También pidió rezar para que la humanidad sea liberada “del mal de la guerra” y de la miseria espiritual provocada por el pecado.
Dejamos a continuación la homilía completa de León XIV:
Queridos hermanos y hermanas:
El tiempo de Pascua llega hoy a su culminación, en la solemnidad de Pentecostés. Para evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos lleva nuevamente al “primer día de la semana” (cf. Jn 20,19), es decir, a aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos mostrándoles «sus manos y su costado» (v. 20). El Señor revela su cuerpo glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre.
Al ver al Señor, también los discípulos vuelven a vivir: se habían sepultado en el cenáculo llenos de miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegría. Él pasa a través de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ahí donde para nosotros ya no había una salida. Cristo, a este gesto, une la palabra: «¡La paz esté con ustedes!» (v. 19); e inmediatamente después sopla sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo. El Resucitado está lleno de vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna, Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de Cristo, que por gracia somos nosotros.
Celebrando este misterio, quisiera detenerme en tres aspectos.
En primer lugar, el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y a la humanidad, y el Espíritu Santo infunde la paz en los corazones y la difunde en el mundo. Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y crucificado. Sorprendiéndonos con su amor, precisamente Él, el resucitado, dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (Jn 20,23). Con estas palabras Jesús nos confía una obra divina, porque sólo Dios puede perdonar los pecados (cf. Mc 2,7). Esta autoridad viene dada bajo el signo de una reconciliación universal: el Señor infunde el Espíritu de la paz desde el comienzo hasta el final de la historia, porque no excluye a nadie Aquel que ha redimido a todos de la muerte. El Espíritu Santo, en efecto, es Señor y dador de vida desde el inicio de la creación, cuando aleteaba sobre las aguas (cf. Gn 1,2), y ahora, en su rescate, cambia la historia del mundo; realmente Pentecostés se realiza como fiesta del nuevo Pacto, es decir, de la alianza entre Dios y todos los pueblos de la tierra. Mientras el fragor del cielo, el viento y las lenguas de fuego en el cenáculo recuerdan los antiguos signos del Sinaí (cf. Hch 2,2-3; Ex 19,16-19), la santa ley de Dios se inscribe en nuestros corazones, grabada por el Espíritu con caracteres de amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia.
Esta ley es el código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos recuerda en cada latido del corazón. Con nuestro corazón podemos, por tanto, invocar: “Veni Sancte Spiritus”, porque Él ya nos ha sido dado. Podemos desearlo, porque ya nos ha sido prometido. Podemos acogerlo, porque Él mismo es dulce huésped del alma.
Un segundo aspecto: el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la misión: «Como el Padre me envió a mí», dice el Señor, «yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21). Somos así partícipes en la misión de Jesús; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder del Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y glorificado, único Dios. El Espíritu Santo es la caridad viviente de Cristo que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misión (cf. 2 Co 5,14). El mismo Espíritu, mientras da a los apóstoles el poder de expresarse en la variedad de las lenguas (cf. Hch 2,4), enseña a la humanidad la palabra de la salvación. Ahora que los apóstoles han recibido el soplo del Resucitado dentro de sí, este anuncio viene de sus bocas, tiene la voz de Pedro y de cuantos están con él. Justo en el día de Pentecostés los apóstoles comienzan a anunciar a Jesús, crucificado y resucitado; las «maravillas de Dios» (Hch 2,11) se resumen todas en la redención, que empieza con la fe. De hecho, la primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos: «Jesús es el Señor» (1 Co 12,3). Esta fe vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo, invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados a testimoniarla por doquier.
Queridos hermanos, realmente somos partícipes del Evangelio; toda la Iglesia es protagonista, no sólo guardiana. Con la fuerza del Espíritu, nuestro anuncio se ve colmado de alegría y de esperanza, porque nosotros, precisamente nosotros, somos la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14). Ciertamente, no por nuestros méritos, ni por privilegio, sino por la palabra del Señor, que santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha renegado de él en un apóstol. Por una parte —lo vemos bien—, hay cambios que no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia. Por otra parte, en cambio, el Espíritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones nuevas energías de vida. Así transfigura la historia abriéndola a la salvación, es decir, al don que el único Señor comparte con todos. La misión de la Iglesia confirma ese compartir, transformando la confusión del mundo en comunión con Dios y entre nosotros.
Esta misión comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el Espíritu del Resucitado es el «Espíritu de la verdad» (Jn 14,17). El Señor mismo nos lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor de Dios, fuente de nuestro amor. El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida. Como enseña san Agustín, el don de lenguas que se comprenden en la única fe, «el Espíritu Santo […] quiso que fuera una prueba de su presencia» (Sermón 269,1). El Paráclito nos defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios, de las hipocresías y de las modas que apagan la luz del Evangelio. La verdad que Dios nos da sigue siendo así palabra liberadora para todos los pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro.
El Espíritu del Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios. Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común» (1 Co 12,7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor.
Queridos hermanos, con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros, hoy y siempre, por intercesión de María, Madre de la Iglesia.