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El hobbit: La vocación de Bilbo y la acción diabólica de Smaug

El hobbit
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Como sabéis, el pasado mes de mayo tuvimos la suerte de volver a ver en pantalla grande la trilogía de El señor de los anillos. Así es, con motivo del vigésimo aniversario de su estreno, los cines españoles organizaron un maratón en el que, durante tres semanas consecutivas, pudimos disfrutar otra vez de cada una de las cintas que conforman esta saga: La comunidad del anillo, Las dos torres y El retorno del rey. Este mes de junio, y como no podía ser de otra manera, harán lo propio con sus precuelas. De este modo, y durante el mismo período de tiempo, se podrá ver de nuevo en las salas españolas la trilogía de El hobbit, constituida por Un viaje inesperado, La desolación de Smaug y La batalla de los cinco ejércitos. Igual que los anteriores, se trata de un conjunto de filmes con amplias connotaciones cristianas, por lo que intentaremos profundizar en ellas a través del presente artículo.

Antes de continuar, me gustaría advertiros de una cosa, por si queréis dejar de leer en este preciso instante: la película –aunque sean tres, me referiré a ellas como un solo largometraje– me gusta más que el libro. Ya sé que puede pareceros un sacrilegio –sobre todo si sois puristas de Tolkien (y yo lo soy)–, pero es la verdad. A mi juicio, mejora notablemente y por completo el texto original, y lo hace asequible para el público que ignora la obra del escritor, algo que las cintas de El señor de los anillos lograban solo en parte. El motivo es que la novela fue pensada como una mera narración infantil y no como un preámbulo de lo que acontecería en el libro posterior, mucho más adulto. Por esta razón, todo lo relativo al anillo, por ejemplo, es presentado como algo anecdótico y no como parte fundamental de la historia, cosa que esta película corrige, entre otros muchos factores.

En efecto, cuando J.R.R. Tolkien escribió El hobbit, lo concibió solo como una fábula para sus hijos, no como la odisea en la que más tarde se convertiría gracias a El señor de los anillos (en vida, él lo aclaró muchas veces, pero conviene que lo saquemos de nuevo a colación para entenderlo mejor). Y es que, cierto día, mientras corregía unos exámenes[1], agarró un papel en blanco y escribió lo siguiente: «En un agujero vivía un hobbit». Al parecer, ni él mismo sabía qué era un hobbit, pero fue ideando en torno a su figura un pequeño relato, que les fue contando a sus retoños cada noche. En él, entreveraba elementos de sus propias lecturas, de los mitos antiguos que a él mismo le gustaban y de los valores cristianos…, pero sin un propósito claro: simplemente, la trama se iba desenvolviendo a medida que avanzaba (por este motivo, y como ya hemos señalado, el anillo era a la sazón únicamente una sortija mágica que otorgaba invisibilidad a quien la usara, no una obra del malvado Sauron para dominar la Tierra Media[2]).

Más tarde, y viendo el éxito que había tenido entre sus hijos este cuento, decidió ponerlo por escrito. Sin embargo, no debemos creer que esto hizo que ya formara parte de la basta mitología pergeñada por él, pues seguía siendo una mera narración infantil. Solo cuando muchos años después escribiera El señor de los anillos, resolvería engarzar ambas historias, por lo que se vio obligado a modificar El hobbit en ediciones posteriores, para que casara bien con su continuación (no obstante, no lo alteró demasiado, a fin de que la esencia del relato permaneciese intacta). De este modo, añadió algunas frases y sugirió algunas ideas que apuntaban a los acontecimientos ulteriores, pero aún era un relato aparte, no un prefacio de las aventuras de Frodo.

