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San Nicolás de Flüe

nicolás
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(Mercaba.org)- Todas las naciones aspiran a poder simbolizar su espíritu nacional en alguna gran figura histórica. Sencillamente cada nación tiene un genio. El de Francia es Juana de Arco, jefe y símbolo de la guerra. El de Suiza lo es Nicolás de Flue, consejero y símbolo de la paz.

Dichosos los católicos, dichosas simplemente las naciones que tienen un santo como suprema encarnación de su espíritu. Los valores humanos en que éstos han inspirado su conducta nunca se desviarán. Pero a sus conciudadanos les queda una indiscutible responsabilidad ante la historia.

Los franceses y suizos, conscientes de su dignidad nacional, reconocen —y esto les une— que ellos también han recibido de Juana de Arco o de Nicolás de Flue una impronta temporal.

En Suiza los católicos no son mayoría dentro de su población total y, por tanto, no son ellos quienes caprichosamente pueden elegir un príncipe temporal como patrono y protector. Para hacer realidad este sueño tendría que cambiar su Constitución. Por eso, cuando los católicos, y con ellos el Soberano Pontífice, saludan a San Nicolás de Flue como “el patrono y protector de Suiza”, no piensan en el poder político, en un patrono o protector terrestre. Piensan, sobre todo, en un patrono y protector que está en los cielos, donde el amor y la oración del Santo pueden socorrer los deseos de su amor y de su oración.

Nicolás de Flüe —señala Pío XII— es el santo de los católicos suizos “no solamente porque él salvó a la Confederación en un momento de crisis profunda, sino también porque él trazó para vuestro país las grandes líneas de una política cristiana”.

La Suiza alemana del tiempo de Nicolás de Flüe, la de los siglos XIV y XV, está toda empapada de corrientes ascéticas y místicas “favorables a la manifestación de una vida de ascesis y de visiones”. En el siglo XIV aparece en Estrasburgo el grupo de “los amigos de Dios”. En Egelberg se forma un movimiento semejante. Uno de los miembros de este grupo, Matías Hattinger —venerado en vida por la población— habita en una ermita cerca de Wolfenschiessen, el pueblo natal de la madre de Nicolás.

Y estas corrientes de misticismo no quedan reducidas al clero y los monasterios. Se extienden a través de la enseñanza oral hasta llegar a los laicos, que también ocupan un lugar importante dentro de la mística alemana. Muchas de las notas de la vida espiritual de Nicolás de Flue son las características de la vida mística de su tiempo. Por ejemplo, “su ardiente reverencia y devoción por el venerable sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo”. La misma contemplación de los distintos episodios de la pasión del Salvador —que Heini am Grund, su párroco, le enseña a sincronizar con la sucesión de las horas canónicas— había sido la devoción preferida de Juan Ruysbroeck y de Enrique Suso. El alto conocimiento del misterio de la Trinidad que había profundizado en sus visiones y la misma manera admirable como él quiso explicarle, pueden encontrar algunos antecedentes en los místicos de la época. Ni el hecho de un ayuno milagroso era la primera vez que sorprendía.

La idea de los grandes místicos que se mezclan en las complicadas actividades de la vida política no extraña tampoco después de los grandes ejemplos de San Bernardo, de Santa Catalina de Siena, de Santa Brígida, y, sobre todo, después de la epopeya, destinada a permanecer eternamente única, de Juana de Arco.

San Nicolás de Flüe representa la suprema encarnación del genio de Suiza por ser el salvador y pacificador de la patria, el fundador de la Confederación y el primer patriota confederado. Pero al mismo tiempo es un santo, y un santo de la Iglesia católica. Y por eso nos pertenece a los católicos de todo el mundo.

Es curioso observar cómo ya en el siglo XVI tanto protestantes como católicos reclaman su patronazgo, aunque, naturalmente, por razones distintas. Zuinglio cree qué lo más admirable de Nicolás son las recomendaciones hechas a los suizos para que se mantengan dentro de sus fronteras, sin mezclarse en alianzas extranjeras y en la política europea. Los protestantes quieren ver en la interpretación de Nicolás de la imagen de la Trinidad una caricatura del anticristo y del Papa.

