El Cardenal Czerny narra su experiencia con los refugiados: «Me impresionó la solidaridad espontánea»

Michael Czerny Peter Turkson Michael Czerny
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(VaticanNews)Del 8 al 11 de marzo, el Card. Michael Czerny SJ, prefecto interino del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral visitó Hungría del 8 al 11 de marzo para llevar el abrazo y la bendición del Papa a los refugiados ucranianos y a quienes los acogen. Sus reflexiones sobre su regreso, mientras se prepara para una misión similar, esta vez en Eslovaquia, que comienza el 16 de marzo.

Por el Card. Michael Czerny SJ

He visto la guerra, pero no directamente, porque la región en la que he estado hasta ahora se ha salvado del conflicto: la he visto en los ojos de las mujeres y los hombres que he conocido: personas desarraigadas, desorientadas, que llevan todo lo que les queda en una mochila o una bolsa de compras. Respiran y caminan, pero se podría decir que han «perdido la vida», o más bien que la guerra se la ha arrebatado, y aún no han empezado a construir una nueva. Por eso parece que los inmigrantes extranjeros se las arreglan mejor: en Ucrania había muchos, unos 75.000 estudiantes solamente, procedentes de África, Asia y América Latina. También ellos huyen junto con la población ucraniana, también ellos sólo tienen una mochila o una maleta, pero no han «perdido la vida», aunque algunos hayan tenido que enfrentarse a episodios de racismo durante su viaje.

La mayoría de los refugiados son mujeres y niños, y para ellos existe la amenaza añadida del tráfico de personas. Vienen de una historia -la del mundo soviético- en la que han aprendido a desconfiar de todo lo público o estatal; por eso se alejan de los autobuses organizados por el gobierno y esto juega a favor de los traficantes, que se acercan a ellos y les ofrecen llevarlos en un coche privado.

Pero no sólo vi eso, sino sobre todo algo más: mucha gente intentando hacer la paz, acercándose a los refugiados, mientras los soldados están ocupados haciendo la guerra, a menudo desde lejos, mirando la pantalla de un ordenador, porque están luchando en una guerra tecnológica. Es un verdadero ejército de la paz que se ha movilizado para las iniciativas de acogida y solidaridad, a muchos niveles diferentes. Está la solidaridad de los Estados, que en pocos días han creado infraestructuras y agilizado los trámites para permitir la entrada legal de los refugiados, poniendo a su disposición autobuses o permitiendo el viaje gratuito en los trenes; está la de los funcionarios públicos que llevan a cabo las operaciones. También está la solidaridad organizada por las ONG, las Iglesias y las comunidades religiosas: todos los presentes en la zona que visité – católicos de rito latino y oriental, ortodoxos, protestantes y judíos – capaces de colaborar en un espíritu de ecumenismo práctico.

Lo que más me impresionó fue la solidaridad espontánea de la gente común. De los húngaros, por supuesto, pero también de las muchas personas que encontré de Italia, Bélgica, España…: dejaron lo que estaban haciendo y condujeron miles de kilómetros, a sus expensas, para llegar a la frontera ucraniana, descargar la ayuda que habían llevado y cargar a las personas que iban a acoger en su casa.

He visto una Europa capaz de dejar de lado las cerrazones y los miedos, capaz de abrir puertas y fronteras, en lugar de construir muros y vallas. He visto a europeos capaces de comportarse todavía como el buen samaritano, cargando en coches y autobuses -ya no en caballo o burro- a desconocidos encontrados «medio muertos» en las carreteras que llevan a la frontera. Rezo para que, una vez superada esta crisis, Europa y los europeos no den marcha atrás, sino que sigan siendo abiertos y acogedores.

En resumen, he visto a Fratelli tutti en acción, en las manos y en los rostros de la gente, en sus acciones y en sus palabras. Pienso que, como Iglesia, tenemos una gran tarea que realizar aquí: mientras la Santa Sede y su diplomacia siguen buscando formas de acabar con el conflicto, ofreciéndose incluso como mediadores, a otro nivel debemos comprometernos en apoyar y reforzar este esfuerzo de solidaridad.

Será necesario porque la crisis podría prolongarse, pero sobre todo porque, una vez que vuelva la paz, se necesitará la misma solidaridad, tal vez incluso mayor, para acompañar a las personas en su regreso a casa, para que puedan retomar la vida que ahora parecen haber perdido, superar el dolor, las heridas y el sufrimiento que la guerra dejará en el territorio de Ucrania, y construir un futuro pacífico para su país.

El compromiso de los hombres y mujeres de Ucrania ya ha comenzado. A mi regreso a Roma, me contaron algo que sucedió en Medyka, una ciudad fronteriza polaca. Algunos traficantes intentaban convencer a las mujeres que huían para que subieran a dos autobuses que las llevarían a Dinamarca, para iniciarlas en la prostitución. Otras mujeres ucranianas, que ya viven en Polonia, pidieron que se comprobara la identidad de estos traficantes. Las mujeres ucranianas se están organizando para evitar que estas cosas vuelvan a suceder. Sólo podemos imaginar lo que conseguirán una vez que puedan volver a casa, con el mismo espíritu y determinación. Para que Ucrania tenga un futuro, es esencial que se silencien las armas, pero esto no es suficiente: los refugiados tienen que poder volver a casa, volver a trabajar, volver a la escuela… ¡Un país no puede vivir sin sus ciudadanos!

La semana pasada partí para «un viaje de oración, profecía y denuncia». Así fue. Pero a mi regreso puedo decir que también fue un viaje de testimonio, amor y esperanza. Con este espíritu partiré ahora hacia Eslovaquia.

 

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