Consciente, pues, de estas carencias, Peter Jackson, autor de las películas que conforman la saga, decidió recurrir al legendarium de Tolkien[3], que aún no existía cuando este publicó su libro. Evidentemente, esto le supuso una ventaja con respecto al propio escritor, ya que este, cuando dio a luz su texto, ni siquiera conocía todas las facultades del anillo, ni quién lo había forjado ni con qué propósito. Por este motivo, le resultó más fácil al cineasta disertar acerca de Sauron y sus ambiciones sobre la Tierra Media, o introducir a los Nazgûl –que no aparecen en las páginas originales–, o presentar la batalla de los Cinco Ejércitos como una maniobra de aquel para comenzar su reinado del mal (algo que tampoco se dice en el libro). También significó, por tanto, un aliciente a la hora de profundizar en la trama o de hacerla más atractiva –y comprensible– para el público en general, especialmente para el que no estaba familiarizado con la obra del escritor (en este sentido, cabe destacar la entrevista de Thorin y Gandalf en El Póney Pisador, extraída de los Cuentos inconclusos).

Pero Peter Jackson no solo supo aprovechar estos elementos literarios –e incluso historiográficos– para su adaptación cinematográfica de El hobbit, sino que también supo exprimirlos para extraerles los jugos cristianos que ocultaban. Y es que, en efecto, aunque estos están ciertamente presentes en el texto original, no son tan manifiestos como en El señor de los anillos. Así pues, supo detectarlos correctamente, indagar en ellos de manera adecuada y comprenderlos a la luz de la fe del escritor, a fin de otorgarles esa diafanidad de la que habían carecido en las páginas del libro. Y dos son los elementos principales donde más claramente se perciben estas mejorías: en la vocación de Bilbo y en la personalidad de Smaug.

En primer lugar, hablemos de la vocación de Bilbo. Pero antes recordemos que Tolkien nunca quiso hacer una trasposición de sus protagonistas respecto de los de la historia sagrada, sino que estos apareciesen representados de manera metafórica (o mejor aún, que el aroma de la fe cristiana impregnara la obra, pero no de forma explícita, sino tácitamente –al contrario de lo que hiciese Lewis en Las crónicas de Narnia, como ya indicamos en los artículos precedentes–)[4]. Es por ello que muchos personajes y situaciones comparten simbología religiosa, aunque unos de manera más evidente que otros, como es el caso de Thorin (acordémonos de que este es el rey que viene al mundo en forma de mendigo para recuperar el trono que le pertenece, ya que le ha sido arrebatado por el enemigo –el maligno, el demonio, la serpiente, el dragón–, y que, para ello, recaba el auxilio de doce compañeros). Y es aquí donde entra la vocación de Bilbo.

Y es que Bilbo es reclamado por Thorin para que lo ayude a cumplir con su propósito; para ello, además, se sirve de un sacerdote, Gandalf, que ha visto en él las aptitudes que otros han pasado por alto. Al principio, y por supuesto, el hobbit no querrá participar en esta aventura, puesto que está muy cómodo en su casa y teme abandonarla (cfr. Mt 19, 21-22: «Jesús le contestó: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo–, y luego ven y sígueme”. Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico»); sin embargo, a la mañana siguiente recibirá una fuerza de lo alto que lo impulsará a aceptar (esto está mejor representado en la película que en el libro, puesto que en este interviene el mago hasta el final, mientras que en aquella juega un papel fundamental la acción misteriosa de la Providencia). Al final, cuando se reúna con los enanos, se percatará de que se le han olvidado algunos enseres, como su pañuelo de bolsillo, pero Gandalf le recordará que tendrá que aprender a viajar sin hacer uso de ellos (cfr. Lc 10, 3-4: «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino»).

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También me gusta mucho la manera en que Bilbo –símbolo de un cristiano cualquiera–  deberá colaborar con Thorin (o Cristo)[5] en su empeño por recuperar el trono que le corresponde: a través de la bondad; o mejor aún, de los pequeños gestos de bondad. Así se lo hace ver Gandalf a Galadriel cuando esta le pregunta por qué ha escogido al hobbit entre todos los posibles candidatos para acompañar a los trece enanos: «Saruman opina que solo un gran poder puede contener el mal, pero eso no es lo que yo he aprendido. He aprendido que son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal a raya; los actos sencillos de amor». Esta aserción es original del film y, sin embargo, recoge toda la filosofía cristiana de Tolkien: el hombre colabora con el maligno cuando se deja seducir por él…, ¡aunque sea en pequeños detalles (una mala palabra, un mohín airado, una mentira piadosa, etcétera)! Por eso, también con los pequeños detalles, aunque de bondad, se impide que triunfe: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien» (Rom 12, 21).

