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El arzobispo de París carga contra la vuelta del proyecto de ley de bioética

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En una tribuna publicada en Le Figaro, mons. Michel Aupetit protesta contra la voluntad del ejecutivo de hacer adoptar de manera definitiva el proyecto de ley de bioética antes de las vacaciones parlamentarias.

(Le Figaro)- Sin escrúpulos, justo en el momento en el que nuestro país acaba de atravesar una crisis sanitaria que lo ha dejado postrado, la prioridad del gobierno es que la Asamblea Nacional adopte el proyecto de ley de bioética, que conlleva cambios considerables que modifican grave y peligrosamente los cimientos de cuanto construido por nuestra civilización en lo que concierne al respeto del hombre, su dignidad, su vida y su salud. A pesar de que hay que posponer o reconsiderar la mayoría de las reformas importantes, parece que nada sea más urgente ahora que la aprobación, a la fuerza y en sordina aprovechando el mes de julio, del conjunto de leyes que atañen a la esencia misma de nuestra humanidad. Y esto en nombre de una supuesta igualdad reivindicada por personas que se encuentran en situaciones particulares, las cuales no piden igualdad de derechos, como bien ha manifestado el informe del Consejo de Estado. Pues vale, ¡hablemos de igualdad!

Salimos de tres meses de confinamiento. Nos sentimos orgullosos de nuestro personal sanitario, pero sin duda no tanto de la manera como han sido tratados muchos ancianos. Algunos han muerto sin haber podido ver a su familia por última vez; otros no han podido recibir los cuidados necesarios, ni mantener la mínima relación que ayuda a mantener el vínculo social. Ciertamente, se trataba sin duda de proteger a esas personas cuya edad, asociada a problemas de salud, no permitía una supervivencia si pasaban mucho tiempo en reanimación. Pero la pandemia también ha puesto el foco sobre la triste situación de las residencias geriátricas, muy a menudo carentes de personal. Durante este tiempo se han previsto grandes inversiones en “inteligencia artificial”, mientras otros debaten sobre la eutanasia. ¿De verdad consideramos que nuestros ancianos son nuestros iguales?

La pandemia de la que empezamos a salir ahora nos ha recordado nuestra vulnerabilidad común, la necesidad de volver a una cierta sobriedad, la riqueza, junto a la fragilidad, de las relaciones familiares y, hete aquí, que el gobierno lo que se propone es concluir rápidamente el debate sobre este proyecto de ley de bioética como si nada de todo esto hubiera sucedido. Ya nos causó sorpresa esa obsesión por facilitar la eliminación de los niños en el vientre de sus madres convirtiendo el aborto en una prioridad durante el confinamiento, mientras las urgencias cardiovasculares sufrían ante la imposibilidad de acoger a todos los pacientes afectos de Covid-19. Obsesión transmitida por ciertas enmiendas que se discuten actualmente en la comisión especial de la Asamblea Nacional.

La cultura de la muerte que planea sobre nuestro país ha sido amplificada por el miedo a morir causado por la pandemia. Y ahora, de nuevo, aceptamos que se trastornen las relaciones genealógicas que estructuran a la persona, trivializando la cuestión de los embriones humanos seleccionados, que son examinados y descartados como meros productos de consumo, y la producción artificial de gametos, que no tiene más intereses que el de alimentar el mito de una procreación «fuera del sexo». Sabemos que es necesario relanzar el comercio y la industria, pero no a costa de la dignidad del ser humano. La decisión de abrir a lo grande el comercio de niños, disociando la asistencia médica de la procreación debido a las dificultades de concepción, es una violación grave de la dignidad humana. Esta decisión de favorecer la industria de la procreación asistida, alimentándola con embriones que son cada vez más numerosos, demuestra claramente las razones comerciales que hay detrás de este proyecto. ¿Es el embrión humano nuestro igual?

Es la sociedad de consumo la que sigue empujando, siempre, los deseos de los adultos sin tener en consideración para nada las consecuencias que tendrán en las generaciones futuras, hasta llegar a violentarlas. ¿O acaso no hay violencia cuando se priva deliberadamente a un niño de un padre, cuando se realizan abortos selectivos en casos de embarazos múltiples, cuando un niño descubre que el embrión que él fue podría haber terminado perfectamente bajo el microscopio de un investigador, o en un cubo de basura tras un periodo más o menos largo de congelación? El niño sometido al todopoderoso «proyecto parental», ¿sigue siendo nuestro igual?

Hace veinticinco años, Juan Pablo II sentía la necesidad de afirmar que «cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida», que «esta igualdad es la base de toda auténtica relación social» y que es necesario considerar «a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer» (Evangelium Vitae, 57). Si bien la pandemia ha dejado clara la exigencia de vencer nuestros egoísmos siendo solidarios, el respeto a la igual dignidad de todo ser humano sigue siendo una prioridad. Y conlleva el desafío de lo que Hans Jonas definía «el arquetipo intemporal de toda responsabilidad, el de los padres hacia sus hijos».

En estos días esta responsabilidad recae, de nuevo, sobre nuestros diputados. ¿Tendrán la valentía y la lucidez de invertir la lógica de un «siempre más», que acumula deudas financieras y plantea preguntas existenciales que atañen tanto a los ancianos como a las generaciones futuras? Estos temas hay que retomarlos desde arriba, sin doblegarse ante las presiones ideológicas o mercantilistas que, a duras penas, se ocultan bajo ciertos eslóganes perentorios.

Nuestros representantes no pueden actuar como si no hubiera pasado nada. Seguimos en crisis sanitaria, y la crisis económica y social va a tener un enorme impacto en la vida de nuestros compatriotas, tal como hemos podido ver cuando nos hemos movilizado para socorrer a los más necesitados: honraría a los diputados que cuestionaran este proyecto injusto y claramente contrario a la igualdad y que se centraran, en cambio, en los problemas reales de los franceses.

Publicado por mons. Michel Aupetit, arzobispo de París, en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

6 comentarios en “El arzobispo de París carga contra la vuelta del proyecto de ley de bioética
  1. Y dijo Dios al Hombre: Debes destruir el mundo, mira que si la ciencia de los hombres en su investigar la genética llega hasta donde ves: hasta los elegidos perderán la fe.

    Y el Hombre dijo a su Dios: -Señor cómo lo puedo hacer; cómo lo haré. Y el Señor le dijo al Hombre cómo lo podía hacer y cómo lo debía hacer.

  2. Así habla un obispo católico, que no mira para otro lado, que afronta y confronta, con argumentos, muy racionales, muy razonables, porque razón y Fe se complementan, se completan. Gracias Aupetit, Augrand.

  3. Tratan al embrión humano como si fuese un producto comercial, algo que se puede comprar y vender en el libre merado como una mercancía más.
    Y luego algunos se extrañarán de que Dios nos envíe castigos. Si es que no escarmentamos. No acabamos de sufrir el coronavirus y como niños malos ya estamos pensando en nuevas fechorías morales. !Hasta cuando, Señor, hasta cuando dejarás campar a sus anchas a los impíos¡

    Como dijo Papa Emérito Benito XVI, “lo más urgente que necesita hoy en día la Iglesia son pastores resistentes a la dictadura del espíritu de los tiempos”, como el arzobispo Aupetit. Dios lo guarde.

  4. Los vientres de alquiler son una “deslocalización” de la maternidad y un paso hacia el distópico “Brave new world” de Aldous Huxley

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