Los católicos de aquel tiempo —precisamente como contrarreacción a la propaganda protestante— promueven la canonización oficial. En 1591 se abre el protocolo del primer proceso de canonización. Veintiún años más tarde de que San Carlos Borromeo, después de celebrar la misa ante la tumba de Nicolás de Flüe, diese su juicio: “Este ha sido verdaderamente un santo”. Con todo, la canonización no llegará antes de los cuatrocientos años después de su muerte. Esto mismo le sucedió a Juana de Arco. Aquí se unen la necesidad y la contingencia. Y es que la santidad, antes de ser oficialmente reconocida, está supeditada a unas contingencias históricas.

El emperador Maximiliano —que desea el apoyo de los suizos en su guerra contra Venecia— no cumple la promesa de interceder ante el Papa para obtener la canonización. En tiempo de Julio II no se introduce la causa porque el comportamiento político del cardenal Schiner y de los confederados no va de acuerdo con la doctrina enseñada por Nicolás. En tal situación es inoportuno despertar su recuerdo.

Se sabe que en 1648 Roma reconoce la existencia del culto inmemorial profesado en su país al siervo de Dios. Y que a partir de 1689 son los obispos quienes apoyan las peregrinaciones y ordenan oraciones públicas en los lugares que han tenido mayor significado en la vida de Nicolás.

Dos curaciones obtenidas en 1937 y 1939 son los milagros que aprueba la Congregación de Ritos para su canonización. Del tercero dispensa.

El decreto de canonización es Pío XII quien lo promulga el día de la Ascensión de 1947. Y desde ese día el “padre de la patria suiza” pasa a ser el santo de la Confederación.

Lo que más sorprende en la vida de Nicolás es que se puedan unir así en una misma persona lo ordinario y admirablemente perfecto con lo extraordinario y evidentemente divino. Uno, siguiendo los pasos de su vida, se da cuenta de que hay hechos y conductas que trascienden el tiempo dando lecciones perdurables.

Y no cabe la duda frente a lo que aparentemente se puede quedar en pura leyenda. De San Nicolás de Flüe existen biografías cargadas de esas notas que previenen las cuestiones y aseguran la confianza del lector. Para éste queda el salvar la distancia que separa el escrito de la vida, el signo de la realidad. Para ello basta manejar los espléndidos testimonios conservados.

Nicolás de Flüe nace exactamente el 1417. El mismo año en que ese concilio de Constanza puso fin al gran cisma de Occidente con la elección de Martín V.

Para sus compañeros de infancia —como ellos, trabajaba en el campo— es “un joven casto, bueno, virtuoso, piadoso y sincero”. Ellos se dan cuenta de que Nicolás busca espontáneamente la soledad y la oración al regreso del trabajo. Saben también que se impone ayunos severos —aunque lo disimula— cuatro días a la semana.

Hacia los treinta años contrae matrimonio con la joven de dieciséis Dorotea Wyss. Veinte años de unión matrimonial. Diez hijos. De ellos sabemos que uno frecuenta la universidad y que su hijo primogénito llega a ser presidente de la Confederación. De las vigilias pasadas en oración nos hablan su mujer y su hija Hans.

A los tres años de matrimonio tiene que intervenir en la liberación de Nüremberg. Durrer ha encontrado su nombre en la lista de los 699 suizos que forman la expedición. Interviene, además, en toda la vieja guerra de Zurich y en la guerra de la Turgovia contra Segismundo, duque del Tirol.

Más tardé, Segismundo fundará una misa en la capilla de Ranf y regalará un cáliz en una de sus visitas.

El gran amigo de la paz no puede tomar parte en la guerra más que por orden de sus superiores. Pero a la hora de combatir por su patria, no puede permitir tampoco que por su falta de coraje triunfe la insolencia de sus enemigos.

A la edad de cincuenta años se retira a la vida eremítica, estableciéndose en la garganta del Ranft, donde vive entregado a la meditación y a las más duras penitencias. Y se retira con el consentimiento de su mujer y sus hijos. Desde entonces, sólo se verán cuando ella venga con el hijo pequeño a la capilla de Ranft o cuando él pase por delante de su antigua casa para ir a la iglesia parroquial de Sachseln los domingos y días de fiesta. Según Méatius, fueron sus mismos conciudadanos quienes construyeron a Nicolás su ermita. Este sería el primer gesto y signo de la extraña y misteriosa solidaridad que unirá al Santo con todos los hombres de su nación.

El amor conyugal no ha perecido en esta separación, sino que se ha transformado un poco anticipadamente en ese amor que está destinado a tener en el cielo. Es el mismo, pero más bello y sin la exigencia carnal.

