La muerte de San José

Secretos de la Biblia
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Hoy les ofrecemos este extracto del libro «Secretos de la Biblia» de Ana Catalina Emmerick. Cuando Mel Gibson estrenó ‘La Pasión de Cristo’, multitud de detalles sorprendieron al gran público, aunque no así a los que ya habían leído la obra de Ana Catalina Emmerick, una mística alemana del Siglo XIX que describió con la precisión de un testigo presencial la pasión y muerte de Jesús, y cuyo relato sirvió de guion al director australiano.

Pero las visiones de Ana Catalina no se detienen en el Calvario, en realidad abarcan casi toda la Historia Sagrada. ¿Era Job el tatarabuelo de Abraham y vivía en el Mar Negro? ¿Se salvó Abraham de una matanza de bebés, escondido en la misma gruta en la que se refugió la Sagrada Familia durante la persecución de Herodes? ¿Cómo quiso vengarse Esaú de Jacob, tras robarle este la primogenitura? ¿De quién eran los huesos que José llevaba colgados del cuello? En las páginas de este volumen se encuentran respuestas que cambiarán para siempre la manera de leer las Sagradas Escrituras.

La muerte de San José:

Cuando Jesús se acercaba a los treinta años, José se iba debilitando cada vez más, y vi a Jesús y a María muchas veces con él. María se sentaba a menudo en el suelo, delante de su lecho, o en una tarima redonda baja, de tres pies, de la cual se servía en algunas ocasiones como mesa. Los vi comer pocas veces: cuando traían una refección a José a su lecho era esta de tres rebanadas blancas como de dos dedos de largo, cuadradas, puestas en un plato o bien pequeñas frutas en una taza. Le daban de beber en una especie de ánfora. Cuando José murió, estaba María sentada a la cabecera de la cama y le tenía en brazos, mientras Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento lleno de resplandor y de ángeles. José, cruzadas las manos en el pecho, fue envuelto en lienzos blancos, colocado en un cajón estrecho y depositado en la hermosa caverna sepulcral que un buen hombre le había regalado. Fuera de Jesús y María, unas pocas personas acompañaron el ataúd, que vi, en cambio, entre resplandores y ángeles.

Hubo José de morir antes que Jesús, pues no hubiera podido sufrir la crucifixión del Señor: era demasiado débil y amante. Padecimientos grandes fueron ya para él las persecuciones que entre los veinte y treinta años tuvo que soportar el Salvador, por toda suerte de maquinaciones de parte de los judíos, los cuales no lo podían sufrir: decían que el hijo del carpintero quería saberlo todo mejor y estaban llenos de envidia, porque impugnaba muchas veces la doctrina de los fariseos y tenía siempre en torno de sí a numerosos jóvenes que le seguían. María sufrió infinitamente con estas persecuciones. A mí siempre me parecieron mayores estas penas que los martirios efectivos. Indescriptible es el amor con que Jesús soportó en su juventud las persecuciones y los ardides de los judíos. Como iba con sus seguidores a la fiesta de Jerusalén, y solía pasear con ellos, los fariseos de Nazaret lo llamaban vagabundo. Muchos de estos seguidores de Cristo no perseveraban y le abandonaban.

Después de la muerte de José, se trasladaron Jesús y María a un pueblecito de pocas casas entre Cafarnaúm y Betsaida, donde un hombre de nombre Leví, de Cafarnaúm, que amaba a la Sagrada Familia, le dio a Jesús una casita para habitar, situada en lugar apartado y rodeada de un estanque de agua. Vivían allí mismo algunos servidores de Leví para atender los quehaceres domésticos; la comida la traían de la casa de Leví. A este pueblecito se retiró también el padre del apóstol Pedro cuando entregó a este su negocio de pesca en Betsaida. Jesús tenía entonces algunos adeptos de Nazaret, pero se apartaban con facilidad de Él. Jesús ya iba con ellos alrededor del lago y a Jerusalén a las fiestas del templo. La familia de Lázaro, de Betania, ya era conocida de la Sagrada Familia. Leví le había entregado esa casa para que Jesús pudiera refugiarse allí con sus discípulos sin ser molestado. Había entonces en torno del lago de Cafarnaúm una comarca muy fértil, con hermosos valles, y he visto que recogían allí varias cosechas al año: el aspecto era hermoso por el verdor, las flores y las frutas. Por eso muchos judíos nobles tenían allí sus casas de recreo, sus castillos y sus jardines; también Herodes tenía una residencia. Los judíos del tiempo del Señor no eran como los judíos de otros tiempos; estos, a causa del comercio con los paganos, estaban muy pervertidos. A las mujeres no se las veía de ordinario en público ni en los campos, a no ser las muy pobres que recogían las espigas de trigo. Se las veía, en cambio, en peregrinaciones a Jerusalén, y en otros lugares de oración.

El comercio y la agricultura se hacían principalmente por medio de los esclavos y sirvientes. He visto todas las ciudades de Galilea, y allí donde ahora veo apenas dos o tres aldeas entonces un centenar estaba lleno de gente en movimiento. María Cleofás, que con su tercer marido, padre de Simeón de Jerusalén, vivía hasta ahora en la casa de Ana, cerca de Nazaret, al dejar María y José su casa de Nazaret se trasladó a esa casa con su hijo Simeón, mientras sus criados y parientes quedaban en la de Ana. Cuando en este tiempo Jesús se dirigió desde Cafarnaúm, a través de Nazaret, hacia Hebrón, fue acompañado por María hasta Nazaret, donde quedó esperando su vuelta. María solía acompañar a su Hijo con mucho cariño en estos cortos viajes. Acudieron allí José Barsabas, hijo de María Cleofás y de su segundo marido Sabas, y otros tres hijos de su primer marido Alfeo: Simón, Santiago el Menor y Tadeo, los cuales ejercían oficios fuera de casa. Todos iban para consolarse con la vista de María y consolarla de la muerte de José, y para ver de nuevo a Jesús, a quien no habían vuelto a ver desde su infancia. Habían oído comentar las palabras de Simeón en el templo y la profecía de Ana en ocasión de la Presentación de Jesús en el templo; pero apenas si las creían y por esto se unieron a Juan el Bautista, que había hecho su aparición en esos lugares.

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Este fragmento ha sido extraído del libro Secretos de la Biblia (2018) del Ana Catalina Emmerick, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

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