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La muerte nos sienta tan mal

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Nuestros pastores nos han animado en estos tiempos de pandemia a ‘aprender’ de la experiencia del confinamiento y las demás restricciones a nuestra libertad, sacar de ella lecciones útiles y provechosas. Pero lo que personalmente me ha mostrado de la atmósfera, del ‘look & feel’ de la Iglesia de hoy, es algo bastante alarmante. Entre otras cosas, que al católico de hoy le aterran la muerte y el sufrimiento.

“Venga a nosotros Tu Reino”, decimos cada vez que rezamos la oración que el mismo Cristo nos enseñó. Pero, cada vez más, con la boca pequeña, pequeñísima. Salvo, claro, que nos refiramos al Reino en este mundo, en esta ‘casa común’ cuyo cuidado y conservación parece haberse convertido en uno de los pilares de nuestra fe de un tiempo a esta parte.

Piensen en la evolución de las palabras ‘apocalipsis’ o ‘fin de los tiempos’. Si usted las ve escritas o las oye mencionadas, puede estar seguro de que se refieren a algo terrible, indeseable, algo que debemos evitar a toda costa. Exactamente esas mismas realidades por las que los primeros cristianos rezaban fervorosamente. No es un pequeño cambio de matiz, no es un ‘desarrollo de doctrina’: es la perfecta reversión, es lo opuesto.

No es solo que todos tenemos que morir; ni siquiera que debemos tener presente nuestra propia muerte para aprovechar este tiempo de prueba, no: es saber que nada se va a consumar sin ella; que la muerte no es meramente un mal trago inevitable, sino el paso necesario para vivir la vida plena. No importa cuánto nos esforcemos, que sin pasar por la muerte no quedaremos libres del mal y del pecado.

Siendo la muerte nuestro destino, y no solo en el sentido cronológico de final sino también en el sentido de finalidad, llama poderosamente la atención el descuido de esta realidad en los mensajes de nuestros pastores. Los Novisimos, las realidades sobrenaturales que nos esperan al otro lado, la muerte, el juicio, el cielo, el infierno, el purgatorio, son extrañamente ignoradas en la prédica común, como si se tratase de aspectos de importancia menor o, peor, como si fuesen fábulas de viejas que avergüenzan a esta ‘Iglesia adulta’.

Pero el cristianismo no se extendió como un fuego en un lago de petróleo porque los cristianos predicaran que Dios es Amor. El cristianismo no nació en un entorno salvaje de creencias monolíticas, sino en ese bazar de filosofías y cosmovisiones que fue el Imperio Romano del siglo I, donde surgían como setas cultos y religiones y filosofías que parecían cubrir todas las tendencias del carácter humano. La idea de que Dios es amor y de que hay que amar al prójimo hubiera sido juzgada como una interesante teoría cosmológica y ocupado un nicho más en aquella batahola.

Pero no fue así, porque lo que se predicaba era bastante más alarmante: unos tipos de un rincón de Judea aseguraban que su Maestro, un hombre de carne y hueso con quien habían convivido tres años, había muerto y luego lo habían visto vivo. Eso sí marcaba una diferencia considerable.

La Resurrección de Cristo, prefiguración de la nuestra, es la base de nuestra fe. Sin ella, como recordaba San Pablo, somos los más desgraciados de los hombres; pero con ella tenemos la garantía no solo de que la muerte no es el final -algo en lo que creía ya casi todo el mundo-, sino que lo que nos espera al otro lado no es un mero remedo de la vida en la tierra, es la verdadera consumación, la liberación definitiva del pecado y el mal.

Lo que hemos visto durante esta pandemia es que esta creencia, que para nuestros antepasados fue la base, se ha oscurecido hasta la insignificancia. La reacción generalizada de nuestra jerarquía ha sido tan timorata y asustadiza que es difícil no concluir que ese “¡Ven, Señor!”, esa esperanzada espera de la Parusía, son ascuas que en muchos se han convertido ya en frías cenizas.