Es en Ranft donde hay que descubrir la indiscutible personalidad de Nicolás. Es en Ranft donde él resuelve la aparente contradicción que existe entre lo infinito y lo finito, entre lo poco que nosotros somos y la inmensidad del amor divino. En esa celda de dos ventanas pequeñas. La una daba al interior de la capilla. Así el asceta podía ver oficiar al sacerdote. La otra se abría a la naturaleza dulce y grandiosa del país de Unterwald. Así, Nicolás podía adorar a Dios en sus obras. Esta capilla, consagrada en 1469 por el obispo de Constanza en honor de la Virgen, de Santa María Magdalena, de la exaltación de la santa cruz y de los diez mil mártires, se convertirá en el centro espiritual de Suiza. Nicolás verá acudir a ella peregrinaciones y verá fomentarse el mismo culto litúrgico que aprueba Inocencio X y la Congregación de Ritos. Allí es donde descubre los motivos que le obligan a creer en los destinos de su país. Y allí es donde ocurre ese milagro que nadie ignora en Alemania. Para prevenir toda incredulidad están también los testimonios de los suizos contemporáneos y el del obispo de Constanza, que observa atentamente su vida y costumbres. Un día someterá a prueba la obediencia de Nicolás ordenándole romper el ayuno. El carácter milagroso de este ayuno es reconocido ya en tiempo de Alejandro VII, antes que Benedicto XIV sometiese a discusión y estudio el problema de los ayunos prolongados, precisamente a propósito de éste de Nicolás. Su único alimento durante estos años fue la Eucaristía. Se dice que duró veinte años porque esta abstinencia total fue el resultado prolongado de un ir suprimiendo poco a poco su alimento corporal hasta llegar a la abstinencia suma. “Si durante veinte años —dice Pío XII— él no se alimentó más que del pan de los ángeles, este carisma fue el cumplimiento y la recompensa de una larga vida de dominio de sí mismo y de mortificación por amor de Cristo”.

El ayuno de Nicolás se nos revela simplemente como un esplendor exterior de una santidad interna, misteriosa, secreta. Esta es la única explicación razonable que puede coordinar los datos de la historia y los de la psicología.

El retiro del mundo no señaló para Nicolás, como lo esperaba, el fin, sino el inicio de una obra histórico-política.

Nicolás fue juez y consejero de su cantón. Diputado en la Dieta federal de 1462 y rechazó el cargo de jefe de Estado. Su influjo en los asuntos federales aparece ya evidente en el tratado de paz perpetua con Austria en 1473. Sin embargo, su obra pacificadora importante comienza a partir de 1478.

La Confederación, a raíz de la guerra contra Carlos el Temerario, duque de Borgoña (1474-77) vio surgir la división entre los cantones-ciudad y los cantones-campaña, a causa de la admisión de Fribourg y Soleure en la Confederación y de la repartición del botín de guerra. Nicolás trabajó por allanar dificultades y realizó con la Dieta de Stans el milagro de la reconciliación de unos ánimos totalmente exacerbados. Desapareció el peligro de la guerra civil y Fribourg y Soleure fueron recibidas en la Confederación con la firma del pacto de Stans, que —a pesar de la escisión religiosa— constituyó, hasta 1798, el derecho público de la Confederación. Otras muchas son las actuaciones públicas de Nicolás, pero esta de hacer nacer de nuevo la unidad de Suiza le valió el título de “padre de la patria”. Título que se funda también en esa superabundancia y fecundidad de una vida que siempre había querido situarse fuera de toda política. Fue el fundador de la Confederación y fue el primer confederado. Fue un hombre integralmente fecundo.

Es cierto que la historia de la Edad Media está llena de intervenciones de los santos, de los solitarios, de los recluidos, que en las horas trágicas han llegado a salvar a sus ciudades. Recordemos, por ejemplo, a San Francisco de Asís y a San Bernardino de Siena. Pero lo que distingue a San Nicolás de Flue, comparándole con los demás, es que constituyó en alguna manera una obra política técnicamente, haciendo prevalecer práctica y teóricamente la idea de una común patria suiza, individida y capaz de desbordar las preocupaciones e intereses cantonales.

Pero volvamos a Ranft en donde aún tenemos que copiar otro capítulo importantísimo de su vida. El más íntimo y el más profundo. Y, desde luego, el más impresionantemente divino. No podremos menos de reconocer otra vez que la grandeza de Nicolás consiste en haber afirmado abiertamente la primacía de la vida interior —él, que tuvo una vida pública tan fecunda y transcendente—, en haberse dejado poseer paulatinamente por los valores eternos. Porque sólo éstos son capaces de equilibrar los temporales.

