Volver a misa

Volver a misa

En las ocasiones en las que he tenido la fortuna de acudir a misa, tras estos meses de supresión de las eucaristías públicas para evitar contagios -fue la decisión de mi arzobispo, al igual que ha pasado en muchísimas diócesis del mundo- lo que he encontrado ha sido muy diferente a la situación que dejé.

El motivo no es, como podría pensarse, el hecho de que todos los fieles portemos nuestra dichosa mascarilla, que haya gel desinfectante en las entradas de los templos o encontrarse los bancos llenos de pegatinas que te indican donde puedes sentarte para guardar la distancia de seguridad. Ni tan siquiera me llama la atención que el rito de la paz siga suprimido -¿podríamos aprovechar y dejarlo así?- ni que en muchos sitios prácticamente la totalidad de los feligreses comulgan con la mano. No, lo que me ha llamado la atención es la poca gente que acude a las iglesias.

Tengo que reconocer que ha sido mi caso, puede que haya otras iglesias que estén repletas -completando el tercio permitido por el Gobierno- pero yo no he visto eso. Los dos domingos en los que he acudido no llegábamos al limitado aforo permitido. Es evidente que hay mucha gente que no ha vuelto a misa. Y no lo han hecho con todo el ‘derecho’, ya que la dispensa del precepto dominical, al menos en Madrid, sigue vigente.

A mí se me ocurren dos motivos. Y de los dos podemos sacar un par de reflexiones. El primero de ellos es el miedo. Miedo por parte de la gente más vulnerable al virus, los más ancianos sobre todo, que no volverán hasta que la tormenta pase del todo, y quién sabe, hasta que encuentren una vacuna.

Esto nos puede hacer vislumbrar un futuro no muy lejano. Cuando la generación de nuestros mayores vaya abandonando esta vida, las iglesias se irán quedando vacías. Esta situación posconfinamiento es como una visión de lo que ha de acontecer dentro de unos años: una Iglesia menguada. Se tendrán que cerrar templos, monasterios y parroquias. La enorme carcasa de la Iglesia institucional será insostenible.

Mientras todo esto pasa, parte de la jerarquía parece dedicada a otros menesteres como el cambio climático, la sinodalidad o el diálogo interreligioso. A la gente ya no le interesa Dios, no quiere saber nada de la Iglesia, reniega de su moral; y nosotros estamos con esas nimiedades. Las generaciones más jóvenes están deseando algo que les llene, están sedientos de Trascendencia, un sentido para la existencia. Ningún joven entregará su vida o se verá atraído por una versión edulcorada o cursi del catolicismo.

El otro motivo, creo yo, ha sido la insistencia durante la pandemia de que la ausencia de sacramentos podía verse sustituida, sin problemas, desde casa. Comunión espiritual, acto de contrición y misas a través de una pantalla si no eran lo mismo, lo eran prácticamente.

Cuando publicamos el vídeo de “queremos la misa”, muchas de las críticas vinieron de sacerdotes y católicos laicos que insistían en que la misa se podía vivir desde lejos. Ese mensaje es muy peligroso porque, como se está viendo, si se podía vivir perfectamente la fe -con algunas deficiencias- desde el sofá, ¿por qué van a ir ahora? ¿Para que van a ir a la iglesia una magnífica mañana de domingo y tener que escuchar una larga ceremonia -con homilías en muchos casos tediosas, eternas, sin preparar y donde se dicen lugares comunes- si me insistieron tanto en que se podía desde casa?

Espero equivocarme y que la ‘nueva normalidad’ sea la ‘normalidad’ que conocimos. Pero una normalidad reforzada, donde la gente redescubra el valor de la santa misa y donde la jerarquía deje de andar tan ‘ajetreada’ en asuntos que no vienen al caso y vuelva a ser el faro que alumbra en las tinieblas orientando al Pueblo de Dios.

PD: Ayer, tercer domingo al que puedo ir a misa tras el confinamiento, noté un crecimiento en la asistencia a la eucaristía, llegando prácticamente a completar el aforo de un tercio. Sin embargo, sigo pensando lo que escribí el viernes.

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