En el paraíso

La que Llora
|

InfoVaticana les ofrece algunos de los mejores extractos de los libros de la editorial Homo Legens. Puede comprar todos los libros en www.homolegens.com

Hoy les ofrecemos este extracto del libro La que llora, de León Bloy. En las páginas de La que llora, el afamado escritor católico Léon Bloy reflexiona sobre una de las apariciones marianas más enigmáticas y desconocidas de la historia de la Iglesia: la que tuvo lugar, ante dos humildes pastorcillos, a mediados del siglo XIX en la población alpina de La Salette.

En el paraíso

¡En el Paraíso! Antes de seguir adelante, ¿no convendría explorar de algún modo y en la medida de lo posible esa «región de paz y de luz», esa «sede ─esa capital─ refrescante del consuelo beatífico», ese paraíso terrenal en los cielos?

En este punto la indigencia de las palabras humanas es deplorable. Todo lo que no es cuerpo, espacio o duración es inexpresable, hasta el punto de que el mismo Verbo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, siempre habló usando parábolas y comparaciones. El destino del hombre es no poder arrancar su corazón del famoso lugar de voluptuosidad al que fue ignominiosamente expulsado al principio de los tiempos. Necesita que el Paraíso sea un lugar, un lugar muy alto o muy bajo y nos vemos obligados a decir, en el primer caso, que la Santísima Virgen bajó de allí para llorar en La Salette. Melania contó cómo era el paraíso infantil que había construido el 19 de septiembre con Maximino, poco antes de la aparición: una piedra ancha que habían cubierto de flores. Fue sobre aquel paraíso donde la hermosa Señora se sentó. La Reina del Paraíso de Enoc y del Buen Ladrón, que es ese incomprensible seno de Abrahán al que fue arrebatado el Doctor inmenso de las naciones para escuchar los irrelevantes Arcanos; esta Reina se siente atraída por la extrema puerilidad del paraíso de los pastorcillos. «Buscó por el mundo entero, decía Melania, y no halló nada más bajo. Se vio obligada a escogerme».

Está el Paraíso tan en el umbral del milagro de La Salette, y de tantas maneras, que resulta igual de imposible no hablar de él que decir una sola palabra válida. Sin duda el paraíso es la Hermosa Señora ella misma, pero eso es demasiado fácil. Tanto como proclamar la identidad de Dios con uno u otro de sus atributos. El fondo del Paraíso o de la idea de Paraíso es la progresiva unión con Dios desde la vida presente, es decir, la angustia infinita del corazón del hombre, hasta la unión con Dios en la vida futura, es decir, la beatitud. El cómo lo desconocemos totalmente y no lo podemos adivinar, pero podemos, hasta cierto punto, contentar el espíritu con la hipótesis harto plausible de una ascensión eterna, ascensión sin fin en la fe, la esperanza y el amor.

¡Inefable contradicción! Creeremos cada vez más, sabiendo que no comprenderemos jamás; esperaremos cada vez más, seguros de no llegar jamás; amaremos cada vez más lo que no puede poseerse jamás.

Por supuesto me expreso como un impotente. Secundum hominem dico. Ciertamente, la unión con Dios se ve realizada por los santos desde la vida presente, siendo consumada perfectamente inmediatamente después de su nacimiento a la otra vida, mas esto no les basta ni le basta a Dios. No es suficiente la unión más íntima; es menester la identificación, que nunca será completa, de modo que la beatitud solo puede concebirse o imaginarse como una ascensión cada vez más viva, más impetuosa, más fulgurante, no hacia Dios, sino en Dios, en la misma Esencia del Incircunscrito. ¡Huracán teologal sin tregua ni fin que la Iglesia, al hablar a los hombres, ha de llamar Requies aeterna!

La multitud desencadenada de los santos es comparable a un inmenso ejército de tempestades, precipitándose hacia Dios con una vehemencia capaz de arrancar las nebulosas y ello durante toda la eternidad… ¿Pueden utilizarse en este punto las ensoñaciones astronómicas? La inconcebible enormidad de los números encargados de significar las pavorosas hipérboles de la distancia o de la velocidad como mucho ayudaría a entrever la imposibilidad de comprender «lo que Dios ha preparado para los que le aman». Podríamos decir incluso, puesto que se trata de lo Infinito y Eterno, que debe haber una aceleración permanente de cada torrente análoga a la atronadora multiplicación de la gravedad de los cuerpos al caer. Idea plausible y fácil de presentar a los teóricos de la inmovilidad beatífica. Una mística paralizada fomentada por una imaginería harto abyecta representa a los santos en una actitud hierática promulgada por los institutos, bajo una aureola inmutable que ningún soplo moverá jamás y entre el oro o la plata de los utensilios de piedad que ni el óxido ni los gusanos corroerán. Pues tal es la idea del Paraíso y de la felicidad de los santos que pueden hacerse los católicos engendrados en el siglo pasado por los acéfales que se libraron de la guillotina.