Las visiones divinas son para Nicolás la explicación de los misterios de la fe. Para todos serán el esquema de una enseñanza popular de toda la visión grandiosa de la teología. El arte suizo —el retablo de la iglesia parroquial de Sachseln y la portada de la primera edición del Tratado del peregrino de Strasburgo— nos ha conservado esta concepción grandiosa del misterio trinitario, que Nicolás saboreó gozosamente. El contenido de estas visiones lo conocemos por el registro parroquial de Sachseln y por un manuscrito descubierto en Lucerna por el padre Adabert Wagner. Gracias a ellas podemos entender la doctrina espiritual del bienaventurado.

Cinco visiones menores que él cuenta a Heini am Grund, el cura de Stans. Desde el seno materno vio una estrella que, como su vida, ilumina al mundo entero, una roca tan firme como su decisión ante las dificultades, su bautizo en Kerns pasando por Ranft, la puerta y los cuatro candelabros que descienden del cielo para ser colocados sobre el lugar de su futura ermita y capilla. Es un anticipo de todo lo que será su vida.

Las tres visiones de las invitaciones divinas están llenas de sabor local, de advertencias y de presentimientos. La tercera, en la que se le aparece ya la Trinidad, por su amplitud, por su simplicidad y por su fuerza preludia a las tres grandes visiones del manuscrito de Lucerna. Son una invitación al renunciamiento, no solamente de lo superfluo, sino también de lo necesario.

La visión de Liestal es el origen del milagro de su ayuno. En ella descubre Nicolás que la voluntad divina es que vaya a Ranft.

Las tres grandes visiones de la encarnación redentora. Se puede asegurar que para Nicolás son la visión de la divinidad. Tres visiones que están sin nombre. La primera se puede titular “el Cristo peregrino”; la segunda, “La fuente de la vida”; la tercera, “El hombre que presta servicio al Hijo de Dios”. Las tres ilustran el gran tema dogmático del Creador, que desciende hasta los hombres para mendigar su amor. Las tres ofrecen un carácter de plenitud, de madurez, de universalidad. Para nosotros son de un precio inestimable, porque nos permiten entrar en el corazón del pensamiento de la ermita y porque miden el clima de su contemplación. Son una expresión de la articulación indiscutible que existe entro las cosas del cielo y las del mundo. Y son, además, el criterio que nos hace ver la amplitud y la grandeza de la ortodoxia de su fe.

El decreto de beatificación o canonización —tengámoslo en cuenta— no recae más que sobre lo esencial, esto es, sobre la santidad del servidor de Dios.

Sí, Nicolás ha pasado el Jordán. Ha pasado al otro lado de las cosas. Ahora ya puede dejarlas venir hasta el. Y vendrán no para entretenerle, sino para ser elevadas. Después que ha decidido prescindir de ellas, son ellas las que han entendido que no podrán pasar sin él. Porque Nicolás, ante todo, ha sido un titán de la oración. La vida de Nicolás se cierra con una terrible enfermedad cargada de dolor y de sufrimiento. Pero hasta el último día la paciencia es de la misma medida que la pobreza. Después de ocho días de intenso dolor recibe el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para unirse definitivamente con Él.

Hay un testigo a la hora de su muerte. Su discípulo Ulrich, nombre que probablemente se identifica con el autor anónimo del Tratado del peregrino. Nicolás había recibido frecuentemente sus visitas en el desierto, confiándole cosas íntimas. Entre ellas la fecha de su muerte. Cuando ésta se aproxima, ruega a Nicolás le permita habitar en una celda próxima a la suya. De esta manera puede ver morir y llorar al amigo tan admirado. 21 de marzo de 1487. La noticia de la muerte de Nicolás se extiende en seguida por Austria, Milán, Alsacia, Bohemia y por toda la Europa central.

Mientras, seguimos pensando que el milagro de esta vida es haber unido en ella maravillosamente el amor de lo infinito y el amor de lo finito, la inquietud de lo espiritual y la de lo temporal, la inquietud del reino que no es de esté mundo y el servicio generoso a una patria terrestre.

“Nicolás de Flüe —dice Pío XII— encarna, con una plenitud admirable, la unión de la libertad terrestre y de la libertad celeste”.

Publicado originalmente por José Francisco Fontecha en Mercaba.org

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