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“Hoy en día la muerte parece una derrota del sistema de salud”

Con L'Idolâtrie de la vie
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Con L’Idolâtrie de la vie [La idolatría de la vida], el filósofo Olivier Rey vuelve sobre la crisis que acabamos de atravesar. Él ve la prueba de un cambio completo de mirada sobre el sentido profundo de nuestra existencia.

Según usted, en una época distinta a la nuestra, la pandemia que ha puesto al planeta en estado de shock apenas habría cambiado el orden de las cosas. ¿Cómo explica este “cambio de nivel”?

La enfermedad se ha llevado, especialmente, a personas muy mayores o con patología previa. La mayoría de estas personas, en el pasado, ya no estarían vivas. Creo que a las otras víctimas antes no las habríamos distinguido del “ruido de fondo” de la mortalidad general. En consecuencia, el paso del coronavirus no habría suscitado ninguna conmoción. Las dos diferencias principales respecto al pasado son, por un lado, un cambio bastante importante de la pirámide de las edades implicadas y, por el otro, la existencia de un “sistema sanitario” del que esperamos que se ocupe de todos los enfermos.

Han sido estos dos elementos combinados los que han determinado las medidas estrictas de confinamiento, con el fin de impedir que se saturaran los hospitales. Podemos sentirnos contentos de los medios que tenemos a disposición para hacer frente a una epidemia como la provocada por el coronavirus. Sin embargo, tenemos que constatar también esta paradoja: estos grandes medios, que no se pueden comparar a los que tenían los hombres en épocas anteriores, hacen que nuestras sociedades sean también más vulnerables a estos acontecimientos. El coronavirus tiene, sobre ellos, un poder de desorganizar que no existía en el pasado.

En Francia, el gobierno ha bloqueado a todo el país para intentar, cueste lo que cueste, contener lo más posible el número de víctimas. A pesar de ello, las críticas han sido numerosas y candentes. ¿Acaso los franceses son ingratos?

Si bien ha sido solo el Primer Ministro británico, Boris Johnson, el que ha mantenido abiertamente esta postura, la primera idea de los gobernantes era dejar pasar el virus sin tomar ninguna medida en especial, para no dañar la actividad económica. Sin embargo, algunas estimaciones que preveían cientos de miles de muertos en un país como Francia, llevaron a un cambio radical de estrategia: dado que el virus ya se había difundido demasiado para poder individuarlo y asilar a las personas que ya se habían contagiado, la única solución posible, para limitar su difusión, era el “confinamiento” generalizado. El resultado general ha sido modesto: una reacción tardía ha tenido como consecuencia un alto número de muertos, y un confinamiento radical ha causado un daño económico ingente.

Dicho esto, es más fácil saber cuál habría sido el mejor comportamiento a adoptar a toro pasado que no cuando el virus empezaba a manifestarse. Imaginemos que la epidemia no hubiera sido más despiadada que una gripe estacional, como se creyó en un determinado momento: al tomar precozmente medidas drásticas, el gobierno habría sido acusado de “precaucionismo” absurdo. Imaginemos que el confinamiento hubiera sido menos severo: se habría acusado al gobierno de no hacer lo que debía para limitar el número de fallecidos. A medida que se valore la amplitud de las dificultades económicas que el país deberá afrontar, podremos criticar las modalidades de confinamiento responsables de dichas dificultades. Por tanto, es necesario mantener la mesura en las críticas. Esto no impide que algunas sean, ciertamente, fundadas. En 2006, se estableció un plan gubernamental, serio y detallado, de lucha contra una pandemia de gripe. Este plan preveía, entre otros, que la población general debería llevar, en los espacio públicos, mascarillas de tela. Sin embargo, en lugar de instar a los ciudadanos a confeccionarse este tipo de mascarillas que habrían frenado en gran medida la difusión del virus, el gobierno ha preferido decir contra toda evidencia, a fin de no reconocer que faltaban mascarillas, además de la protección necesaria para el personal expuesto y los enfermos demostrados, que las mascarillas no servían para nada, para más tarde hacerlas obligatorias. El crédito que tienen los gobernantes no ha salido muy bien parado con este episodio.

