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Francisco: “Todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”

Vatican Media
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“David santo, reza; David pecador, reza; David perseguido, reza; David perseguidor, reza; David víctima, reza. Incluso David verdugo, reza”.

La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar en la Biblioteca del Palacio Apostólico Vaticano. El Papa, continuando el ciclo de catequesis sobre la oración, ha hablado hoy del tema «La oración de David» (Sal 18,2-3.29.33).

La oración nace “de la convicción de que la vida no es algo que nos resbala, sino que es un misterio asombroso, que en nosotros provoca la poesía, la música, la gratitud, la alabanza o el lamento, la súplica”, ha dicho el Pontífice en la catequesis. “Cuando a una persona le falta esa dimensión poética” su alma “cojea”, aseguró el Papa. “La tradición quiere por ello que David sea el gran artífice de la composición de los salmos”, añadió.

Miremos a David, dijo el Santo Padre, pensemos en David. “Santo y pecador, perseguido y perseguidor, víctima y verdugo, que es una contradicción. David fue todo esto, junto”, afirmó, y también “nosotros registramos en nuestra vida trazos a menudo opuestos; en la trama de la vida, todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”.

En la vida de Davida hay un solo hilo conductor “que da unidad a todo lo que sucede: su oración”. “David santo, reza; David pecador, reza; David perseguido, reza; David perseguidor, reza; David víctima, reza. Incluso David verdugo, reza”, señaló el Papa Francisco.

“David nos enseña a poner todo en el diálogo con Dios: tanto la alegría como la culpa, el amor como el sufrimiento, la amistad o una enfermedad”, explicó el Papa, que aseguró que la oración “te da nobleza, y David es noble porque reza”.

Les ofrecemos la catequesis completa, publicada en español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la oración, hoy encontramos al rey David. Predilecto de Dios desde que era un muchacho, fue elegido para una misión única, que jugará un papel central en la historia del pueblo de Dios y de nuestra misma fe. En los Evangelios, a Jesús se le llama varias veces “hijo de David”; de hecho, como él, nace en Belén. De la descendencia de David, según las promesas, viene el Mesías: un Rey totalmente según el corazón de Dios, en perfecta obediencia al Padre, cuya acción realiza fielmente su plan de salvación (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2579)

La historia de David comienza en las colinas entorno a Belén, donde pastorea el rebaño su padre, Jesé. Es todavía un muchacho, el último de muchos hermanos. Así que cuando el profeta Samuel, por orden de Dios, se pone a buscar el nuevo rey, parece casi que su padre se haya olvidado de aquel hijo más joven (cf. 1 Samuel 16,1-13). Trabajaba al aire libre: lo imaginamos amigo del viento, de los sonidos de la naturaleza, de los rayos del sol. Tiene una sola compañía para confortar su alma: la cítara; y en las largas jornadas en soledad le gusta tocar y cantar a su Dios. Jugaba también con la honda.

David, por lo tanto, es ante todo un pastor: un hombre que cuida de los animales, que los defiende cuando llega el peligro, que les proporciona sustento. Cuando David, por voluntad de Dios, deberá preocuparse del pueblo, no llevará a cabo acciones muy diferentes respecto a estas. Es por eso que en la Biblia la imagen del pastor es recurrente. También Jesús se define como “el buen pastor”, su comportamiento es diferente de aquel del mercenario; Él ofrece si vida a favor de las ovejas, las guía, conoce el nombre de cada una de ellas (cf. Juan 10,11-18).

David aprendió mucho de su primera ocupación. Así, cuando el profeta Natán le recrimina su grave pecado  (cf. 2 Samuel 12,1-15), David entenderá inmediatamente que ha sido un mal pastor, que ha depredado a otro hombre de la única oveja que él amaba, que ya no era un humilde servidor sino un enfermo de poder, un furtivo que mata y saquea.

