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Francisco: «Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en ritualismo»

Francisco oraciónAudiencia general del 9 de junio de 2021 (Vatican Media)
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Francisco ha celebrado esta mañana su penúltima catequesis sobre la oración, hablando sobre la perseverancia al orar. Como viene siendo ya habitual desde hace unas semanas, la audiencia contó con la presencia de fieles y se realizó en el Patio de San Dámaso.

El Papa comenzó poniendo de ejemplo al peregrino ruso, un personaje de un libro anónimo decimonónico que se pregunta cómo es posible rezar sin interrupción, «dado que nuestra vida está fragmentada en muchos momentos diferentes, que no siempre hacen posible la concentración». «De este interrogante empieza su búsqueda, que lo conducirá a descubrir la llamada oración del corazón. Esta consiste en repetir con fe: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador!”. Una oración sencilla, pero muy bonita», explicó el Papa.

«¿Cómo es posible custodiar siempre un estado de oración? El Catecismo nos ofrece citas bellísimas, tomadas de la historia de la espiritualidad, que insisten en la necesidad de una oración continua, que sea el fulcro de la existencia cristiana», señaló el Santo Padre.

«La oración es una especie de pentagrama musical, donde nosotros colocamos la melodía de nuestra vida. No es contraria a la laboriosidad cotidiana, no entra en contradicción con las muchas pequeñas obligaciones y encuentros, si acaso es el lugar donde toda acción encuentra su sentido, su porqué y su paz», dijo Francisco.

«Un padre y una madre, ocupados con mil cometidos, pueden sentir nostalgia por un periodo de su vida en el que era fácil encontrar tiempos cadenciosos y espacios de oración. Después, los hijos, el trabajo, los quehaceres de la vida familiar, los padres que se vuelven ancianos… Se tiene la impresión de no conseguir nunca llegar a la cima de todo. Entonces hace bien pensar que Dios, nuestro Padre, que debe ocuparse de todo el universo, se acuerda siempre de cada uno de nosotros. Por tanto, ¡también nosotros debemos acordarnos de Él!», exclamó Su Santidad.

«En el ser humano todo es “binario”: nuestro cuerpo es simétrico, tenemos dos brazos, dos ojos, dos manos… Así también el trabajo y la oración son complementarios» dijo, añadiendo que es «deshumano» estar «tan absortos por el trabajo como para no encontrar más el tiempo para la oración».

El Papa aseguró que «no es sana una oración que sea ajena de la vida». «Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o, peor, ritualismo», afirmó.

«Y repetimos la oración sencilla que es tan bonito repetir durante el día, todos juntos: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”», concluyó el Pontífice.

Les ofrecemos las palabras del Papa, publicadas en español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

Catequesis 37.  Perseverar en el amor

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta penúltima catequesis sobre la oración hablamos de la perseverancia al rezar. Es una invitación, es más, un mandamiento que nos viene de la Sagrada Escritura. El itinerario espiritual del Peregrino ruso empieza cuando se encuentra con una frase de san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: «Orad constantemente. En todo dad gracias» (5,17-18). La palabra del Apóstol toca a ese hombre y él se pregunta cómo es posible rezar sin interrupción, dado que nuestra vida está fragmentada en muchos momentos diferentes, que no siempre hacen posible la concentración. De este interrogante empieza su búsqueda, que lo conducirá a descubrir la llamada oración del corazón. Esta consiste en repetir con fe: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador!”. Una oración sencilla, pero muy bonita. Una oración que, poco a poco, se adapta al ritmo de la respiración y se extiende a toda la jornada. De hecho, la respiración no cesa nunca, ni siquiera mientras dormimos; y la oración es la respiración de la vida.

¿Cómo es posible custodiar siempre un estado de oración? El Catecismo nos ofrece citas bellísimas, tomadas de la historia de la espiritualidad, que insisten en la necesidad de una oración continua, que sea el fulcro de la existencia cristiana. Cito algunas de ellas.

Afirma el monje Evagrio Póntico: «No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente —no, esto no se nos ha pedido— pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (n. 2742). El corazón en oración. Hay por tanto un ardor en la vida cristiana, que nunca debe faltar. Es un poco como ese fuego sagrado que se custodiaba en los templos antiguos, que ardía sin interrupción y que los sacerdotes tenían la tarea de mantener alimentado. Así es: debe haber un fuego sagrado también en nosotros, que arda en continuación y que nada pueda apagar. Y no es fácil, pero debe ser así.

San Juan Crisóstomo, otro pastor atento a la vida concreta, predicaba así: «Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina» (n. 2743). Pequeñas oraciones: “Señor, ten piedad de nosotros”, “Señor, ayúdame”. Por tanto, la oración es una especie de pentagrama musical, donde nosotros colocamos la melodía de nuestra vida. No es contraria a la laboriosidad cotidiana, no entra en contradicción con las muchas pequeñas obligaciones y encuentros, si acaso es el lugar donde toda acción encuentra su sentido, su porqué y su paz.

Cierto, poner en práctica estos principios no es fácil. Un padre y una madre, ocupados con mil cometidos, pueden sentir nostalgia por un periodo de su vida en el que era fácil encontrar tiempos cadenciosos y espacios de oración. Después, los hijos, el trabajo, los quehaceres de la vida familiar, los padres que se vuelven ancianos… Se tiene la impresión de no conseguir nunca llegar a la cima de todo. Entonces hace bien pensar que Dios, nuestro Padre, que debe ocuparse de todo el universo, se acuerda siempre de cada uno de nosotros. Por tanto, ¡también nosotros debemos acordarnos de Él!