Usted escribe: «La muerte es percibida, hoy en día, como un fracaso del sistema sanitario». ¿Cómo hemos llegado a este punto?

Hace un siglo Rilke escribía: «Antes se sabía (o tal vez se sospechaba) que teníamos en nosotros la muerte, del mismo modo que un fruto tiene su nuez». Hoy en día, la muerte es siempre un accidente que, como tal, debería ser evitado. Nunca han muerto tantas personas de edad tan avanzada; y sin embargo, la muerte por vejez ha desaparecido de la terminología oficial: tenemos que morir siempre de esta o esa enfermedad, de un problema en este o ese órgano. Esto da a entender que si hubiéramos reaccionado antes, si dispusiéramos de tratamientos más eficaces, la muerte se habría podido posponer. Por tanto, la muerte ya no está inscrita en la condición humana, sino que es vista como un fracaso del sistema sanitario. La vida humana ha ganado en longevidad, pero podríamos decir que cada vez termina de manera más tonta.

¿A cuándo se remonta este centrarse en la salud del individuo? ¿Cuál es, en su opinión, la razón profunda?

El hecho de centrarse en la “salud” tiene, por los menos, dos orígenes. El primero es el incremento de los medios para preservarla: nos preocupamos más sobre de aquello en lo que podemos actuar. El segundo está vinculado a lo que Marcel Gauchet ha llamado la salida de la religión, que hay que comprender no como la eliminación de lo religioso, sino como el final de la institución y de la organización de las sociedades y de los espíritus por parte de la religión. Las guerras de religión han mostrado el carácter insuperable de ciertos desacuerdos y las sociedades europeas han tenido que resignarse, para recuperar la paz, a la “tolerancia” religiosa.

Seguidamente, dado que resultaba que ateniéndose a esta tolerancia, se conseguía vivir en paz a pesar de los desacuerdos, las cuestiones religiosas han perdido la importancia que les habíamos acordado precedentemente: la fe se ha convertido en “opinión religiosa”. Si los cristianos afirman, al final del Credo, que esperan la resurrección de los muertos y la vida futura, la “salida de la religión”, en comparación, centra su atención en la vida presente. Las actividades económicas se emanciparán del cuadro en el que habían quedado hasta ese momento “encastradas” para imponer, progresivamente, su lógica a toda la sociedad. La importancia concedida a la vida en su materialidad aumenta y, con ella, la atención dirigida a la salud. Una atención que se siente aún más grande por el hecho de que el cuadro religioso, debilitándose, ha dejado con todo sus huellas: en cierta medida ha habido una transferencia de lo sagrado, de la vida de la que hablaba Jesús cuando decía: «Yo soy la vida», a la vida en el sentido fisiológico del término.

Usted también observa que la definición de la palabra “vida” ha evolucionado muchos a lo largo de los últimos siglos…

¡Es lo mínimo que podemos decir! En las primeras cuatro ediciones del diccionario de la Académie française, de 1694 a 1762, la vida es definida como «la unión del alma con el cuerpo», «el estado en el que se encuentra el hombre cuando su alma está unida a su cuerpo». En la quinta edición, de 1795, las cosas cambian: la vida es ya «el estado de los seres animados hasta que tienen en ellos el principio de sensaciones y movimiento». Las definiciones ulteriores se inscriben en esta línea, como la de Littré (1863), a saber: «el estado de actividad de la sustancia organizada», o la actual del Trésor de la langue française (1994): «El conjunto de fenómenos y funciones esenciales que se manifiestan desde el nacimiento a la muerte y que caracterizan a los seres vivos».

