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El Papa: “Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana”

Vatican Media
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El Papa Francisco rezó ayer el ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano, en un día en el que, a pesar de la lluvia, se pudo ver algo más de gente en la Plaza de San Pedro.

“Dios no tiene miedo de nuestra alma herida por tantas maldades, porque nos ama, nos invita. Y la Iglesia está llamada a ir a las encrucijadas de hoy, es decir, a las periferias geográficas y existenciales de la humanidad, esos lugares marginales, esas situaciones en las que se encuentran acampados y viven fragmentos de humanidad sin esperanza”, dijo el Papa comentando el evangelio dominical.

“Se trata de no apoltronarse en las formas cómodas y habituales de evangelización y testimonio de la caridad, y de abrir las puertas de nuestro corazón y de nuestras comunidades a todos, porque el Evangelio no está reservado a unos pocos elegidos”, señaló Francisco.

“También los que viven al margen, incluso los rechazados y despreciados por la sociedad, son considerados por Dios dignos de su amor”, afirmó el Pontífice. Dios prepara su banquete “para todos: justos y pecadores, buenos y malos, inteligentes e incultos”.

Sin embargo, añadió el Papa, “sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana. Todo es gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría: “Gracias, Señor, por haberme dado este don””.

Les ofrecemos las palabras del Papa durante el Ángelus, publicadas por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con el relato de la parábola del banquete nupcial, del pasaje evangélico de hoy (cf. Mt 22, 1-14), Jesús perfila el proyecto que Dios ha pensado para la humanidad. El rey que «celebró el banquete de bodas de su hijo» (v.2) es la imagen del Padre que ha preparado para toda la familia humana una maravillosa fiesta de amor y comunión en torno a su Hijo unigénito. Hasta dos veces el rey envía a sus siervos a llamar a los invitados, pero estos rechazan la invitación, no quieren ir a la fiesta porque tienen otras cosas que hacer: el campo, los negocios. Muchas veces también nosotros anteponemos nuestros intereses y las cosas materiales al Señor que nos llama —y nos llama para una fiesta. Pero el rey de la parábola no quiere que la sala esté vacía, porque desea regalar los tesoros de su reino. Dice, pues, a los siervos: «Id a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (v.9). Así se comporta Dios: cuando es rechazado, en lugar de rendirse, relanza y manda llamar a todos los que están en los cruces de los caminos, sin excluir a nadie. Nadie está excluido de la casa de Dios.

El término original que utiliza el evangelista Mateo se refiere a los límites de los caminos, es decir, esos puntos donde terminan las calles de la ciudad y comienzan los senderos que conducen al campo, lejos de las zonas habitadas, donde la vida es precaria. A esta humanidad de las encrucijadas es a la que el rey de la parábola envía a sus siervos, con la certeza de encontrar personas dispuestas a sentarse a la mesa. Así, la sala del banquete se llena de “excluidos”, los que están “fuera”, de aquellos que nunca habían parecido dignos de asistir a una fiesta, a un banquete de bodas. Al contrario: el amo, el rey, dice a los mensajeros: “Llamad a todos, buenos y malos. ¡A Todos!”. Dios también llama a los malos. “No, soy malo, he hecho tantas…”.Te llama: “¡Ven, ven, ven!”. Y Jesús iba a almorzar con los publicanos, que eran los pecadores públicos, eran los malos. Dios no tiene miedo de nuestra alma herida por tantas maldades, porque nos ama, nos invita. Y la Iglesia está llamada a ir a las encrucijadas de hoy, es decir, a las periferias geográficas y existenciales de la humanidad, esos lugares marginales, esas situaciones en las que se encuentran acampados y viven fragmentos de humanidad sin esperanza. Se trata de no apoltronarse en las formas cómodas y habituales de evangelización y testimonio de la caridad, y de abrir las puertas de nuestro corazón y de nuestras comunidades a todos, porque el Evangelio no está reservado a unos pocos elegidos. También los que viven al margen, incluso los rechazados y despreciados por la sociedad, son considerados por Dios dignos de su amor. Él prepara su banquete para todos: justos y pecadores, buenos y malos, inteligentes e incultos. Ayer por la tarde logré llamar por teléfono a un anciano sacerdote italiano, misionero de la juventud en Brasil, pero siempre trabajando con los excluidos, con los pobres. Y vive su vejez en paz: quemó su vida con los pobres. Esta es nuestra Madre Iglesia, este es el mensajero de Dios que va a las encrucijadas.

