Chick-fil-A se acobarda

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(First Things)- Durante años, el caso de Chick-fil-A ha servido como caso estudio para los fusionistas (sic.) y los conservadores de mente liberal. La compañía ha sobrevivido en medio de la vorágine empresarial normalizando los valores cristianos, honrando el Sabbat y tratando a los clientes con amabilidad – lo que ha  hecho de su producto algo genuino. Preparan un buen sándwich de pollo. Tiene un personal amigable, espacios limpios y cuidados y áreas de juego para niños. Como resultado, ahora es la tercera cadena de fast-food más importante de EE.UU.

Dada la calidad del producto que oferta Chick-fil-A, y esto es así, es inmune a las presiones culturales. El mercado es libre y justo. Rod Dreher, a pesar de no ser fusionista, describió así la cuestión: “Un trabajo de calidad y un buen producto siempre triunfarán, incluso a pesar del prejuicio izquierdista. No hay más que ver a Chick-fil-A para llegar a esa conclusión”. Esta es la teoría conservadora fusionista aplicada al caso de Chick-fil-A: las marginales normas sociales se vuelven indispensables. En la pluralista sociedad americana, para los cristianos conservadores, es mejor luchar por un punto de vista neutral, a la par que se alinean con las fuerzas económicas y de progreso, asegurándose así un hueco en el pujante mundo empresarial. Obrando de tal forma, pueden prosperar y librarse así de las presiones culturales.

Esta semana, esta narrativa ha sido puesta en cuestión. Chick-fil-A ha anunciado que cesará sus donaciones caritativas al Ejército de Salvación y a la Asociación de Atletas Cristianos, dos asociaciones que han sido cuestionadas por no apoyar a los individuos LGTBQ+. (Aunque, precisamente, el Ejército de Salvación es una institución que sí que ha apoyado a estos individuos, aunque esa es otra cuestión.) “No hay ninguna duda de que, a medida que nos introducimos en nuevos mercados, debemos aclarar quiénes somos”, dijo el presidente de Chick-fil-A, Tim Tassopoulos. “Hay muchos artículos y reportajes sobre Chick-fil-A, por lo que creímos necesario aclarar nuestro mensaje”. A pesar de su notable crecimiento y su capacidad de resistir en bastiones progresistas, tales como Nueva York, la compañía ha tomado la decisión de dejar de financiar a organizaciones conservadoras, todo debido a las presiones de los progresistas.

Sospecho que esto es así porque los progresistas, a diferencia de los conservadores, son propensos a decir “los seres humanos deberían tener una buena vida”. Y este enunciado, tan sencillo, es tan potente que incluso aquellas poderosas empresas que no tendrían por qué, como Chick-fil-A, se sienten presionadas a ofrecer una respuesta positiva. Los fusionistas conservadores se equivocan acerca de su idea de cómo funcionan las sociedades. Las sociedades pluralistas y los mercados neutrales sin una visión del bien común no son algo natural; los seres humanos necesitan intereses compartidos y una narrativa común para hacer factible la vida comunitaria. Y eso es lo que ofrecen las sociedades progresistas (aunque de forma imperfecta) en su discurso individualista y pro-LGTBQ+. Saben lo que creen acerca de la identidad humana. Y saben que la sociedad debe reflejar ese ideal. Como ya dijo hace años el profesor Jamie Smith, de Calvin College, los seres humanos son seres de deseo, antes que pensadores, creyentes o trabajadores.

A fin de comprender cómo deberían responder los conservadores sociales, debemos incidir sobre este punto. La historia fusionista no es sólo un fracaso político, sino que se asienta sobre unas ideas erróneas. Los fusionistas han argumentado que las sociedades son inherentemente competitivas (Kevin Williamson lo aseguró hace poco, en el contexto de un discurso contra su propia iglesia, a la que acusaba de enseñar postulados fascistas). De acuerdo con este punto de vista, lo mejor que se puede hacer es crear estructuras que se sirvan de esa competitividad para fomentar el crecimiento común. Por esta vía, llegamos la creación de mercados libres, sin regulación alguna, donde la competición es una herramienta para la mejora de bienes y servicios. No necesitamos iglesias ni gobiernos que impongan ningún tipo de telos. Simplemente hay que dejar funcionar al mercado – y si los cristianos quieren participar, han de hacerlo siguiendo sus normas. Si son excelentes, triunfarán.

El problema de base de esta teoría es que las sociedades no son intrínsecamente competitivas. Como expuso Andrew Willard, la naturaleza humana no está definida por la violencia, sino por la paz. La buena vida, lo deseable, no consiste en crear conflictos disuasorios que mitiguen el daño que nos hacemos unos a otros. Y los católicos no son los únicos que sostienen esta visión: así lo veía el teórico reformista alemán Johannes Althusius, en la estela del teólogo reformista alemán William Groen van Prinsterer. Los seres humanos son gregarios porque estamos hechos por Dios para vivir en comunidades de amor y afecto mutuo.

Los humanos tienden hacia una vida apacible de forma evidente. Es un movimiento tenso, sin duda, puesto que los humanos son pecaminosos y propensos a la envidia, el enfado, la acedia y otros peligros para la vida en común. Sin embargo, el deseo de esta vida común persiste. Los progresistas han llegado a comprender esta cuestión y nos ofrecen bienes y narrativas comunes que nos proporcionan lugares comunes. Y la gente, consecuentemente, se mueve hacia esos bienes y esa narrativa.

Los cristianos podrían, por supuesto, realizar la misma llamada, aunque con una narrativa claramente superior. Pero debemos superar las falsas ideas de sociedad. Parte de la derecha americana – incluyendo a los senadores Marco Rubio y Josh Hawley y al autor J. D. Vance – se ha dado cuenta de esto. Argumentan que los mercados existen para servir a la nación, que hay una comunidad, aún mayor que los mercados, por lo que estos pueden, y deben, ser regulados e intervenidos.

Los seres humanos aman la coherencia. Desean una forma holística de comprender su vida, que dé sentido a su existencia, a su trabajo y a su pueblo. La narrativa progresista, incidente en la individualidad, es capaz de otorgarles lo que buscan. El conservadurismo fusionista no. Hasta que los conservadores sean capaces de comprender la cuestión, están abocados a perder todas y cada una de las grandes batallas culturales.

Publicado por Jake Meador en First Things.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

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Comentarios
2 comentarios en “Chick-fil-A se acobarda
  1. Correcto con una precisión: los conservadores pierden las batallas culturales por incomparecencia, les parece que la construcción de narrativas es una pérdida de tiempo: la excepción es Donald Trump, el mejor presidente americano luego de Kennedy, por eso tan odiado por la prensa y colectivos zurdos.

  2. Basta leer la frase “los seres humanos aman la coherencia” para ver cuan fantasioso es el artículo, si amaran la coherencia el mundo sería muy distinto

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