Fe y política: El derecho (y el deber) de la Iglesia a la presencia pública (II)

Cristo en la sinagoga de Nazaret, c.1350, fresco en el monasterio de Visoki Decani, Kosovo
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(Massimo Camisasca en Tempi)-Así, para los cristianos, los objetivos eclesiales (proclamar el Reino de Dios a todos los hombres) se entrelazan con los objetivos políticos (promover el bien común).

PARTE II

  1. El bien común

Para definir la dimensión del bien común, podemos recurrir a la Doctrina Social de la Iglesia, que lo enumera entre los «principios permanentes» de la doctrina social católica junto a la dignidad de la persona humana, la solidaridad y la subsidiariedad[1]. Cada uno de estos principios no puede entenderse plenamente sin referencia a los demás.

En especial, la dignidad de la persona y su promoción siguen siendo el punto de partida y el «faro» de cualquier otro contenido o principio. Una dignidad que se nutre de la integración armónica de todas las características constitutivas del ser humano: hecho a imagen y semejanza de Dios, unidad integrada e inseparable de cuerpo y espíritu, abierto a la trascendencia, único, libre y social.

La dignidad de la persona humana se convierte así en el criterio a partir del cual interpretar la expresión «bien común», entre las más maltratadas actualmente en el contexto político y en el habla cotidiana. Por este término se entiende el conjunto de condiciones que permiten al hombre, concebido tanto desde una perspectiva individual como comunitaria, alcanzar su plenitud de vida[2].

El término «plenitud» nos interpela profundamente. La experiencia cristiana nos muestra como camino de plenitud personal la adhesión de cada uno a su propia vocación: el reconocimiento de una llamada a la caridad que nos precede y nos fundamenta, el ofrecimiento de uno mismo como instrumento en las manos de Dios[3]. En esta adhesión a la voluntad de un Otro sobre nosotros reside el núcleo de nuestra plena libertad, y de nuestra capacidad para promover el bien común.

La explicación del concepto de solidaridad ofrecida por Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis nos orienta en nuestra reflexión sobre el bien común: «La solidaridad nos ayuda a ver al ‘otro’ -persona, pueblo o Nación-, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro, una ‘ayuda’ (cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios»[4].

Por tanto, somos solidarios cuando ayudamos a nuestro prójimo a alcanzar su plena dignidad como persona. Benedicto XVI afirmó que la solidaridad es precisamente «la determinación firme y perseverante de comprometerse por el bien común: es decir, por el bien de todos y cada uno, de modo que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[5].

Por último, la subsidiariedad es el principio que pretende proteger las instituciones, asociaciones y realidades temporales que, creadas por el hombre para alcanzar su propia perfección, actúan como interfaz entre el hombre mismo y las instituciones superiores a él[6] .

Una escuela paterna o parroquial, una cooperativa social, una asociación cultural, expresiones económicas agregativas, son solo algunos ejemplos de instrumentos a través de los cuales algunos, ya sea de manera individual o comunitaria, pueden tomar la iniciativa y ofrecer su propia contribución al crecimiento de la sociedad en su conjunto. Son instrumentos nacidos del hombre, al servicio del hombre y de la comunidad en su conjunto[7]. El principio de subsidiariedad reconoce la capacidad de cada uno para aportar su propia sensibilidad y creatividad. Del mismo modo, implica una visión precisa de la relación entre individuos/sociedad civil e instituciones estatales: no de dependencia, sino de interacción creativa con vistas al bien común[8].

  1. Iglesia y política

La misión de la Iglesia en el mundo se caracteriza por un dualismo inicial de perspectivas, frente al cual parece difícil recuperar un horizonte unificado. En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, sin embargo, encontramos inmediatamente el enfoque correcto del problema: «Jesús rechaza el poder opresivo y despótico de los jefes sobre las Naciones (cf. Mc 10,42) y su pretensión de hacerse llamar benefactores (cf. Lc 22,25), pero jamás rechaza directamente las autoridades de su tiempo. En la diatriba sobre el pago del tributo al César (cf. Mc 12,13-17; Mt 22,15-22; Lc 20,20-26), afirma que es necesario dar a Dios lo que es de Dios, condenando implícitamente cualquier intento de divinizar y de absolutizar el poder temporal: sólo Dios puede exigir todo del hombre. Al mismo tiempo, el poder temporal tiene derecho a aquello que le es debido: Jesús no considera injusto el tributo al César»[9].

Desde este punto de partida, que recuerda la distinción entre la misión de la Iglesia y la de la comunidad política, se sigue la necesidad de que esta última respete la autonomía de la Iglesia en la realización de los bienes de naturaleza espiritual. Estos bienes siempre están inmersos en una realidad histórica concreta, a cuyas instituciones hay que reconocer una finalidad específica. En particular, es necesario reconocer la dimensión religiosa del hombre como su dimensión fundadora, junto a la dimensión relacional y social.

La misión de la Iglesia es anunciar el Reino de Dios a todo el hombre y a todos los hombres.

«A todo el hombre»: dirigiéndose, es decir, no solo a sus necesidades puramente mundanas y contingentes, sino teniendo siempre presente su dimensión trascendente. En efecto, si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, es estructuralmente «capaz de relacionarse con Dios»: el reconocimiento de la persona humana no puede negarse al reconocimiento de su dimensión religiosa. De hecho, el Compendio también nos recuerda que el respeto de la dignidad personal exige el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No se trata de una simple exigencia «confesional», sino que encuentra su inestimable raíz en la realidad misma del hombre[10].

