La formación sacerdotal

Guerra don Manuel
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Hoy les ofrecemos este extracto del libro La guerra de don Manuede Manuel Guerra Gómez. Su trayectoria académica y docente merece un capítulo aparte, pero tampoco creo que a esa faceta le conceda más importancia, pero sí que le he visto entusiasmarse con otras cosas: por ejemplo, hablando de arte, enseñándonos detenidamente la Cartuja de Miraflores; pero, sobre todo, de Dios, de sus atributos, de su Misericordia, del Evangelio. Al margen de lo que ha investigado, escrito o divulgado a lo largo del tiempo; por encima de cualquier otra cosa, es un sacerdote, y así queda reflejado en esta biografía en forma de entrevista que ha escrito junto a Gabriel Ariza. Feliz por haber seguido su vocación; plenamente consciente de que todo lo demás queda supeditado a su ministerio.

La formación sacerdotal

P: En nuestros días se da mucha importancia a la afectividad. ¿Cómo fue su formación en el seminario en ese sentido?

R: La racionalidad es la nota definitoria del hombre al menos desde Aristóteles (siglo IV a. C.). Pero el hombre, además de pensar, siente y, en nuestros días, la emotividad (el irracionalismo, también el religioso; lo emocional, las experiencias) constituye el núcleo de la posverdad de tanta actualidad. El amor y la sexualidad son como dos trechos del mismo camino que conduce a la unión totalizadora de dos personas y, en su máxima sublimación, a la unión -mística o no- de uno con lo divino. Si se prefiere, son como las raíces y las flores de la misma planta. El amor -las flores- supone la sexualidad -las raíces-y la incluye sublimándola, lo cual no ocurre necesariamente al revés.

En el seminario menor (cursos correspondientes generalmente a la pubertad y adolescencia) recibimos una formación excelente de la voluntad (esfuerzo, disciplina) que calificaría de diez (10). La formación intelectual (Latín y Humanidades) fue buena, notable, merecedora de un siete-ocho (7-8). En cambio, la formación de la afectividad fue deficiente, por no decir prácticamente nula. ¿Pero, cuál es la mejor: la deficiente de entonces o la desmesurada y desenfrenada de ahora cuando, desde la más tierna infancia, se manosea lo sexual en todas sus manifestaciones y se enseña no solo cómo son, sino también cómo funcionan, ¿incluso en colegio mixtos?

La afectividad, incluso en su vertiente sexual, en cuanto profana, no está desligada de Dios y de su proyecto. Cuando lo profano se desvincula de su Creador, deja de ser medio para convertirse en fin obsesivo, en una especie de droga que cada vez exige más, esclaviza más. Entonces, no solo es una realidad “profana”, sino que queda “profanada”. Uno de los “trabajos de seminario”, que tuve que elaborar en Salamanca, versó sobre una veintena de versos de un Idilio de Teócrito (siglo III a. C.). Entonces aprendí que en el Siglo de Oro de los pueblos (Grecia, Roma, España) las manifestaciones de la afectividad y del amor son visuales (miradas, una glosa de Hesiquio llama “nostalgia de los ojos” al mal de amor, etc.); táctiles (tocamientos, besos, abrazos), en las de decadencia. En los documentos conocidos de la literatura griega el beso aparece por vez primera en Teócrito (Idyll 23, 40-41) cuando pide a su amante que, si no antes, al menos se lo dé en los labios de su cuerpo ya cadáver.

El sacerdote, como cualquier otra persona, tiene un solo “corazón” y con él ama a Dios, a Jesucristo, y al prójimo. Reconozco que también yo amo así a mujeres y a hombres, pero que no amo igual, con la misma sensibilidad e intensidad a todos ni a todas. Pienso que así, con la gracia de Dios y nuestra ascesis, se logra la madurez humana, necesaria para la auténtica vida y espiritualidad tanto célibe como matrimonial, y que esta madurez o adultez se hermana con la infancia espiritual o el abandono pleno en los brazos y junto al corazón de Dios nuestro Padre.

Aprovecho esta oportunidad para dar las gracias a cuantos me quieren, me estiman y ayudan (en el pasado, presente y futuro), también a los de los rostros de la proyección de diapositivas faciales, de la que hablo a continuación. Pido perdón a cuantos haya causado algún daño.

P: En el seminario menor hubo una cierta frialdad afectiva, ¿también climática?

R: La frialdad afectiva fue solo relativa. Solemos olvidar que, entonces como ahora, las circunstancias socioculturales cambian, pero los sujetos son los mismos, a saber, adolescentes, jóvenes y hombres con idéntica o similar exigencia de amar, de sufrir, gozar, ilusionarse, etc. Durante la estancia en el seminario, hubo un clima de verdadera piedad, estudio y superación, si bien las condiciones técnicas eran muy inferiores a las actuales, por ejemplo, no había calefacción.

El tópico, pero real “fresco” y “frío” burgalés se hacía sentir hasta en la resquebrajaduras de los dedos e incluso a veces de las orejas (sabañones). En el seminario menor no había lavabos de agua corriente. Para lavarse, cada uno tenía su palangana sobre un palanganero. Algunas mañanas de invierno había que romper el cristal del hielo que cubría el agua de la palangana. El calor humano de unos 50 jóvenes, que dormían en dormitorios corridos, había sido incapaz de superar los cero grados durante toda la noche.

Además, pasábamos verdadera hambre, que es el hambre de pan, no de pasteles ni de chucherías. Tuvimos que soportar el ignominioso bloqueo internacional, promovido por el comunismo soviético y apoyado por las democracias occidentales. Los de mi curso, en quinto de Latín y Humanidades, protagonizamos una revuelta anecdótica, pero inaudita. El general Franco fue nombrado Jefe de Estado el 1 de octubre de 1936 en el palacio-sede de la Capitanía General de Burgos. Para celebrar el décimo aniversario hubo una ceremonia y multitudinaria concentración en el mismo lugar el mismo día y mes del año 1946. Eran tiempos de la pretendida invasión de los llamados maquis, palabra francesa significativa de “matorral, arbusto”. Sirvió de nombre de los-en su mayoría- exiliados españoles en Francia, unos tres mil comunistas, que, a las órdenes sobre todo de Santiago Carrillo, penetraron en España por los Pirineos (Valle de Arán) con el proyecto de provocar la sublevación de la población especialmente en los años 1945-1947. La multitud, en la concentración del 1 de octubre de 1946, coreó el grito: “!Franco, Sí; maquis, No”.

A mis condiscípulos se nos ocurrió llamar “maquis” a los bichos de color negro azabache, escondidos en los garbanzos, y, por ello, duros como peñas. Parece normal que haya gorgojos en las lentejas, pero nunca he visto bichos en los garbanzos a no ser en aquel curso. A mediados de octubre, un día, poco después del comienzo del almuerzo, los del quinto curso, tras la señal convenida, gritamos durante bastante tiempo “Garbanzos, Sí; maquis, No!”, “¡Garbanzos, Si; maquis, No!”. ¡La que se armó! La expulsión del seminario sobrevoló amenazadora sobre casi todos los de quinto de Latín y Humanidades. De un modo incomprensible, uno, natural de una localidad próxima a Reinosa, que deseaba abandonar el seminario, se ofreció e hizo de chivo expiatorio.

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Este fragmento ha sido extraído del libro La guerra de don Manuel (2019) de Manuel Guerra Gómez, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

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