23 comentarios en “La muerte nos sienta tan mal
  1. Pues es divertido pensar que por otro lado les acusan precisamente solo de predicar sin preocuparse la justicia… Lean como botón de muestra: “Por supuesto, todos sabemos muy bien que los obispos no son el oráculo de Delfos, ni tienen por qué dar la respuesta esperada y deseada a problemas cuya solución no depende de ellos. Pero, en todo caso y con todas las presiones que haya que hacer en una situación tan compleja como la que estamos viviendo, lo que yo me pregunto es por qué los obispos hablan, dan doctrina, denuncian, acusan, protestan y exigen responsabilidades, cuando lo que está en juego son asuntos relacionados con el sexo. Y se callan – o se limitan a decir generalidades – cuando los problemas que se plantean se refieren a la justicia”.
    O sea, que hagan lo que hagan y digan lo que digan… algunos no van a estar contentos nunca… ni a un lado ni al otro. Pobres…

  2. Estamos en un momento en que Dios y sus cosas, parece que no interesan mucho en los mundos del Vaticano y se olvidan de este pequeño detalle incluso en los documentos oficiales. Nos atrevemos a pensar que la actual administración del Vaticano se ha volcado de lleno en la creación de la ‘religión universal’ que los hermanos masones llevan buscando y predicando desde hace siglos. Esperan que en este primaveral y paradisiaco nuevo orden de las naciones ocupen el lugar que corresponde a los santones del nuevo credo. Specola.

  3. Descubrí el domingo pasado, con cierta indignación, como la parte de la lectura del evangelio de ese día había sido cercenada justo en el momento en el que hablaba del castigo eterno, el lago de fuego y el llanto y rechinar de dientes. Don Belzunegui y tal vez algún otro comentarista más dijeron que en su parroquia había sucedido lo mismo, luego no fue una ocurrencia de un sacerdote, sino algo más general. Porque la existencia del Infierno, las almas torturadas eternamente, es algo que perturba todo el discurso modernista, tan actual en la Iglesia postconciliar. No pueden enfrentarse a esta realidad teológica, inventan todo tipo de maniobras para eludir la evidente falsedad de su postura y creencia. La primera artimaña es, simplemente, no nombrarlo. Cuando eso resulta imposible, decir que está vacío. Cuando tampoco pueden sostener esa afirmación, decir que sólo van allí los que voluntariamente quieren ir porque no soportan a Dios. De la mentira por omisión a la mentira abierta.

    1. En muchos evangelios dominicales se da la opción de una lectura larga y otra corta del mismo. Creo que es el caso. Aunque yo soy partidario de leer la larga, siempre se puede recortar la homilía.

  4. Artículo toca elemento central de nuestra Fe.
    Estamos en la Tierra y es un hecho que estamos en dualidad ;el bien y el mal.
    Dios interviene en nuestra historia personal para con su luz comprender el misterio del mal y desde la fuerza del Bien ;que es Dios corregirnos y liberar nuestra alma.
    Moriremos en el cuerpo ;realidad para todos y el alma irá ante Dios para ser examinada de toda su vida y se le dará el destino merecido.
    La Escatología trata de la muerte; del juicio ;del infierno y de la Gloria.
    Jesucristo ha vencido y ahora nosotros estamos luchando en nosotros contra el mal y cada uno con el suyo.
    No es fácil por el dolor y sufrimiento y morir a tantas realidades o la muerte de un hijo joven ;y el mayor sufrimiento es los que estamos de este lado.
    Este virus nos sitúa; nos enferma; y debemos aprovechar este tiempo para convertirnos de nuestro mal al Bien Supremo.Jesus Cristo nos acompaña; descendió a los infiernos .

  5. “Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final –porque esto sucederá– los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. Lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad” (1 Cor 15, 51-53). Por supuesto, hablamos sólo de la muerte del cuerpo, puesto que el alma es inmortal.

  6. Quien haya leído el memorial de agravios de los obispos brasileños contra Bolsonaro se dará cuenta de lo que explica el articulista hoy. Mucho “construir el Reino acá, ahora”, “diálogo”, “datos científicos”, “discernimiento”, “opción preferencial por los pobres”. Nada de trascendencia. Somos ‘cristianos’ mientras vivimos, después de muertos no se sabe (para nuestros jerarcas, claro está)
    Me recuerdan la parábola de los arrendatarios de la viña.