Podemos recordar que en el monaquismo cristiano siempre se ha tenido en gran estima el trabajo, no solo por el deber moral de proveerse a sí mismo y a los demás, sino también por una especie de equilibrio, un equilibrio interior: es arriesgado para el hombre cultivar un interés tan abstracto que se pierda el contacto con la realidad. El trabajo nos ayuda a permanecer en contacto con la realidad. Las manos entrelazadas del monje llevan los callos de quien empuña pala y azada. Cuando, en el Evangelio de Lucas (cfr. 10,38-42), Jesús dice a santa Marta que lo único verdaderamente necesario es escuchar a Dios, no quiere en absoluto despreciar los muchos servicios que ella estaba realizando con tanto empeño.

En el ser humano todo es “binario”: nuestro cuerpo es simétrico, tenemos dos brazos, dos ojos, dos manos… Así también el trabajo y la oración son complementarios. La oración – que es la “respiración” de todo – permanece como el fondo vital del trabajo, también en los momentos en los que no está explicitada. Es deshumano estar tan absortos por el trabajo como para no encontrar más el tiempo para la oración.

Al mismo tiempo, no es sana una oración que sea ajena de la vida. Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o, peor, ritualismo. Recordemos que Jesús, después de haber mostrado a los discípulos su gloria en el monte Tabor, no quiere alargar ese momento de éxtasis, sino que baja con ellos del monte y retoma el camino cotidiano. Porque esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de su fe; también una luz y fuerza para los días venideros: los de la Pasión. Así, los tiempos dedicados a estar con Dios avivan la fe, la cual nos ayuda en la concreción de la vida, y la fe, a su vez, alimenta la oración, sin interrupción. En esta circularidad entre fe, vida y oración, se mantiene encendido ese fuego del amor cristiano que Dios se espera de nosotros.

Y repetimos la oración sencilla que es tan bonito repetir durante el día, todos juntos: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador”.

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27 comentarios en “Francisco: «Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en ritualismo»
  1. La frase de Francisco “Una oración que, poco a poco, se adapta al ritmo de la respiración” me suena a métodos de la nueva era: mindfulness, yoga, y esas cosas. Desconozco si lo ha dicho con esa intención, pero desde luego suena mal.

    1. Igual para tí lo que escribí a Uno…. «Desconozco la intención pero suena mal»…. pero que infantil e idiota eres! Además: podrías dejar pasar una sin comentar y trabajar un poco! Parece que este fuera tu único «apostolado». Que mal que haces quedar a tu pseudónimo!

      1. Pablito, ya no profesas la libertad religiosa y de conciencia del vaticano II o es sólo a ratos? Entonces qué te importa lo que digamos?. Cumple con tus preceptos y aplícanos Nostra Aetate: haznos la pelota y valora nuestras creencias.

      1. Ea, la libertad religiosa de tu falsa religión tiene estas cosas: cada uno dice y hace lo que quiere en materia religiosa y no me puedes coartar porque no altero el orden público. Aplícate el cuento y valora con asonbro la discrepancia que inspira tu neo espiritu santo. Pero yo no tengo que cumplir tus preceptos, tú sí los tuyos.

    2. Pues no, es propia de la oración del silencio del hesicasmo practicado por los Padres del desierto y los contemplativos desde los primeros siglos.

      En el peregrino ruso citado por Francisco -libro habitual entre anacoretas- se trata esa cuestión de acompasar la oración breve a la respiración corporal.

  2. Lucas 11, 1-4
    Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseño a sus discípulos.
    Él les dijo: Padre, santificado sea tu Nombre. Venga a nosotros tu Reino. Danos hoy …..

    Francisco sigue en la tarea de implantar su «iglesia», quiere ser el líder religioso de la ONU.
    Pobre Francisco, debería saber que de Dios nadie se burla, y Cristo no dejará que le destruya Su Iglesia Santa Católica y Apostólica.

  3. ¿Esto es una carga de profundidad para los contemplativos, que Dios guarde muchos años? Yo le diría al Papa Francisco que el mayor enemigo de la oración es la mundanidad y que solo logras rezar bien cuando dejas todo lo demás de lado,

  4. Luego San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, era un ritualista cuando describía la oración como:
    Olvido de lo criado,
    memoria del Criador,
    atención a lo interior,
    y estarse amando al Amado
    ¡Qué cosas tiene la vida!

  5. La oración que te deja en la vida mundana y no te eleva a Dios no es oración ni nada que se le parezca.

    Un santo de nuestro tiempo sostenía que «¡Bendita perseverancia la del borrico de noria! ―Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. ―Un día y otro: todos iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni tendría aromas el jardín. Lleva este pensamiento a tu vida interior».

  6. Perdón por mi ignorancia… ¿Qué se entiende por «ritualismo»? ¿No tiene algo que ver con la liturgia? ¿Por qué el Papa lo ve como negativo? Desde mi humilde punto de vista, los ritos, bien entendidos, ayudan a concentrarse en el acto que se está realizando. Por tanto yo no lo veo negativo, sino necesario.

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