PUBLICIDAD

Para qué sirve realmente la economía

|

Por su interés, reproducimos el artículo publicado por Marco Rubio en First Things.

Hace casi 130 años, el papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum. En este texto, el pontífice defendía el bienestar de los trabajadores y dejaba muy clara la postura de la Iglesia católica respecto al trabajo: el trabajo y los trabajadores tienen una dignidad fundamental que todas las sociedades están obligadas a respetar y cumplir. «A nadie», escribió el papa, «le está permitido violar impunemente la dignidad humana, de la que Dios mismo dispone con gran reverencia» (30).

El trabajo, enseña la Iglesia, tiene un significado profundo. Es una parte esencial de cómo alcanzamos los fines que Dios ha diseñado para nosotros. A través del trabajo, proporcionamos lo necesario para vivir y moldeamos el mundo con nuestras acciones. La Iglesia nos enseña, a través de documentos como la Rerum Novarum, que el trabajo no atañe sólo al individuo; es responsabilidad de las comunidades y naciones proporcionar un trabajo productivo a sus pueblos.

En la tradición americana, la empresa privada como tal ha sido la principal institución a la que se le ha confiado la tarea de proporcionar un trabajo digno. Históricamente, los objetivos de las empresas en América han estado orientadas a una producción útil. En nuestros mejores momentos, este posicionamiento institucional creó un empleo masivo y estable que garantizó los cimientos para una vida digna.

Un ejemplo: mi padre, un inmigrante, llegó a América en 1956 con una escasa educación y encontró empleo para sostener una vida familiar estable. Mi madre y él poseían una casa, criaron a cuatro hijos y cuidaron de mis abuelos con los sueldos de un camarero y una criada. Incluso pudimos permitirnos que mi madre estuviera la mayor parte del tiempo en casa cuando yo era niño. 

Sin embargo, la estabilidad económica de las familias trabajadoras no es una característica de la economía actual. Los beneficios empresariales se distancian cada vez más de la producción y el empleo. Esto está motivado sobre todo por las grandes corporaciones transnacionales. Muchas de estas corporaciones utilizan los recursos del país para especular en activos financieros, incluso con el precio de sus propias acciones. En lugar de comprometerse a llevar a cabo una producción e innovación real con los trabajadores del país -una producción que proporcionaría una gran prosperidad compartida-, lo que hacen es reducir los costes laborales internos. Esta estrategia no sólo perjudica al trabajador americano, sino también a la competitividad de la industria americana. Estamos cortando la rama en la que estamos sentados.

Las graves implicaciones de esta tendencia están detalladas en el nuevo informe que he publicado este año, «American Investment in the 21st Century«. Este informe sostiene que la falta de inversión en la economía americana está causada por el consenso según el cual el objetivo de las empresas es maximizar la rentabilidad financiera para los accionistas. Es fácil ver cómo esta creencia lleva a una menor inversión física. La rentabilidad de la ingeniería financiera es más fácil, rápida y más segura para los accionistas que una inversión a largo plazo en la creación de gran capital y de trabajo de bienes y servicios.

Todo esto afecta tanto al trabajador americano como a la capacidad industrial americana. En los últimos cuarenta años, la participación del sector financiero en los beneficios corporativos ha aumentado de un 10 a un 30 por ciento. Durante ese mismo periodo, la inversión empresarial ha disminuido de un 20 por ciento, mientras que las corporaciones han triplicado las ganancias de los accionistas. Diversos estudios han revelado que los directivos de las corporaciones sufren una enorme presión para que prioricen la rentabilidad a corto plazo, y no a largo plazo, sacrificando así la creación de valores perdurables en aras de la obtención de unas ganancias trimestrales. Este cambio en el modo de distribuir el capital ha debilitado nuestra capacidad productiva y dañado nuestra habilidad de proporcionar una trabajo digno.

Cuando se pierde el trabajo digno, o no es posible conseguirlo, el espíritu humano se corroe. Estos últimos años han visto la destrucción de trabajos que habían proporcionado un modo de vida a familias y comunidades enteras durante generaciones. A pesar de las afirmaciones según las cuales una «nueva economía» les rescataría, el nuevo tejido laboral americano no es suficientemente fuerte como para mantenerlo. Regiones enteras están vacías. Incluso entre quienes han tenido éxito en términos de economía financiera, hay un sentimiento ineludible de que su trabajo no es productivo como lo era para las generaciones anteriores.