Sin embargo, el Señor pone una condición: llevar el traje de boda. Y volvemos a la parábola. Cuando la sala está llena, llega el rey y saluda a los invitados de última hora, pero ve a uno de ellos sin el traje de boda, esa especie de chal que cada comensal recibía como regalo en la entrada. La gente iba como estaba vestida, como podía estar vestida, no iba con vestidos de gala. Pero a la entrada recibían  una especie de chal, un regalo. Ese hombre, al rechazar el regalo, se ha excluido a sí mismo: por lo que el rey no tiene otra opción que echarlo. Este hombre había aceptado la invitación, pero luego decidió que no significaba nada para él: era una persona autosuficiente, no tenía deseos de cambiar o de dejar que el Señor lo cambiase. El traje de boda —ese chal— simboliza la misericordia que Dios nos da gratuitamente, es decir, la gracia. Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana. Todo es gracia. No basta con aceptar la invitación a seguir al Señor, hay que estar dispuestos a un camino de conversión que cambia el corazón. El hábito de la misericordia, que Dios nos ofrece sin cesar, es un don gratuito de su amor, es precisamente la gracia. Y requiere ser acogido con asombro y alegría: “Gracias, Señor, por haberme dado este don”.

Que María Santísima nos ayude a imitar a los siervos de la parábola evangélica y salir de nuestros esquemas y estrechez de miras, anunciando a todos que el Señor nos invita a su banquete, para ofrecernos la gracia que salva, para darnos su don.

4 comentarios en “El Papa: “Sin la gracia no se puede dar un paso adelante en la vida cristiana”
  1. Decir “Todo es gracia” no es correcto. Están la gracia y la libertad, las dos. No podemos olvidar ninguna de ellas.
    Además sorprende que quien afirma que no hay que hacer proselitismo, después diga: “No apoltronarse en las formas cómodas y habituales de la evangelización”. Precisamente la Iglesia debe volver al fervor misionero de otros tiempos, cuando se buscaba la conversión de las almas.

    1. El proselitismo NUNCA. La “Santa coacción” – expresión que viene en cierto libro de espiritualidad español – nunca se debe ejercerse. Tiene que ser la propia persona la que vea con nuestra conducta una plausible alternativa. Lo otro es propio de sectas. Consiguen más adeptos en principio pero menos convencidos, sufren mucho y no perserveran.

      1. Me temo que ignoras tanto el significado del vocablo proselitismo como de la santa coacción.

        Camino 387

        El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos:

        La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza*.

        * San Josemaría se sirve aquí tres veces de un recurso literario, el oxímoron (alianza de palabras contrarias o contradictorias), para explicar de modo expresivo que la búsqueda de la santidad no está reñida con la energía.

        1. Con “santa coacción” anima al lector a plantearse, desde el pleno respeto de la libertad personal, su responsabilidad apostólica respecto de quienes tiene a su alrededor, haciéndose eco del Evangelio: “Sal a los caminos (…) y obliga a entrar” (Lc 14,23). Con “santa intransigencia” espolea a defender la propia fe, con energía y mansedumbre, como una cuestión de coherencia cristiana. Con “santa desvergüenza” invita a no preocuparse excesivamente de que se perciban las propias limitaciones, y a no ocultar la condición de cristiano cuando el ambiente social es hostil a la fe.

          En las tres expresiones, pues, el adjetivo “santa” modifica el significado del sustantivo al que califica, y es fundamental para entender la intención de san Josemaría. Por lo demás, de la lectura del conjunto de Camino resulta claro que la virtud más importante —la que hace “santas” a la coacción, la intransigencia y la desvergüenza— es la caridad (cfr. Camino, 369, 463)

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