El pasado 25 de noviembre, el Santo Padre autorizó la promulgación del decreto que inicia el proceso de beatificación de Antonio Bello, ‘Tonino’, un polémico obispo italiano que se ha convertido en un modelo de pastor para la Iglesia en salida, escribe Cristina Siccardi en Corrispondenza Romana.
La “Iglesia del futuro”, aseguraba en Loreto en 1985 el aspirante a los altares, “debe ser ‘débil’, debe compartir la prueba de la perplejidad, debe ser compañera del mundo, debe servir al mundo sin pretender que el mundo crea en Dios o vaya a Misa el domingo o que viva en línea con el Evangelio”. Como puede apreciarse, un hombre adelantado a su tiempo, exponente ‘avant la lettre’ de la actual sensibilidad eclesial, aunque a la autora del artículo le parezca exponente de una religión distinta a la católica.
Ya en 2012, el padre Paolo Maria Siano dedicó en la revista Fides Catholica un análisis en profundidad del ‘magisterio’ de este ‘obispo de la calle, donde critica el valor que da a la política, a la idolatría del hombre, a la banalización de la Misa y de las cosas sagradas, a las ideas secularizantes y progresistas que desembocaran en un modo de vivir totalmente desligado de la Iglesia tradicional y del ministerio sacerdotal. “Más que atacar dogmas concretos -escribía Siano-, don Tonino manifiesta una mentalidad ‘nueva’ para una iglesia ‘nueva’ donde los dogmas son prácticamente suprefluos… Su lenguaje “moderno” reduce el Misterio y la Sobrenaturalidad a lo humano y lo mundano”.
No sorprenderá saber que los referentes de don Tonino fueran Helder Câmara, Karl Rahner, Bruno Forte, Teilhard de Chardin, Giacomo Lercaro, Luigi Bettazzi, Michele Pellegrino, Ernesto Balducci, Carlo Maria Martini y David Maria Turoldo, los maestros de la modernidad eclesial.