Nuestro fracaso en priorizar la creación y el mantenimiento de un trabajo digno a través de las inversiones presenta ahora serios problemas. Estos problemas incluyen la reducción del empleo en el sector manufacturero, menos tiempo para que las familias tengan hijos y los críen, reducción de la población en el campo y las ciudades de tamaño medio, y niveles más bajos de desarrollo tecnológico en comparación con Estados rivales como China. Recuperar la dignidad del trabajo significa abordar estos problemas. He sugerido algunas ideas, como gravar la recompra de acciones e impulsar las inversiones físicas, construir nuevos centros de manufacturas e innovación, aumentar el crédito fiscal por hijo a nivel federal y poner en marcha una política de baja familiar remunerada. Hay distintos modos de obtenerlo, pero tenemos que empezar por aquí.

Comparen una política dedicada a recuperar la dignidad del trabajo al interés contemporáneo en conceptos abstractos como «socialismo democrático». Ajenos a la vida diaria de la mayoría de los americanos, para los que las decisiones más importantes son cómo educar a sus hijos y llegar a final de mes, los políticos de élite preguntan a la gente que sistema económico abstracto prefieren. Estos términos: capitalismo, socialismo y sus variantes, tienen profundos significados e historias, pero hoy en día son utilizados sobre todo como expresiones superficiales de identidad política. Es un modo imprudente de pensar en nuestro legado nacional empresarial, orientado al empleo masivo.

Hay una gran sabiduría en la guía de la Iglesia. La tradición de la Iglesia transciende las etiquetas identitarias e insiste sobre el derecho inviolable a la propiedad privada y los peligros del marxismo, pero también en el papel fundamental que tienen los sindicatos. La Iglesia resalta el deber moral que tienen los empresarios de respetar a los trabajadores, no sólo como medios para una rentabilidad, sino como personas humanas y miembros productivos de su comunidad y nación. La tradición va más allá de nuestras rancias estructuras partidistas y hace que nuestra política arraigue en algo más grande: la dignidad inviolable de toda persona humana, el trabajo que él o ella hace y la vida familiar que ese trabajo sostiene.

PUBLICIDAD

San Juan Pablo II enseñó que «la obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética» (Centesimus annus, 43). El papa Francisco ha enseñado que la asistencia pública debe ser una medida provisional porque «el gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo» (Laudato si’, 128). El papa Benedicto XVI también ha enseñado que la pobreza que resulta de la falta de acceso a un empleo suficiente es una «violación de la dignidad del trabajo humano» (Caritas in veritate, 63).

En el contexto americano, estas enseñanzas deberían guiarnos para rechazar un debate superficial y molesto sobre etiquetas abstractas, empezando así a construir una economía que pueda proporcionar un trabajo digno. Debemos recuperar la sabiduría y recordar para qué sirve realmente la economía.

Marco Rubio es el senador senior de Estados Unidos por Florida.

Publicado por Marco Rubio en First Things.

Traducido por Verbum Caro.

5 comentarios en “Para qué sirve realmente la economía
  1. En el colmo de la circunstancia y ese castigo de ganar el pan con el sudor de la frente, le hemos dado vuelta la página al tal castigo de Dios.
    Éste ya no nos resulta castigo el sudar para vivir sino mas bien el no tener con qué sudar que es un indigno morir.

    Por ti será maldita la Tierra, dice el Génesis

  2. Recomiendo a Marco Rubio, y a cualquiera que encare la dificil tarea de escribir sobre economia sin decir demasiadas pavadas, leer a Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Josef Schumpeter, Milton Fridman y Paul Samuelson.

    Una Empresa, es una inversion, para obtener una rentabilidad.

    Invertir es disponer del producido no consumido desde Adan a la fecha.
    A quien Invierte, se le exige obtener rentabilidad.
    No lograrla es un fracaso y una estafa, por mal gastar el capital invertido.

    No suena politicamente agradable, pero es asi.

  3. ¿Para que sirve realmente la economía?

    Dicho de una manera muy simple y cutre, sirve para que unos se hagan ricos, otros sobrevivamos, y otros queden excluídos.
    Afirmación muy matizable, explicable y digna de ser desarrollada; cosa en la que no voy a entrar, porque sería para escribir una novela.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 caracteres disponibles