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Fabrice Hadjadj: “Ayer admirábamos el beso a los leprosos. Hoy promovemos el distanciamiento”

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La pandemia parece volver con más fuerza y las medidas sanitarias se multiplican de nuevo. Llevar mascarilla y animar a las interacciones virtuales (teletrabajo, reuniones de familia por videoconferencia) alimentan la reflexión del filósofo.

(Le Figaro)- ¿Qué revela esta transformación momentánea de nuestra vida social, de las relaciones íntimas que emprendemos con nuestro trabajo, nuestros amigos, nuestra familia y los lugares más habituales de nuestra existencia? Fabrice Hadjadj ve el indicio de un vuelco permitido por la tecnología digital y el triunfo de la era de los data: para él, a fin de cuentas, el virus no ha hecho más que acelerar un proceso que ya estaba en marcha. Si la emergencia nos presiona a aceptar por ahora estas medidas, esto no es óbice para esperar, en cuanto dejemos atrás la epidemia, que sepamos habitar de nuevo con ardor las oficinas, las aulas o incluso los jardines públicos que hemos tenido que abandonar. A día de hoy, aún estamos desconfinados, pero sometidos a gestos de distanciamiento, a llevar la mascarilla y a restricciones de acceso a los lugares públicos. ¿Teme usted que acabemos acostumbrándonos a este mundo sin rostros y sin contacto? Por desgracia, nuestra hiperadaptabilidad hace que nos acostumbremos a todo. Hubo en el pasado tribus en las que se trepanaba el cráneo, o en las que se incrustaba un gran disco en el labio inferior, o en los que se observaban rituales obligatorios: saludos a distancia en los que se daban dos pasos adelante, tres atrás y un medio paso a la derecha. Más allá de su evidente utilidad, la mascarilla y el gel hidroalcohólico pueden ser considerados como los adornos de una nueva tribu exótica. De hecho, entre nosotros existe, antes de la búsqueda de la utilidad, una comprensión simbólica del mundo. Ahora bien, estamos ofreciendo los símbolos de una relación con el mundo funcional, que quiere ser a la vez hedonista e higienista. Es bastante paradójico que hombres enmascarados se indignen de una mujer que lleva velo en la Asamblea nacional. La mascarilla obligatoria para todos, con su rechazo de la responsabilidad personal y su creencia en una enfermedad única, ¿no demuestra también un fundamentalismo? A decir verdad, se opone menos al burqa que al penacho, que fue el símbolo de otra época. Antes del casco de camuflaje, había el chacó con plumas rojas y blancas que, desde un punto de vista utilitarista y sanitario, es totalmente absurdo, porque es un objetivo mejor para el tirador que tienen enfrente. Y sin embargo, en 1914 de nuevo, militares de la Escuela de Saint-Cyr prometieron combatir en uniforme de gala, con el penacho y los guantes blandos, no buscando con ello conservar su vida, sino exponerla. Con ello pretendían manifestar su honor, es decir, que no luchaban por su interés, sino por un bien por el que valía la pena poner en peligro la propia vida, incluso a costa de ser un mejor objetivo. La mascarilla del personal sanitario de primera línea coincide con el penacho y es emotivo por la amamos, a la antigua usanza. Pero hay que temer que estemos en un mundo en el que el penacho nos parezca ridículo para siempre, en el que el heroísmo se ha convertido en algo casi imposible. Tal vez sea lo que ha ocurrido desde la Gran Guerra, justamente. Ciertos hombres partieron con espíritu de caballería y se encontraron cara a cara con máquinas que hacían llover acero. Los soldados de Saint-Cyr con el casoar [nombre específico que se da a las plumas que adornan la parte superior del quepis] fueron masacrados en un periquete en los primeros meses del conflicto armado. ¿Qué puede el valor en la era de los drones y los algoritmos? Entonces, en lugar del penacho, la FFP2 sería el último adorno de un tiempo marcado por la obsolescencia de la valentía.