Pero Bilbo, como es un cristiano cualquiera –es decir, un hombre (o un mediano) normal y corriente–, también se verá sometido al influjo del mal. Para él, como para cualquier otro seguidor de Cristo, la senda de la santidad le resultará ardua por momentos, puesto que el diablo, en su propósito de hacernos caer, no cejará en su envío de tentaciones (cfr. 1 Pe 5, 8): él sabe cuáles son las que nos hacen tropezar, nuestras debilidades. En este caso, lo hace mediante el anillo (con mucho más protagonismo en el filme que en el libro), y el hobbit lo experimenta cuando lo pierde en su batalla contra las arañas y una de ellas parece que se lo va a quedar: él responde con una violencia inusitada para recuperarlo, e incluso lo llama “su tesoro”; pero luego se arrepentirá y verá que ha reaccionado desproporcionadamente frente a una simpleza, puesto que se trata solo de una sortija, de un mero objeto…, que, sin embargo, le ha hecho trastabillar, le ha extraído el mal que albergaba en su interior.

Y hablando del mal, en la película, este está representado diáfanamente por Smaug, el dragón (cfr. Gén 3, 1: «La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo»). Tolkien llamaba “el mal del dragón” al pecado de avaricia. Y es que, para él, la avaricia simbolizaba lo más abyecto del ser humano, pues el hombre avaricioso desea poseer sin medida…, pero no advierte que las posesiones terminan por poseerlo a él. En efecto, cuanto más tiene el hombre avaro, más desea tener y más esclavo se vuelve de lo que tiene: conoce hasta el último detalle de sus propiedades –hasta la moneda más ínfima del tesoro–, pero no las comparte ni las gasta –¿cómo va a hacer uso del dinero un dragón?–, pues su placer estriba en su sola tención, y eso lo lleva a ser egoísta, suspicaz y solitario (no en balde, Smaug vive rodeado de oro en la montaña Solitaria). Antes prefiere morir que ceder una sola moneda de su fortuna.

Es interesante comprobar cómo aquí el dragón actúa inequívocamente igual que el demonio (mucho mejor que lo expuesto por Tolkien en el libro). Y es que, en su diálogo con Bilbo, le espeta a este que está dispuesto a darle la Piedra del Arca, para que Thorin se vuelva loco y caiga en sus redes (recordemos que el rey enano ve en la piedra el signo de su legitimidad como monarca de Erebor): él conoce su debilidad, su piedra de tropiezo, y quiere ofrecérsela, para que se sienta atraído por ella y se vea arrastrado al pecado (no obstante, el solo deseo de ese tesoro ya ha conseguido que Thorin se enfrente a sus amigos: ya es una victoria de Satanás, príncipe de la mentira y la discordia –recordemos que “diablo” significa “el que separa o divide”­–). Por este motivo, el hobbit tendrá un gesto de amor para con él y apartará la piedra de su lado (cfr. Gál 6, 1-2: «Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo»).

Ya tenemos, pues, a Bilbo frente a Smaug: toda la película iba encaminada a este momento, a esta resolución (recordemos: recuperar la Piedra del Arca, matar al dragón –o viceversa– y restablecer en el trono de Erebor a Thorin). Pero algo pasa, algo que nadie había previsto, pues la serpiente –el maligno– no es eliminada por ninguno de los enanos, ni siquiera por el hobbit, sino por alguien ajeno al relato, por un personaje que aparece a última hora: Bardo, un mero balsero de la Ciudad del Lago. Y es que ese es el modo en que actúa la Providencia: cuenta con nuestra colaboración, con que hagamos los pequeños gestos de bondad que nos corresponden –apartar de Thorin la Piedra del Arca–, y hasta se sirve de ellos (el furor del dragón propicia que este abandone la montaña Solitaria, prenda fuego a la mentada ciudad e impele a Bardo a reaccionar), pero no es sino ella quien dirige en última instancia la historia, quien altera nuestros planes, quien da el golpe de gracia al enemigo, y lo hace a través de medios y personas que a veces desconocemos (¿no dice san Pablo: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer»?).