  7. Si, parece como si quedarse en este mundo for ever, fuera el mejor plan. Me sorprenden profundamente los que se sienten bien aqui en nuestra sociedad, y saben ser felices con las cosas de este mundo, y no añoran una vida mejor. Parece como si vivieramos en un paraiso personal, fabricado con todo aquello que nos pueda atontar, para ser siempre felices.
    Una cosa es el natural miedo a la muerte, y otra cosa es el espeluznante escapismo de ella.
    «NOS HICISTE, SEÑOR, PARA TI, Y NUESTRO CORAZÓN ESTÁ INQUIETO, HASTA QUE DESCANSE EN TI» S. Agustin.
    En nuestro caso, parece que no solo esta inquieto, está drogado, y no tiene ninguna gana de descansar en Ti. Esta pandemia parece que solo nos ha dejado miedo, pero no del bueno, el que nos hace cambiar de vida…Como “no es un castigo”, ni una advertencia, hay algunos, y creyentes que ni siquiera admiten que Dios lo haya permitido, pues sigamos igual, pero con mascarilla ¡¡¡

  8. Los sacerdotes, obispos y cardenales, siguen dando la unción de enfermos a quienes se lo piden. Eso creo.

    Igual ahora que hace dos mil años, aunque ahora no se estila hablar de los Novísimos. El hombre sigue siendo igual: alma y cuerpo.

  9. Reflejo de lo explicado en el artículo, es el desarrollo modernista de los funerales. Ahora mas parecen una ceremonia de beatificación, donde el difunto, aunque el cura oficiante no lo haya conocido en su vida, ya sabe que está ya en el cielo, disfrutando de la presencia de Dios.
    Recuerdo al respecto, un funeral en un pueblo de la Alpujarra, cuando el párroco que celebraba el funeral, se le ocurrió decir a los asistentes, entre las que se encontraba la viuda, que rezaran mucho por la salvación del alma del difunto, por que había tenido una vida poco cristiana. A la viuda y demás familiares, les dio un ataque de nervios, interrumpieron la misa, e insultaron al sacerdote, ya que según ellos, el difunto estaba en el cielo, seguro, por que el lo vale y punto. No contentos con eso, le pusieron una denuncia en la curia, y el arzobispado le abrió un expediente.
    Es la misericorditis forzosa. El que no tenga sensación de ser un humilde pecador, es que probablemente nunca entrará en el cielo.

  10. Reflejo de lo explicado en el artículo, es el desarrollo modernista de los funerales. Ahora mas parecen una ceremonia de beatificación, donde el difunto, aunque el cura oficiante no lo haya conocido en su vida, ya sabe que está ya en el cielo, disfrutando de la presencia de Dios.

    Recuerdo al respecto, un funeral en un pueblo de la Alpujarra, cuando el párroco que celebraba el funeral, se le ocurrió decir a los asistentes, entre las que se encontraba la viuda, que rezaran mucho por la salvación del alma del difunto, por que había tenido una vida poco cristiana. A la viuda y demás familiares, les dio un ataque de nervios, interrumpieron la misa, e insultaron al sacerdote, ya que según ellos, el difunto estaba en el cielo, seguro, por que el lo vale y punto. No contentos con eso, le pusieron una denuncia en la curia, y el ar zobispado le abrió un expediente

    1. Cuanto más seguro se está de la salvación, seguramente más lejos se está de ella, Solo cuando uno se siente un humilde pecador, es cuando puede acceder al cielo. Para ello se debe renunciar a la vanidad y a las miserias de la vida.

      Por eso entiendo el miedo que tiene la jerarquía impía a la muerte, ninguno de ellos se sienten pecadores, se sienten justificados por la cara, se la han impuesto a Dios, por que ellos lo valen en su soberbia, no necesitan por tanto la misericordia y el perdón de Dios. Ellos son los nuevos dioses del averno.

      Carlismo Rebelde

    1. La ciencia más acabada
      es que el hombre en gracia acabe,
      pues al fin de la jornada
      aquel que se salva sabe
      y el que no, no sabe nada.
      En esta vida prestada
      lo bien obrar es la llave,
      aquel que se sala sabe,
      el otro no sabe nada”
      ~San Francisco Javier~

  11. Pues a mi si lo que me sabe mal es el vivir esta vida carente de sentido; lo que me debe de saber bien es tener que terminar con este mal vivir que es el morir.

    Dicho sea me va aquello de que: Tan alta vida espero que muero porque no muero.

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