Mas ¡cuán vanas y lamentablemente débiles son las analogía literarias o conjeturas metafísicas de un pobre escritor que se asoma a lo Insondable sin obtener siquiera la energía intuitiva necesaria para discernir, por un instante, a riesgos de morir de espanto, el vertiginoso abismo de la estupidez contemporánea!

Requiem aeternam dona eis, Domine, es decir: concede a estas almas, Señor, entrar en la batalla infinita en la que cada una de ellas, como una catarata invertida, te asedie eternamente.

Una querida alma piadosa preguntaba lo siguiente: ─En esa ascensión universal, ¿qué será de los mediocres, de los pobres hombres que, no habiendo hecho nada por Dios en este mundo, se hayan salvado, no obstante, por efecto de la unión inefable de la Justicia y de la Gloria? ¿Qué será de aquellos que, habiendo amado las cosas hermosas de la tierra, la poesía, el arte, la guerra, incluso la voluptuosidad, se encuentren de pronto frente al Absoluto con las manos vacías, sin haber preparado nada para su paso, mas aún salvados? So pena de inanición eterna, habrán de realizar, enseguida y absolutamente, todo lo que les falte y la Sabiduría provea. La Belleza convertida en buitre, arrebatará para devorarlos por siempre a aquellos que la hayan amado verdaderamente bajo cualquier apariencia.

¡Así será sin duda y más de un poeta se asombrará de haber sido, sin saberlo, tan amigo de Dios! Pero ¿habrá de ser confundido con los mediocres a causa de los mandamientos no observados? Este castigo sería enorme y su sola idea es monstruosa. La verdad, infinitamente probable, es que unos y otros se situarán ellos mismos en el nivel que les sea propio, con admirable discernimiento.

Y entonces será un firmamento de esplendores diferenciados, inimaginables. Los santos ascenderán hacia Dios como el rayo, multiplicado por sí mismo, a cada segundo, por los siglos de los siglos, acrecentándose continuamente su caridad al tiempo que su brillo; astros inefables a los que seguirán a enorme distancia aquellos que solo hayan conocido el Rostro de Jesucristo, ignorando su corazón. En cuanto a los otros, a los pobres cristianos llamados practicantes, observantes de la Letra fácil, mas no perversos y capaces de cierta generosidad, ¡seguirán a su vez, al no haberse perdido, a millares de cabalgadas de relámpagos, habiendo pagado previamente sus puestos a un precio inestimable, aun así felices ─infinitamente más de lo que pueda expresar el más rebuscado léxico de la felicidad─ y alegres precisamente por la gloria incomparable de sus mayores, alegres en profundidad y extensión, alegres como el Señor cuando acabó de crear el mundo!

Y todos, como ya he dicho, subirán juntos como una tempestad sin tregua, la tempestad venturosa del interminable final de los finales, una asunción de cataratas de amor, y ese será el Jardín de Voluptuosidad, el indefinible Paraíso del que hablan las Escrituras.

He recordado el Paraíso de Melania y Maximino. Este es el mío, tal cual. ¡Ojalá haga bajar hacia mí a la Virgen María, como el suyo!

***

Este fragmento ha sido extraído del libro La que llora (2020) de León Bloy, publicado por Bibliotheca Homo Legens.

Este título y muchos más pueden adquirirse a un precio especial como parte de las ventajas exclusivas del Club del Libro, un servicio de suscripción por el que podrá conseguir hasta veinticuatro libros del catálogo de Bibliotheca Homo Legens —valorados hasta en 500 euros— al año, sin gastos de envío. Puede encontrar más información en https://homolegens.com/club-del-libro/.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando

Comentarios
2 comentarios en “En el paraíso
  1. La Salette: Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del an-ticristo. La iglesia será eclipsada. Al principio, no van a saber quién es el verdadero Papa.
    Jesucristo a Matilde Oliva, con aprobación eclesiástica: Cuidado hija mia, porque estando vivo el Papa, nombrarán a otro. El primero será el verdadero, el segundo el falso.
    La Beata, Ana Catalina Enmerich: Ví una gran oposición entre dos papas. Vi entrar a muchas personas en una iglesia gris, y comían pan y vino Sin consagrar.
    Arzobispo Fulton Scheen: de la verdadera Iglesia surgirá la falsa iglesia del anti-cristo. (Cisma).
    Antonio Socci, en su libro “el cuarto secreto de Fátima”: “La apostasía alcanzará la cúspide de la iglesia”. (3º secreto). Benedicto XVI, envió a Socci una nota de agradecimiento por la publicación del libro.
    La Virgen en Garabandal dijo a la muerte del papa Juan XXIII: ya solo quedan cuatro papas y comienza el Fin de los Tiempos. 1º-Pablo VI-2º-JP I-3º-JP II. 4º-B-XVI. Abolición Eucarística y Cisma.

  2. La Iglesia no puede caer en la fe y el que así lo sostiene no es católico. En cuanto a la ascensión infinita de León Bloy, es una contradicción palmaria, porque implica movimiento, y el movimiento es para cuando aún no se ha alcanzado la meta, que es justamente la visión beatífica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles