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“¿El pontificado de Francisco? Clínicamente acabado”. Entrevista a Roberto de Mattei

Vatican Media
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El coronavirus y las diversas consecuencias que ha tenido sobre la sociedad, la situación política italiana y mundial, el pontificado de Francisco. Amplia entrevista de Duc in altum al profesor Roberto de Mattei, historiador de la Iglesia y de las ideas religiosas, presidente de la Fundación Lepanto y director de Radici cristiane y Corrispondenza romana.

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Profesor, ¿cómo ve este 2020, año del coronavirus?

Como el año de un gran cambio. Limitémonos a un único ejemplo: los viajes del papa. Todos ellos se han suspendido, desde el que tenía que hacer a Argentina, donde se tenía que reunir con el nuevo  presidente Alberto Fernández, al que tenía que hacer a Pekín (aún sin fecha), para solemnizar el acuerdo con el régimen comunista chino. Los viajes han tenido un papel decisivo en la estrategia de comunicación del papa Francisco, que en siete años ha hecho 31 a 49 países distintos: viajes con un gran significado simbólico, como el que hizo a la isla de Lesbos, o a Abu Dhabi. Durante sus viajes ha pronunciado frases que han entrado en la historia, como su célebre: «¿Quién soy yo para juzgar?». Ahora, incluso está cerrado el despacho de los viajes pontificios, y no se prevén nuevos viajes del papa hasta 2022. Por otra parte, la plaza San Pedro está vacía, y ni las imágenes televisivas del papa Francisco, ni sus libros y entrevista atraen la opinión pública. El coronavirus ha dado el golpe de gracia a su pontificado, que ya estaba en crisis. Sea cual sea el origen del virus, esta ha sido unas de sus principales consecuencias. Utilizando una metáfora, creo que el pontificado de Francisco está clínicamente acabado.

Sin embargo, el 3 de octubre el papa difundirá su tercera encíclica, «Fratelli tutti. Sulla fraternità e lamicizia sociale», considerada su documento programático para afrontar el futuro del mundo.

No es casualidad que el papa firme el documento en Asís. Esto demuestra cuán importante es el contexto simbólico en el que se sitúan sus mensajes. No obstante, no creo que este miniviaje baste para hacer despegar la encíclica desde un punto de vista mediático. En 1989, el año de la caída del Muro de Berlín y del bicentenario de la Revolución francesa, se lanzó a nivel internacional el tema de la hermandad, o “solidaridad”, como si fuera el leit-motiv del futuro. La hermandad universal, que es uno de los principios de la Revolución de 1789, exige un mundo unificado en el que caigan todas las barreras, geográficas y culturales. En cambio, el proceso de mundalización y disolución de las fronteras se ha visto interrumpido por el coronavirus, que ha levantado barreras sanitarias más rígidas e insuperables que los antiguos confines histórico-políticos. También bajo este punto de vista, el virus ha revelado ser un golpe mortal para la estrategia del papa Francisco.

Hablemos ahora del coronavirus. ¿Cuál es su juicio sobre la pandemia?

La pregunta habría que hacérsela a los científicos, que sin embargo no se ponen de acuerdo entre ellos. Hay, ante todo, los virólogos, que son los que estudian en el laboratorio la naturaleza del virus virus, pero que se atreven a admitir la posibilidad de un origen del mismo artificial en el contexto de proyectos de guerra biológica; después están los infectólogos, que se miden con la epidemia en los hospitales, donde la enfermedad cambia según los tiempos y los lugares, haciendo imposible un análisis homogéneo del fenómeno; por último, están los estadísticos y los epidemiólogos, según los algoritmos que se utilizan. Cada una de estas categorías ve el problema desde una perspectiva distinta, transmitiendo a los políticos datos contrapuestos. La consecuencia es que en los distintos países del mundo las estrategias de contención son diferentes. Además, nadie se fía de la Organización Mundial de la Salud, cuyo fracaso en este emergencia sanitaria es análogo al fracaso de la ONU en las emergencias políticas.

A propósito de los políticos, ¿cómo se ha comportado el gobierno italiano? Algunos sostienen que ha instrumentalizado la crisis sanitaria para sus intereses contingentes.

Que el gobierno se ha comportado de manera inadecuada, es un hecho, porque la clase política que nos gobierna es inadecuada. Sin embargo, en mi opinión, también es inadecuada la clase dirigente que se opone el gobierno. Comprendo que todos, tanto a la derecha como a la izquierda, quieran aprovechar políticamente, a su favor, la emergencia causada por el coronavirus, pero precisamente por esto no creo en un plan político organizado. ¿Cómo se puede explicar entonces que en Italia, donde gobierna la izquierda, el virus haya sido útil contra la oposición, mientras que en Estados Unidos, donde gobierna Trump, el virus es útil a la oposición para impedir la reelección del presidente estadounidenses? Me parece que a fecha de hoy falta un estudio comparado de las medidas tomadas por hombres tan distintos como Trump, Bolsonaro, Johnson, Macron, Merkel, Conte, Orban, etc. Un estudio de este tipo sería indispensable para enderezar seriamente la pandemia.

¿Cuál es su opinión sobre el gobierno Conte?

Negativo, naturalmente, pero no peor que la que tengo del gobierno Colombo, que introdujo en Italia en divorcio (1970), o del gobierno Andreotti, que promulgó el aborto (1978), o del gobierno Renzi, que aprobó el matrimonio homosexual (2016). Todos, como Conte, “católicos adultos”, dentro de un proceso de degradación cultural y moral de la clase política italiana. No me asombraría si el gobierno Conte aprobara el decreto contra la homofobia, que se sitúa en línea de continuidad con este recorrido de secularización. La oposición, en este punto, ha fracasado.

¿Y qué pasará en la escuela?

Que habrá un gran caos. Sin embargo, muchos de los que se movilizan ante la desorganización creciente se han quedado callados ante peligros mucho más graves. La aprobación reciente del llamado “Decreto escuela”, por parte de la mayoría del gobierno, lleva consigo la obligatoriedad, a partir del año escolar 2020-2021, de la enseñanza de la denominada “teoría de género”. Esto es mucho peor que la obligación de que los niños lleven mascarilla. El popolo delle mamme [pueblo de las madres] debería multiplicarse para salvar a sus hijos, no de respirar anhídrido carbónico, sino de la intoxicación ideológica a la que serán sometidos sus hijos en el colegio en el año del coronavirus.

¿Cree en la existencia de una “dictadura sanitaria”?

Tenemos que aclarar el término “dictadura sanitaria”. Si se refiere a la imposición por parte de los gobiernos de llevar mascarilla, de tener distanciamiento social o de lavarse las manos con frecuencia, no me parece que se pueda hablar de “dictadura”, sino de simples reglas de prudencia utilizadas en todas las epidemias del pasado, también por parte de esos santos que se dedicaron a tender a los apestados. Si en cambio se refiere a la imposición de reglas a la Iglesia, en lo que respecta a la apertura de los edificios y las ceremonias religiosas, me parece que la utilización del término “dictadura” sea más que legítimo, porque el Estado no tienen ningún derecho de entrar en la esfera eclesiástica, obligando, por ejemplo, a los fieles a comulgar en la mano. Sin embargo, me parece que a menudo se trata más de un autoservilismo de las autoridades eclesiásticas a las políticas más que una imposición del Estado. Ante estas disposiciones, que difunden irreverencias y sacrilegios, el católico fiel tiene el derecho y el deber de la objeción de conciencia, a la vez que respeta las leyes del Estado siempre que no transgredan la ley divina, natural o eclesiástica.

¿Cree que estamos ante una psicosis de masa, que hace pensar en una estrategia del terror?

Obviamente existen fenómenos de psicosis de masa. Tenemos la psicosis alimentada por la prensa oficial (periódicos, telediarios), que apuntan al peligro viral, pero también está la psicosis alimentada por muchos blogs que insisten de manera obsesiva en la presencia de planes para exterminar el género humano. Ambos difunden terror en la opinión pública.

¿Una crisis pensada, tal vez, para introducir un gobierno único mundial?

El fin de las fuerzas revolucionarias no es el gobierno único, sino el caos único mundial. Para el marxismo-leninismo, por ejemplo, la “dictadura el proletariado” no es el fin, sino el medio. El fin es la sociedad sin clases, panteísta, anárquica e igualitaria. Los medios pueden cambiar, el fin es siempre el mismo. En este sentido, la consecuencia más grave del coronavirus me parece que sea la pérdida del sentido crítico y una confusión de las mentes cada vez más difundida.

¿Un plan preorganizado?

Creo en la existencia de conspiraciones en la historia. El hombre, como ser social, tiende a asociarse y, dado que está herido por el pecado original, se asocia no solo para el bien, sino también para el mal. La característica de los malvados —no es casualidad que se les llame “hijos de las tinieblas”—, es la de reunirse en secreto para esconder sus maniobras. Por este motivo, los papas siempre han condenado las sociedades secretas, empezando por la masonería. Precisamente porque creo en las maniobras de los hijos de las tinieblas, pienso que es necesario ser muy prudentes cuando se denuncian los planes diabólicos sin tener pruebas. Cualquier hipótesis es lícita, pero es necesario prestar atención antes de transformarla en certeza absoluta.

¿Cree que hay algo diabólico en la pandemia?

Indudablemente. En la historia actúan criaturas racionales, hombre y ángeles. Y los ángeles caídos, los demonios, hoy tienen un papel importante en el avance del proceso revolucionario, sobre todo a través de la guerra psicológica. La anarquía mental tiene algo de diabólico. Pero a los demonios se opone María, Reina de los ángeles y Señora de la historia. La Virgen de Fátima prometió el triunfo final de su Corazón Inmaculado. Nosotros combatimos con esta esperanza que, con la ayuda de Dios, nadie podrá extirpar de nuestros corazones.

Publicado por Aldo Maria Valli en su blog Duc in altum.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

15 comentarios en ““¿El pontificado de Francisco? Clínicamente acabado”. Entrevista a Roberto de Mattei
  1. Gracias Infovaticana. Les ruego un paso más: Publiquen la entrevista de Marco Tosatti a Carlo María Viganó. No tiene desperdicio. Es de los pocos prelados que se atreven a afrontar y confrontar al pensamiento único, la dictadura del pensamiento único abortista, migracionista, globalista, eutanásico, panecumenista y legetebero, que se nos quiere imponer, que se nos va imponiendo suave pero constantemente.

  2. Es historiador, no teólogo. Escribe artículos en base a su pensamiento, pero como sucede en todas las ciencias humanas, uno dice una cosa y otro la contraria y ambos tienen parte de razón. No me gustan las personas que se creen poseedoras de la única verdad, para eso, el único es Cristo. Pero creo que hay que tener pánico a los que piensan que su interpretación de Cristo es la única posible.

  3. Pues yo sigo teniendo fe en Cristo y pienso que esto del Coronavir 19 es un preaviso de lo que nos llega; De aquí que entiendo y no me duermo por lo que pronto no habrá hijo de hombre que pueda decir que ese Dios, en el que tantos de esta nuestra civilización occidental aún creen, deje de tener arte y parte interesada en este asunto de la escatología por Él y sus profetas ya anunciada.

  4. Sin embargo, a pesar de todo, Dios se detuvo en Holanda
    El título es exigente porque, dicho así, no lo dirías: “Dios vive en Holanda”. ¿Pero cómo? ¿En el país europeo que se descristianizó por primera vez? En la tierra donde la prostitución se ha liberalizado por completo, ¿se promueve el cannabis en todos los sentidos? ¿La nación donde la eutanasia y el aborto son fenómenos endémicos? Sin embargo, esta es la intención del cardenal arzobispo de Utrecht Willem J. Eijk (foto abajo), quien confió en la periodista Andrea Galli.

    El libro, que sale estos días en ediciones de Ares, es la historia –a veces desencantada, a veces esperanzada, pero de esa esperanza como virtud cristiana– de cómo se ha reducido la Iglesia en Holanda, pero también de qué son los brotes. que se ven nacer: “La suya es la historia que habla de una Iglesia que fue gloriosa y después del Concilio – que se convirtió en la vanguardia de las aperturas más temerarias – terminó en escombros”, explicó Galli al Timone.

  5. Entonces, en este colapso, ¿dónde puede estar la esperanza? Aquí está: “Si pienso en otras alegrías, recuerdo haber tenido seminaristas en las dos diócesis donde más tarde fui ordenado sacerdote. Todos son holandeses, excepto uno que es colombiano. Tenemos pocas pero buenas vocaciones, incluso de mediana edad. Y si pienso en el futuro, los próximos 50 años, esto me da esperanza y alegría, sabiendo que tendremos un número reducido de sacerdotes, pero los habrá. Se necesitan sacerdotes para celebrar la Eucaristía. Y dar a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús en el Santísimo Sacramento »

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