Por tanto, está entre los «derechos» de la Iglesia estar presente en la vida social. Hay que recordar que este derecho es para la Iglesia misma un deber, cuya renuncia disminuye la fidelidad a su mensaje. Las vías de evangelización que debe seguir la Iglesia no conciernen solo a las personas individuales, sino que deben llevar a las instituciones a reconocer la dimensión pública del hecho religioso.

En consecuencia, si los objetivos eclesiales se entrelazan con los políticos, es necesario establecer relaciones de colaboración que tengan como meta común el servicio a la humanidad, en todas sus dimensiones y según sus competencias mutuas[11].

Esto no socava la autonomía mutua entre el campo de la vida cristiana y el campo de la acción política para el progreso humano: están estrechamente relacionados, pero no pueden confundirse ni superponerse.

La palabra de la Iglesia y su obra en el mundo constituyen para la dimensión política de cada tiempo y lugar un estímulo para la búsqueda del verdadero bien para la humanidad.

(2. fin)

* * *

[1]Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2005, 160 (en adelante CDSC).

[2]Para algunos estudios en profundidad, además del ya citado CDSC, cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 357, 362; Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993, n. 14; Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 25 de marzo de 1995, n. 12; Constitución Conciliar Gaudium et spes, n. 25.

[3]Benedicto XVI, Mensaje al II Congreso Continental Latinoamericano de Vocaciones, Cartago, Costa Rica 1 de febrero de 2011.

[4]Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, n. 39.

[5]Benedicto XVI, Carta al Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana con ocasión del centenario de la primera Semana Social de los Católicos Italianos, 12 de octubre de 2007.

[6]Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus, 1 de septiembre de 1991, n. 48.

[7]CDSC, nº 185.

[8]Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, Roma 3 de mayo de 2008.

[9]CDSC, nº 379.

[10]CDSC, nº 553.

[11]CDSC, nº 425.

 

Publicado por mons. Massimo Camisasca en Tempi

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana

Fe y política: La carga revolucionaria de la venida de Cristo (I)

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Comentarios
5 comentarios en “Fe y política: El derecho (y el deber) de la Iglesia a la presencia pública (II)
  1. Bxvi y jpii hablan en sentido Liberal «partiendo de y asimilando la» Revolución Francesa de la libertad igualdad y fraternidad. No defienden el orden social cristiano tradicional que aparece en la Rerum Novarum. Nada que ver. Ellos creen en la separación iglesia Estado, es decir, creen que el Estado no tiene que basar sus leyes en los diez mandamientos sino en la voluntad popular. Porque para el liberal la ley natural no coincide con los diez mandamientos pues sólo consiste en el orden público. Quieren que haya moral católica pero sin ningún fundamento para mantenerla, sino en competencia con otras morales según como sea la voluntad popular. Un desastre.

    1. La presencia pública de la iglesia no la basan en que sea la única religión verdadera que tenga derecho a inspirar un verdadero orden social cristiano internacional querido por Dios, sino que la basan en la libertad religiosa para elegir religión, supuesto derecho de la dignidad humana, donde todas las religiones se reunen y llegan a un acuerdo.
      Ese es el fundamento de la apostasía generalizada.

      1. Argumento liberal modernista cvii: Como tengo derecho a inventarme mi propia religión, entonces tiene que tener presencia pública porque todas son verdaderas porque tienen elementos de verdad.
        Pero lo católico es: como esta es la religión verdadera, esta es la que tiene derecho a tener presencia pública e inspirar las leyes porque es el derecho que tiene Dios.
        Pero ni bxvi ni jpii creen que Dios tenga derechos ni que el hombre tenga más dignidad a ojos de Dios uniéndose a la religión que ha puesto el propio Dios, sino que creen que todos tienen la misma dignidad natural q sólo te dignifica con respecto a los animales. Ellos creen en los derechos del hombre sin derechos de Dios: la revolución Francesa.

        1. No creen en Cristo Rey porque no creen que Cristo tenga derecho a reinar en las naciones y las sociedades inspirando sus leyes civiles. Creen que Cristo tiene que estar separado del orden temporal y solo reinar espiritualmente. ¿De qué se quejan entonces?

  2. Tus comentarios reflejan a la perfección el por qué de la deriva y el declive de la iglesia en el mundo. Se renunció al reinado social de Cristo, a la Unidad Católica y se abrió la puerta a la libertad religiosa que es abrirla para el mal y para la apostasía, abrirla para el enemigo de Dios y del hombre. Qué podíamos esperar si le hemos abierto las puertas de par en par al maligno, incluidos los cegatos antecesores de Francisco. Y como consecuencia directa de todo esto, es que Dios ha perdido todos sus derechos en el mundo. Ahora es la hora de los enanos, todo bulle en la iglesia modernista como una gusanera. Y es que al renunciar a la Verdad revelada por Dios, los nuevos adictos al progresismo eclesial, vinieron a decirnos que la verdad solo está en la soberanía popular, que interpretan los políticos, a la que hay que acatar sin rechistar, y Cristo pasó a ser destronado y mandado a un rincón. Viva Cristo Rey. Feliz Navidad.

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