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Iglesia en Alemania: el Afganistán del Vaticano

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(Nico Spuntoni/La Nuova Bussola Quotidiana) La gestión del Vaticano en la cuestión de los abusos está generando duras reacciones en Alemania: en Hamburgo, más de cinco meses después de la dimisión del obispo, el administrador apostólico monseñor Thim ha suspendido todos los organismos diocesanos en señal de protesta y en desafío a Roma. En Colonia, por otra parte, el cardenal Voelki atacó a la Santa Sede porque desde hace meses no ha hecho ningún comentario sobre los resultados de la visita apostólica, que debía aclarar las responsabilidades sobre las acusaciones de abusos sexuales.

Alemania se parece cada vez más al Afganistán de la Iglesia Católica. El Vaticano se esfuerza por contener los excesos y la impaciencia de los obispos alemanes.

La impaciencia con Roma ha alcanzado niveles impensables y ahora no hace distinción entre el campo de los partidarios y el de los críticos del Camino Sinodal. Dos episodios recientes son indicativos de este descontento generalizado, ambos tienen su origen en el informe sobre los abusos a menores que tuvieron lugar entre 1975 y 2018 en la archidiócesis de Colonia.

El informe del bufete de abogados Gercke & Wollschläger provocó la renuncia del arzobispo de Hamburgo, monseñor Stefan Hesse, por unos hechos ocurridos en la época en que era vicario general en Colonia y también desencadenó el envío de una visita apostólica a la diócesis que actualmente dirige el cardenal Rainer Maria Woelki. Hesse presentó su dimisión en marzo, al tiempo que negaba la acusación del informe de haber participado en el encubrimiento de casos de abusos. Han pasado más de cinco meses, pero el Papa aún no ha dado una respuesta definitiva a la petición de renuncia y se ha limitado a conceder una suspensión ilimitada.

Desde entonces, la archidiócesis de Hamburgo ha sido administrada por el vicario general, monseñor Ansgar Thim, pero la situación de incertidumbre ha empezado a molestarle tanto que se ha atrevido a hacer un descarado gesto de desafío a Roma. El prelado decidió suspender todos los organismos diocesanos e informar tanto al nuncio apostólico en Alemania, monseñor Nikola Eterović, como a los miembros del comité diocesano en una polémica carta, alegando que quería enviar «una señal a los de dentro y a los de fuera de que las cosas no pueden seguir así» porque sería «imposible durante tanto tiempo guiar adecuadamente una diócesis y desarrollarla, especialmente en estos tiempos difíciles«. El vicario general llegó a hablar de una situación que representa para él y para toda la diócesis una «constante y estresante prueba de paciencia«.

Monseñor Thim es un ferviente partidario del Camino Sinodal y fue uno de los firmantes de una carta -también ensalzada por el movimiento María 2.0- en la que expresaba su convicción de que los resultados de la asamblea «cambiarían significativamente nuestra práctica» y se congratulaba de tales cambios.

Sin embargo, el malestar al otro lado del Rin por la gestión del Vaticano en el asunto de los abusos ha unido a Thim con el prelado más crítico con el Camino Sinodal, el cardenal Rainer Maria Woelki, que dirige la archidiócesis en el epicentro del escándalo y no se ha librado del fuego amigo del episcopado alemán en los últimos meses. El informe Gercke exoneró al sucesor de Meisner de acusaciones directas, pero no le ahorró una visita apostólica de Roma, que el Papa encomendó a monseñor Johannes van den Hende, obispo de Rotterdam, y al cardenal Anders Arborelius, obispo de Estocolmo.

En unas recientes declaraciones, el arzobispo de Colonia no se quejó de la medida papal, que calificó de «procedimiento bueno y justo«, pero no disimuló su impaciencia por la prolongación del plazo. El Vaticano, dijo Woelki, «ha tomado el asunto en sus manos y, por lo tanto, tiene ahora la obligación de expresarse adecuadamente ante todos los afectados. No puede ser que tarde meses y que la gente permanezca en la incertidumbre«.

Palabras duras, inéditas para un obispo que hasta ahora ha mantenido un tono bajo ante los numerosos ataques que ha sufrido en su tierra y a pesar de la apertura de un expediente -luego cerrado- por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La espera de los resultados de la visita apostólica ordenada hace tres meses debe haber impacientado al cardenal que, mientras tanto, sigue siendo objeto de críticas y peticiones de dimisión por parte del ala más progresista del mundo católico alemán. Woelki confesó que había pensado en dimitir, pero que le disuadió el saber que podía afrontar mejor las implicaciones morales del asunto al no ceder sus responsabilidades a otros. A pesar de las presiones de una parte de la opinión pública y de la lupa de Roma sobre su archidiócesis, el prelado no tiene actualmente ninguna intención de dejar su cargo, como lo demuestra la reciente publicación de «Fides incarnata», un volumen sobre la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia, editado en agosto con motivo de su 65º cumpleaños.

Desde Colonia y Hamburgo, por tanto, llegan dos acusaciones bastante explícitas a la forma en que el Vaticano está manejando el delicado expediente del informe Gercke. Veremos si hay una reacción por parte de Roma.

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