Un segundo aspecto característico presente en la vocación de David es su alma de poeta. De esta pequeña observación deducimos que David no ha sido un hombre vulgar, como a menudo puede suceder a los individuos obligados a vivir durante mucho tiempo aislados de la sociedad. Es, en cambio, una persona sensible, que ama la música y el canto. La cítara lo acompañará siempre: a veces para elevar a Dios un himno de alegría (cf. 2 Samuel 6,16), otras veces para expresar un lamento o para confesar su propio pecado (cf. Salmos 51,3).

El mundo que se presenta ante sus ojos no es una escena muda: su mirada capta, detrás del desarrollo de las cosas, un misterio más grande. La oración nace precisamente de allí: de la convicción de que la vida no es algo que nos resbala, sino que es un misterio asombroso, que en nosotros provoca la poesía, la música, la gratitud, la alabanza o el lamento, la súplica. Cuando a una persona le falta esa dimensión poética, digamos que cuando le falta la poesía, su alma cojea. La tradición quiere por ello que David sea el gran artífice de la composición de los salmos. Estos llevan, a menudo, al inicio, una referencia explícita al rey de Israel, y a algunos de los sucesos más o menos nobles de su vida.

David tiene un sueño: el de ser un buen pastor. Alguna vez será capaz de estar a la altura de esta tarea, otras veces, menos; pero lo que importa, en el contexto de la historia de la salvación, es que sea profecía de otro Rey, del que él es solo anuncio y prefiguración.

Miremos a David, pensemos en David. Santo y pecador, perseguido y perseguidor, víctima y verdugo, que es una contradicción. David fue todo esto, junto. Y también nosotros registramos en nuestra vida trazos a menudo opuestos; en la trama de la vida, todos los hombres pecan a menudo de incoherencia. Hay un solo hilo conductor, en la vida de David, que da unidad a todo lo que sucede: su oración. Esa es la voz que no se apaga nunca. David santo, reza; David pecador, reza; David perseguido, reza; David perseguidor, reza; David víctima, reza. Incluso David verdugo, reza. Este es el hilo conductor de su vida. Un hombre de oración. esa es la voz que nunca se apaga: tanto si asume los tonos del júbilo, como los del lamento siempre es la misma oración, solo cambia la melodía. Y haciendo así, David nos enseña a poner todo en el diálogo con Dios: tanto la alegría como la culpa, el amor como el sufrimiento, la amistad o una enfermedad. Todo puede convertirse en una palabra dirigida al “Tú” que siempre nos escucha.

David, que ha conocido la soledad, en realidad nunca ha estado solo. Y en el fondo esta es la potencia de la oración, en todos aquellos que le dan espacio en su vida. La oración te da nobleza, y David es noble porque reza. Pero es un verdugo que reza, se arrepiente y la nobleza vuelve gracias a la oración. La oración nos da nobleza: es capaz de asegurar la relación con Dios, que es el verdadero Compañero de camino del hombre, en medio de los miles avatares de la vida, buenos o malos: pero siempre la oración. Gracias, Señor. Tengo miedo, Señor. Ayúdame, Señor. Perdóname, Señor. Es tanta la confianza de David, que cuando era perseguido y debió escapar, no dejó que nadie lo defendiera: “Si mi Dios me humilla así, Él sabe”, porque la nobleza de la oración nos deja en las manos de Dios. Esas manos plagadas de amor: las únicas manos seguras que tenemos.

Saludos en español

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, que siguen esta catequesis a través de los medios de comunicación social.

Ayer un violento terremoto azotó el sur de México, causando algunas víctimas, heridos y enormes daños. Rezamos por todos ellos. Que la ayuda de Dios y de los hermanos les dé fuerza y apoyo. Hermanos y hermanas les estoy muy cercano.

Hoy celebramos la memoria de san Juan Bautista, profeta precursor del Mesías. Que su ejemplo, como también el del rey David —dos hombres totalmente diferentes que vivieron la profecía y que supieron indicar dónde estaba el verdadero Dios—, sean estímulo para nuestra vida, para que busquemos la amistad de Dios a través de la oración, y nuestro ejemplo pueda ayudar a llevar a Dios a los hombres y los hombres a Dios.

Que el Señor los bendiga.