Da vértigo: cuando leemos un texto del siglo XVII creemos que lo comprendemos, pero el significado de ciertas palabras ha cambiado tanto a lo largo del tiempo que lo que comprendemos es tal vez muy diferente de lo que significaba en esa época. Para evitar este tipo de ambigüedades, Philippe Muray desea que los nuevos significados estuvieran también representados por las nuevas palabras. Por ejemplo, proponía, «dejaríamos de hablar de hombres y de mujeres (en una época en la que la diferencia de los sexos es considerada por doquier como un legado reaccionario, es una provocación) para utilizar solo los términos ciptuks y nixhams». Asimismo, «la música, transformada actualmente, para satisfacción de una mayoría de ciptuks y nixhams, en un ruido infernal y omnipresente, se llamaría bouruffe. El matrimonio y la familia, transformados recientemente en atracciones de feria para ciertos reformados “sociales”, se transformarían en glaglaros y ploukozu». Con todo, las feroces militantes de la innovación perpetua dan marcha atrás ante esta revolución del lenguaje, para atenerse a los tímidos ajustes de la escritura inclusiva. ¿Significa, se pregunta Muray, que «desean conservar, como consolación, los nombres de todo lo que han destruido para que nunca se sepa lo que se ha perdido»?

Se sostiene que las nociones en su “nueva forma” son tan venerables como su antigua, cuando la innovación consiste precisamente en retirarles todo lo que podía justificar dicha veneración. Lo mismo sucede con la vida: se afirma que es «el conjunto de fenómenos y funciones esenciales que se manifiestan desde el nacimiento a la muerte» y, al mismo tiempo, que hay que hacer todo para salvarla. Pero ¿por qué motivo “el estado de actividad de la sustancia organizada” merece ser salvada? No se sabe. Nuestra civilización se parece a esos pollos que siguen corriendo durante un instante a pesar de haberles cortado la cabeza.

Usted escribe que, para invertir la tendencia, sería necesario «cultivar un nuevo arte de sufrir y de morir». A un hombre político le parece más sencillo prometer la paz, el poder adquisitivo y el 5G…

Si la soberanía, de la que se habla mucho en estos momentos, supone ser capaz de proveer uno mismo a sus propias necesidades, también reclama tanto el mantenimiento y desarrollo de nuestras capacidades productivas como la imposición de límites a nuestras necesidades, a fin de no depender de lo que escapa a nuestro control. Tomemos el ejemplo del 5G: para que no atente a nuestra soberanía, sería necesario o saberlo extender nosotros mismos, u organizarnos sin él. Algunos avanzan que la explosión del “distancial” permitiría que la sociedad fuera más “resiliente” a una crisis sanitaria como la que acabamos de pasar. Pero ¿qué pasaría en caso de crisis de la red, accidental o provocada? De golpe, la resiliencia implicaría no tener necesidad vital de la red.

Hay que vigilar para no ser más vulnerables en la próxima crisis, protegiéndose contra la que ya hemos tenido. Yo decía que la soberanía exige aceptar ciertos límites. No es el ejemplo dado por quienes quieren un mundo de después más “suave”, liberado de la obsesión económica, sino igualmente por una multiplicación de las camas de reanimación (entre otros), que solo una economía a pleno régimen puede permitir. Si queremos limitar la economía, sería igualmente necesario poner límites a ciertas reivindicaciones. Un mundo en el que los individuos y las comunidades fueran más autónomas sería, igualmente, un mundo en el que se aceptaría la finitud de nuestros medios. No se trata de cultivar un arte de sufrir y morir por sí mismo, sino como parte integrante de  un modo de vivir vidas verdaderamente humanas.

Publicado por Mickaël Fonton en Valeurs Actuelles.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

1 comentarios en ““Hoy en día la muerte parece una derrota del sistema de salud”
  1. El gobierno ha preferido decir contra toda evidencia, a fin de no reconocer que faltaban mascarillas, además de la protección necesaria para el personal expuesto y los enfermos demostrados, que las mascarillas no servían para nada, para más tarde hacerlas obligatorias. El crédito que tienen los gobernantes no ha salido muy bien parado con este episodio.

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