Zuppi: «Las denuncias no prescriben, las examinaremos todas»

Zuppi: «Las denuncias no prescriben, las examinaremos todas»

(Lorenzo Bertocchi en Il Timone)-«Las víctimas, y la Iglesia también, merecen justicia, pero no justicialismo». El presidente de la Conferencia Episcopal italiana (CEI), el cardenal Matteo Zuppi, comenta el primer informe de la Iglesia italiana sobre los abusos.

«El dolor por el mal causado y por el escándalo está siempre presente: por el mal que sufrieron las víctimas y por el veneno de la desconfianza que el escándalo vierte sobre las relaciones entre las personas y hacia la Iglesia. Sin embargo, nos queda el camino que estas cifras pueden marcar para erradicar una obscenidad repugnante»; así comienza la conversación con el cardenal Matteo Maria Zuppi. presidente de los obispos italianos, pocos días después de la publicación del primer informe de la red territorial para la protección de menores y personas vulnerables en las diócesis italianas, sobre el fenómeno de los abusos perpetrados en la Iglesia. Estamos en diciembre y el arzobispo de Bolonia, pero romano de Roma, como se suele decir en la capital, que estuvo primero muchos años en el barrio de Trastevere y después en Torre Angela, en la periferia, accede sin filtros a responder a nuestras preguntas sobre un tema escabroso y resbaladizo al mismo tiempo.

Las cifras de un drama

El primer informe se presentó el 18 de noviembre en Roma, tal como se prometió al término de la asamblea de la CEI, en mayo. Desde luego, algunas tareas requieren más tiempo, pero el compromiso es no escapar a ninguna de las investigaciones iniciadas. Algunos han interpretado el hecho de que los resultados no fueran presentados por el presidente como un distanciamiento de la investigación: «En realidad no estaba previsto y responde a un aspecto técnico y profesional, por lo que era justo que lo explicara alguien que tiene toda la competencia para hacerlo y, sobre todo, para contestar a las preguntas con todo detalle, como debe ser. Desde luego, ¡no hemos intentado ocultarlo! La verdad es un bien, aunque sea dolorosa».

El dossier presentado analiza los años 2020-2021 y se refiere al trabajo de los servicios diocesanos establecidos tras la publicación de las Directrices de 2019. Las cifras hablan de 89 víctimas (61 menores), que denuncian casos de abusos -la mitad recientes, la otra mitad del pasado- llevados a cabo por 68 presuntos agresores. No se trata solo de sacerdotes (30) y religiosos (15), sino también de laicos (23), como profesores de religión, sacristanes, animadores de oratorio o de campamentos de verano, responsables de asociaciones, directores de oficinas de la curia, catequistas y presidentes de organizaciones sin ánimo de lucro. El siguiente paso, como ya anunció el propio Zuppi el pasado mes de mayo, poco después de ser elegido al frente de la Conferencia Episcopal italiana, será otro trabajo más amplio de recopilación y análisis de los datos que custodia el dicasterio para la Doctrina de la Fe «para los expedientes abiertos de 2000 a 2021»: los últimos veinte años, desde que todos los obispos del mundo están obligados a comunicar a la Santa Sede las denuncias que han recibido sobre abusos sexuales a menores cometidos por clérigos. El tratamiento de estos datos requiere más tiempo. Además, con los datos del primer informe, también se dio a conocer el número de expedientes, 613, con denuncias de abusos sexuales en la Iglesia, que podrían haber ocurrido varias décadas antes, enviados por las diócesis italianas al dicasterio vaticano en los últimos veinte años.

El drama de esta lacra, que se manifiesta en su horror en el seno de la Iglesia católica desde hace al menos veinte años, no admite excepciones. Porque en primer lugar están las víctimas y, después, los numerosos “pequeños”, por utilizar un término evangélico, cuya fe ha sido destruida por el despreciable escándalo suscitado por esta historia, que desgraciadamente corroe el mundo católico, desde Estados Unidos hasta Alemania, desde Francia hasta España, por citar solo algunos países en los que diversos informes han sacado a la luz abundantes cifras y casos en los últimos años. También surge, a veces, la sospecha de algún que otro prurito anticatólico, que impulsa al mundo mediático a meter a todos en el mismo saco y termina, de alguna manera, abusando por segunda vez, no solo de las víctimas, sino también de los muchos que, dentro de la Iglesia, intentan cada día ser auténticos testigos de caridad y esperanza. Las víctimas de todo esto son la justicia y la verdad. «El único consuelo en relación a estos primeros datos, por decirlo de alguna manera, es que lo que hemos puesto en marcha», explica Zuppi, comentando el primer informe italiano, «es decir, los Servicios de Protección de Menores y Personas Vulnerables, los Centros de Escucha y las Directrices, van en la dirección correcta, la de la prevención». Pero el mal permanece y no debe ocultarse. «Desgraciadamente son resultados dolorosamente esperados y desgraciadamente previstos», añade el cardenal, «aún así, en su dramatismo son una referencia muy importante porque son datos reales que deben dar lugar a ulteriores análisis y decisiones. El hecho positivo es que se trata de una imagen realista que ya no pertenece al género de las proyecciones o hipótesis de trabajo, sino que es un punto de partida concreto».