11 comentarios en “Francisco: “Todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”
  1. Ojalá, Francisco, fueras incoherente con tus planteamientos modernistas, lo que no sería pecado, sino virtud, y acabaras por abandonarlos para ser plenamente católico. Es lo que a Dios le pido.

  2. “Decir que en el fondo todas las religiones son iguales, es una de las mayores mentiras que Satanás ha sembrado en el mundo”

    Padre Duarte Lara, exorcista.

  3. La oración y la alabanza,como vínculo,inseparable de la relación con Dios.Ora,en la alegría,ora en la tribulación,ora cuando has pecado,ora y alaba con gratitud,cuando imploraba el perdón y la salvación.

  4. Francisco: “nosotros registramos en nuestra vida trazos a menudo opuestos; en la trama de la vida, todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”.
    “nosotros registramos… todos los hombres pecan a menudo de incoherencia”.
    Si dice “registramos”, debió decir: todos los hombres “pecamos”…
    Y pudo agregar: yo el primero.

  5. Francisco es coherente defendiendo los postulados onuísticos y en haciendo proselitismo pachamámico.
    A mí que no me espere. Seguiré con mis incoherencias. Buena señal si le molesta.

    1. Gracias Mariela por tu catolicismo enterizo, que te lleva a desenmascarar a tanto lobo disfrazado de pastor, aunque habite en el Vaticano, y por tu buen humor y sana ironía. Que Dios te siga colmando de bendiciones.

  6. Su majestad el rey David es un personaje fascinante. No le cabe mejor adjetivo. Valiente hasta la temeridad, con una fe profunda, única. Pecador también, como todos nosotros, aunque por su posición de poder haya cometido pecados horrendos. Su vida, en una constante montaña rusa, con batallas, perseguido injustamente por motivos políticos, poseedor de un gran atractivo para las mujeres, poeta, cantante, compositor de la mayoría de los salmos con los que adoramos a Dios, antepasado de Jesús y héroe de Israel para todos los tiempos. Experimentó la amargura de la traición de los suyos, la muerte de sus hijos y la incomprensión de sus súbditos, a los que gobernó siempre con justicia. Dios rechazó el templo que él le iba a ofrecer como castigo a sus pecados, pero le prometió que su linaje continuaría en poder de la corona si se mantenían fieles a la Alianza. Difícil es encontrar a un personaje como él. Visité su tumba en Israel, muy cerca del cenáculo, y no pude por menos conmoverme.

  7. Un mes después del decreto del Cardenal Secretario de Estado que ordenó la expulsión del fundador Enzo Bianchi, la Comunidad de Bose con una carta pública pide perdón por el escándalo. «Los hermanos y hermanas de Bose» hablan de «paz y claridad», que no nos dan con su carta. Pedir «perdón por el escándalo que hemos causado y por el contra-testimonio que hemos dado» está bien, pero explicar en qué consiste este «escándalo despertado» y «el contra-testimonio dado» es imprescindible. Esta solicitud de perdón suena como una retórica vacía. Indican «el profundo sufrimiento diario, la incomodidad y la desmotivación que despertaron muchos hermanos y hermanas», sin explicar cómo y por qué.

    1. En cuanto a la referencia a la carta del Cardenal Secretario de Estado, con «referencias explícitas y repetidas a nuestras peculiaridades más preciadas: la elección de la vida monástica en el celibato y la vida común, la presencia de hermanos y hermanas en una sola comunidad, la composición ecuménica de sus miembros y su generosidad en el movimiento ecuménico ”, lleva a preguntas obligatorias: ¿hubo o no hubo problemas con el celibato? ¿Hubo o no hubo problemas con el movimiento ecuménico? Nada ha sido aclarado y nada ha sido resuelto. En resumen, es como esperar que nos hubieran explicado que los burros en Bosé vuelan y que los elefantes anidan en los tejados. Specola. Muy agudo Specola, como siempre.

    2. En esas fechas también afloraron las desavenencias hakunianas entre el Opus Dei y Manglano, que llevaron a la salida de éste, voluntaria o forzosa, sin explicación alguna por ninguna de las partes y con incógnitas sin despejar, que convendría clarificar por el bien de las partes y de los terceros afectados.

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