Por esta razón, y al final del relato, cuando Bilbo y Gandalf vuelven a la Comarca, aquel le espeta a este lo siguiente: «Entonces, las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera». A lo que el mago le replica: «¡Claro! ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las profecías solo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia, ¡eres solo un simple individuo en un mundo enorme!». De manera que el sacerdote –quiero decir, Gandalf– le abre los ojos al hobbit y le hace caer en la cuenta de que él, en su pobreza, ha colaborado con la Providencia en el cumplimiento de su voluntad; ciertamente, no ha sido mucho –solo apartar de Thorin la Piedra del Arca–, pero sí lo suficiente para propiciar que el dragón abandonase su escondite y se expusiera a quien le daría muerte: Bardo.

Y hablando del final del relato, ¿os acordáis de que más arriba equiparamos a Bilbo con el joven rico del Evangelio? En aquel momento, es verdad, el hobbit se comportó como él, pues, a pesar de las promesas de vida eterna que le ofrecía la aventura, prefirió la comodidad del hogar (¡menos mal que la Providencia le haría cambiar de idea a la mañana siguiente!). Sin embargo, ahora que ha vuelto de vencer al dragón, se percata de que ha recibido el cumplimiento de otra promesa del Señor: «Todo el que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más» (Mt 19, 29). Así pues, Bilbo vuelve enriquecido a su hogar, ya que lo ha dejado todo para seguir los designios de Dios. Pero el mal no descansa y, aunque haya sido derrotado en la batalla de los Cinco Ejércitos, se cebará en la estirpe de los Bolsón y la contraatacará mediante el anillo de poder, como ya sabemos. Sin embargo, esa es otra historia.

A nosotros nos interesa esta, la de Bilbo, que se fio de Dios y salió con Cristo a combatir por el trono que le correspondía, el de este mundo, el del universo (cfr. Col 1, 15-20): es la historia de cada uno de nosotros, de los cristianos, que nos adherimos a la compañía de los Doce y que procuramos vencer el mal a fuerza de bien; muchas veces es poco lo que podemos hacer –una simple sonrisa, un gesto de cariño, una palabra amable–, pero es lo suficiente para que la Providencia se sirva de ello y hiera al dragón, a la serpiente maligna, a Smaug. Incluso en ocasiones se sirve de nuestra propia debilidad para hacer su voluntad; por eso el hobbit, cuando es puesto en duda por los enanos por su evidente cobardía e ineptitud, sabe responder: «Sé que dudas de mí, sé que siempre has dudado; y es cierto: a menudo pienso en mi tierra, pienso en mis libros, en mi sillón, mi jardín… Soy de Bolsón Cerrado: es mi hogar. Por eso he vuelto, porque vosotros no tenéis un hogar: os lo arrebataron, pero espero poder ayudaros a recuperarlo». Dios cuenta con esa pequeña resolución; él hace el resto.

[1] Recordemos que Tolkien era profesor de Literatura en la prestigiosa Universidad de Oxford.

[2] De hecho, en este estadio del relato, el anillo no representa todavía la tentación del demonio, sino que es un mero eco del mito de los nibelungos, por el que Tolkien sentía verdadera devoción.  

[3] El legendarium de Tolkien es el conjunto de libros, apuntes e ideas que este elaboró para enmarcar historiográficamente sus narraciones. La mayoría de todos estos elementos se encuentra en El Silmarillion, aunque también podemos encontrarlos en los diversos estudios publicados de manera póstuma por su hijo Christopher (por ejemplo, en los Cuentos inconclusos, que mencionaremos más adelante).

[4] En opinión de Tolkien, Cristo es el mito verdadero. Para él, todos los mitos de la Antigüedad tienen unas líneas narrativas comunes; esas mismas líneas son vividas por Cristo, pero con una diferencia: mientras que aquellos no ocurrieron realmente, el de Cristo sí.

[5] Que sí, que ya sé que Thorin es arrogante y hasta malvado en algunas ocasiones, y que incluso después peca de avaricia y muere en la última película (y no resucita)… Pero acordaos de que estamos hablando de metáforas literarias o míticas, no de trasposiciones literales.

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