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Pero ¿cómo encontrar una justa medida, protegerse y proteger a los demás sin que triunfe una forma de individualismo solitario? En el heroísmo que acabo de evocar, hay una asimetría fundamental. Estoy dispuesto a poner en riesgo mi vida para proteger la vida del otro. Esta es la razón por la que Levinas habla de la relación al otro como «vida peligrosa» y «bonito riesgo que hay que correr». En las circunstancias actuales, todo se invierte. Yo protejo mi vida para evitar exponerme al otro. Yo no amo a mi prójimo como a mí mismo, sino que me amo a mí mismo como mi prójimo y espero, por mi salvación, que el prójimo se quede lejos, porque no sé cuántos gérmenes transporta con él. Ayer admirábamos el beso a los leprosos. Hoy promovemos el distanciamiento. Existe, sobre todo, esta figura terrible del «portador asintomático», por lo que todos los besos son besos de Judas. Sin embargo, sería un error caer, por reacción a la cuarentena, en la apología del riesgo. El cobarde no se redime convirtiéndose en temerario. Se trata de pasar a otro plan, de reconocer que la vida humana, en sus dimensiones más profundas, está siempre más allá del riesgo y del éxito. El riesgo, como el éxito, están relacionados con un objetivo que nos hemos fijado de antemano. Es riesgo lo que me impide alcanzar ese objetivo. Es éxito el hecho de haberlo alcanzado. Ahora bien, nuestras experiencias más profundas no dependen de estas categorías vinculadas a la planificación. Conocer la verdad no es una ventaja evolutiva, no es ni un riesgo ni un éxito. Y si nos enamoramos, si tenemos hijos, es a la vez el éxito más grande y el riesgo más grande, porque esto no revela la simple logística del cálculo, sino la lógica de la vida. La desmaterialización de las relaciones sociales estaba ya en marcha antes de la epidemia, que ha acelerado algunas transformaciones (teletrabajo, videoconferencias, enseñanza a distancia). Los ecologistas tal vez se alegran de esta oportunidad de reducir los desplazamientos y, por tanto, de las emisiones de carbono, pero el antropólogo ¿no debe lamentarse por esta virtualización de las relaciones humanas? Lo que usted llama desmaterialización es una rematerialización escondida, con data centers, cableado bajo los océanos, centrales nucleares, fábricas en China y minas en el Congo, grandes empresas como Google o Netflix; es decir, una estandarización y una comercialización mundial de las relaciones sociales bajo la especie de la libertad individual de «one-click». Durante la gripe de Hongkong, en 1968, que causó un millón de muertos, los gobiernos no confinaron y respondieron de modo distinto al drama de la epidemia. Lo que ha hecho posible para nosotros hoy el consentimiento al confinamiento, lo que ha uniformado todas las políticas, es el imperio de internet. Tenemos miedo al «contacto», pero nuestros «contactos» ya estaban en nuestros móviles. Internet no es más que un medio de telecomunicación, pero es también una cierta representación de la realidad. El Covid-19 no es la peste negra. Es el microbio viral más que lo digital viral: recuento de los casos difundidos en la red, epidemiología preventiva que se apoya sobre una modelización probabilista y estadística. Los big data y la inteligencia artificial ya han llegado al poder. Podemos reducir la información del mundo a datos, es decir, a una base de datos que hay que tratar para encontrar una solución óptima a un problema. Pero antes que la información como data [datos], está la información como donulam [don]. Ciertamente, es una cuestión metafísica: una cierta gratuidad está en la base de la existencia, y esta gratuidad es tanto la de lo absurdo como la de la gracia. Pero es también una cuestión ética: si el origen de todo está en un don, entonces yo debo, más allá de lo utilitario, entrar con los demás en una comunidad de miseria (porque no tengo nada que no haya recibido antes) y de misterio (porque yo no sé la razón de este don que no he merecido). Tomemos el trabajo: implica obligatoriamente algo de utilitario, productivo, y si funciona tan bien a distancia, no hay problema… Pero está también el hecho de trabajar con esas personas, de existir juntos en el mismo tiempo y el mismo lugar, en una suerte de comunidad de destino. Sin la proximidad, los mosqueteros pueden ser eficaces, pero no puede ser amigos. Sucede lo mismo con la enseñanza: transmitimos el saber, sin duda, pero también hacemos experiencia del encuentro con el maestro y los condiscípulos, puesto que no se trata solo de aprender algo, sino de convertirse en alguien. ¿Por qué cree usted que no se puede enseñar a distancia, mientras algunas de sus conferencias han tenido éxito en YouTube? Con YouTube, la enseñanza es imperfecta. Platón desconfiaba de los libros, que hablan mientras nadie habla ni responde. Hablar, no es solo decir algo sobre algo, sino decirlo de alguien a alguien, en un diálogo que puede convertirse en pugilato, pero que también puede encaminarse a una conversación amigable, en la que se habla de fruslerías, o se evoca la lluvia y el buen tiempo, el sabor del whisky, la música de Mozart, eso que no sirve absolutamente para nada, más que para gozar juntos, en una gratuidad que se siente como una gracia. En el pasado mes de mayo, Andrew Cuomo, el gobernador de Nueva York, se asombraba de que aún existieran edificios escolares y se jactaba de «reimaginar la educación» con Bill Gates. El 14 de septiembre, en su discurso a los «expertos en la tecnología digital», Emmanuel Macron hacía apología del 5G y no temía presentar la crisis actual como una «oportunidad [para] acelerar las transiciones que había en marcha». En la misma frase invocaba una «necesidad antropológica» y la «disponibilidad de los mercados para invertir». Es aquí cuando siento no haber estado ante él para iniciar un diálogo socrático, para verificar si realmente pensaba lo que decía. Estoy seguro que, en el fondo, él sabe que lo esencial sucede en 0G. Pero entonces, ¿no hay que alegrarse, a pesar de la desaparición de los lugares públicos, de este aumento en el interés por la propia casa, de este volver a centrarse en los nuestros? Habrá una odisea de la pandemia en la que, después de la peste y la guerra, Ulises vuelve a Ítaca y encuentra a Penélope en la cama que él talló en la raíz bien arraigada de un viejo árbol. Tal vez será así para un cierto número de privilegiados, que aún conocen el arte de la mesa y de la cama, y saben contar historias delante de la chimenea (es para reaprender a contar la vida, y no solo los muertos, por lo que he escrito una saga para la juventud, LAttrape-Malheur). Pero hay que admitir que con las pantallas a veces estamos separados estando bajo el mismo techo y que este volver a centrarse es, a menudo, un descentrarse hacia lo virtual. Por otra parte, el interés que usted menciona supone tener un hogar, digamos incluso una casa con jardín y no un apartamento de una habitación en una «ciudad». El confinamiento ha agravado con violencia las desigualdades de la vivienda. Los lugares públicos, condición de una vida política concreta, son los del encuentro con el prójimo que no es un cercano [familiar o amigo], y por tanto una aventura de igual a igual, alrededor del área de juego de los niños, o bajo la estatua del Otoño, en el jardín de las Tullerías, en París. Publicado por Paul Sugy en Le Figaro. Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

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