Seriedad de investigación y ningún compromiso

Hay quien, sin embargo, acusa a la Iglesia italiana de detener las investigaciones al año 2000, señalando el riesgo de que se siga ocultando, mientras que, como dice la investigación estadounidense, fue entre los años 70 y 90 cuando se produjeron la mayoría de los abusos. El cardenal Zuppi responde que «la elección de realizar un informe a partir del año 2000 es solo una cuestión de seriedad de investigación, porque para ese período es posible recoger datos de forma más precisa, mientras que retroceder en el tiempo resulta mucho más complejo para una reconstrucción exacta. Es a partir de principios de la década del 2000 cuando podemos contar con procedimientos que nos permiten tener una visión mucho más nítida; me parece un periodo relevante y válido a fin de evitar interpretaciones diferentes y equívocas». E inmediatamente después añade: «No obstante, me gustaría decir que todas las denuncias anteriores al año 2000 se toman en serio, evidentemente; por consiguiente, desde este punto de vista, no hay fecha límite para escuchar y hacer justicia: para nosotros no hay prescripción. No queremos eludir el juicio sobre esos años; repito, dondequiera que haya o hubiera denuncias, esas -y todas- son y serán escuchadas».

El cardenal no quiere dejar zonas opacas. «La primera preocupación», subraya, «es para las víctimas y la justicia, así que no hay compromisos ni encubrimientos. No hay que hacer justicialismo, que por el contrario es peligroso, porque es sumario y confunde el indispensable discernimiento con la opacidad. Hay que hacer justicia y haremos todo lo posible para que así sea. Esta es nuestra primera preocupación y solo así podremos reconstruir una relación de confianza».

El caso de las acusaciones formuladas contra Benedicto XVI -de las que habla con valiente y ejemplar honestidad personal, pero también subrayando que «no soy un mentiroso» y manteniendo la voluntad de aclarar- no oscurece en absoluto el hecho de que fue el propio Joseph Ratzinger quien, más que ninguno, inició en la Iglesia una profunda lucha contra los abusos. Y la acción del papa Francisco se basa precisamente en los cimientos puestos por su predecesor. «En primer lugar», afirma Zuppi a Il Timone, «me gustaría subrayar que las investigaciones que hemos llevado y llevaremos a cabo se realizan no solo para las víctimas, sino también para la Iglesia, que también es víctima. Las víctimas nos recuerdan la confianza traicionada y, en cierto modo, es precisamente la Iglesia la que no puede aceptar que sus representantes la traicionen de esta manera».

En resumen, la Iglesia quiere ser parte activa de esta operación de justicia y ella misma es, en cierto sentido, también víctimas de abusos. «Ya no podemos ocultar la lentitud y los retrasos, incluida la dificultad para enfocar el fenómeno y la complicidad, pero cuando dicen que la Iglesia no es capaz de juzgarse a sí misma», explica Zuppi, «yo respondo que sí es capaz de hacerlo, porque de no ser así significaría que la Iglesia no tiene los anticuerpos para protegerse de distorsiones como la pedofilia y cualquier otro tipo de abuso. Desde luego pedimos y seguiremos pidiendo ayuda. Todos los profesionales, que han sido elegidos por su experiencia y no por complacencia, nos ayudarán a crecer. Como todas las realidades que presentan este tipo de problemas, la Iglesia tiene un interés primordial en dotarse de las herramientas necesarias, pero no puede abdicar de sí misma».

Rigor canónico y responsabilidad

A este respecto, recordemos que el derecho canónico no solo considera delitos los cometidos contra menores, sino que contempla la posibilidad de suspensión y reducción al estado laical de los clérigos para todos los llamados pecados contra sextum, en referencia precisamente al sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros». Sin querer obviar la justicia civil, le pregunto a Zuppi si cree que un cumplimiento más rápido y transparente de la justicia canónica ayudaría a resolver el drama de los abusos. «Por supuesto», responde sin dilación. «Hay abusos que conciernen a personas vulnerables, incluso mayores de edad, abusos perpetrados contra mujeres y religiosas; en general, el fenómeno debe ser perseguido también con rigor canónico. Es necesaria una mayor maduración del clero y de los responsables eclesiásticos, tanto en sentido de responsabilidad, como de control».

Le pregunto entonces si cree que existe un problema con la maduración de la afectividad en los seminarios. «Creo que también en este caso», responde, «la labor de prevención debe ser especialmente cuidadosa, y en este sentido las Directrices son muy precisas. También entiendo que en los últimos años, en los seminarios, ha habido una mayor concienciación al respecto, pero es uno de los muchos elementos que esperamos acaben con el fenómeno de los abusos; aunque no es el único, por supuesto. No debemos olvidar que la debilidad humana acompaña a todas las realidades en las que hay seres humanos y, por tanto, en este sentido también a la Iglesia».

«La obra del tentador»

El origen próximo del mal, de este mal en particular, dice el cardenal, «varía». «A veces -dice- se trata de situaciones de patologías personales, algunas son debilidades de las que la persona se vuelve en cierto modo esclava y otras son abusos de poder. También será interesante comparar nuestro trabajo de investigación con otros análisis similares de situaciones abusivas en realidades no eclesiásticas, porque, por desgracia, sabemos que tenemos que hacer justicia y arrepentirnos, pero este fenómeno afecta a muchas otras realidades».

«Pero Eminencia -le pregunto al final- ¿qué decir de este misterio del mal que golpea a la Iglesia?».  «La Iglesia siempre está acechada por el gran tentador; sabemos también que cuanto más la Iglesia es ella misma, más experimenta la fuerza del mal que quiere ofenderla y mancharla. Este misterio del mal nos lleva a buscar constantemente la fuerza de la Iglesia, que es confiar en Cristo y en el amor de Dios. La Iglesia debe luchar siempre contra el espíritu del mal, permaneciendo fiel al amor que el Señor le ha confiado. Es la Iglesia sin mancha, pero que también estará siempre marcada por nuestro pecado. Debemos combatirlo, no ocultarlo. Amamos a la Iglesia tal como es, porque genera a Jesús y nos genera a nosotros como cristianos. Todos debemos esforzarnos por ser dignos de Ella».

 

Publicado por Lorenzo Bertocchi en Il Timone

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

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