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Los cambios en el Instituto JPII pueden perjudicar a las instituciones académicas de todo el mundo, advierte un profesor

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Un profesor alemán retirado sostiene que los recientes cambios en el instituto, que han tenido un amplia oposición, causan una brecha en el proceso de Bolonia, firmado también por la Santa Sede.

(NCR)- Un profesor alemán ha enviado al presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II en Roma una carga abierta en la que critica su liderazgo por los recientes y controvertidos cambios introducidos en el instituto, afirmando que “contradicen los derechos fundamentales y los deberes de las instituciones académicas”.

En una carta fechada 20 de agosto y dirigida a mons. Pierangelo Sequeri, el profesor Berthold Wald, profesor emérito de Filosofía Sistemática en la Facultad de Teología de la Universidad de Paderborn, sostiene que es “absolutamente necesario que el cuerpo académico participe en las deliberaciones sobre los estatutos y las normas de la universidad” y que es “derecho de la facultad” poder intervenir en la elección de los nuevos profesores.

“Estos principios han sido ignorados de una manera que no tiene precedentes”, mantiene Wald, aludiendo a los informes que indican que los profesores no fueron consultados sobre los nuevos estatutos del instituto, a pesar de las reiteradas promesas de que lo serían.

En particular dice que los cambios son contrarios al Proceso de Bolonia, un acuerdo de 1999 firmado por 47 países europeos, la Santa Sede entre ellos, para unificar los estándares de la educación superior, incluyendo los derechos de empleo.

Wald cree que el cambio “más fundamental” atañe a la eliminación, en los nuevos estatutos, de la cátedra de moral fundamental. Esta decisión ha llevado al despido repentino del profesor Livio Melina, predecesor de mons. Sequeri; un movimiento que Wald cree que “socava implícitamente el objetivo del Instituto de abordar en sus estudios las cuestiones éticas y antropológicas fundamentales, un objetivo que Juan Pablo II consideraba indispensable”.

Otros profesores han sido despedidos, incluido un gran amigo de san Juan Pablo II, el Prof. Stanislaw Grygiel, y su hija Monika. Un grupo de 49 estudiosos de diversas universidades del mundo han pedido a los administradores del instituto que readmitan a los profesores despedidos.

Wald advierte que estos “actos arbitrarios” no sólo perjudican la reputación académica del propio Instituto, sino que también pueden “alimentar una actitud general contra Roma poniendo en peligro el estatus académico de las universidades eclesiásticas en su conjunto”.

Este es el texto de la carta:

*   *   *   *   *   *   *

Estimado mons. Sequeri,

Nos conocimos en Roma, en un coloquio en el Pontificio Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia en noviembre de 2017. En esa época, usted llevaba ya un año como presidente del instituto, habiendo sucedido al profesor [padre Livio] Melina. Parecía usted preocupado por salvaguardar la continuidad del Instituto en lo que se refiere a sus miembros docentes y los contenidos académicos durante los cambios que tenían que producirse. Ahora, con la reciente aprobación de los nuevos estatutos, se está llevando a cabo la reorganización del Instituto anunciada por el papa Francisco con su motu proprio Summa Familiae Cura en septiembre de 2017. Sin embargo, por lo que se puede leer en los varios informes, los modos concretos de llevar a cabo la reorganización del Instituto contradicen los derechos fundamentales y los deberes de las instituciones académicas. Tanto en el marco legal eclesiástico como secular, para organizar y administrar instituciones de educación superior es absolutamente necesario que el cuerpo académico participe en las deliberaciones sobre los estatutos y las normas de la universidad. Asimismo, el derecho fundamental de una facultad a intervenir en el proceso de elección de los nuevos profesores es parte del marco legal de las normas eclesiásticas y hay que respetarlo. El gran canciller de un instituto pontificio o de una universidad eclesiástica no está por encima de estas normas. Más bien al contrario, su cargo le obliga a garantizar que dichas normas se cumplan.

Como he podido leer en las noticias, en el proceso de reorganización del Instituto Juan Pablo II, estos principios han sido ignorados de una manera que no tiene precedentes. Los nuevos estatutos han sido definidos sin la colaboración académica y sin haber consultado a los profesores, que sólo fueron informados de su despido debido a la nueva orientación del Instituto. La posible objeción de que no eran despidos sino más bien un simple “no darles empleo” en una nueva institución no se sostiene por ninguna parte. Sería una justificación sólo si el instituto hubiera sido cerrado después de haberlo consultado con el cuerpo académico, si los profesores hubieran sido informados con tiempo de la necesidad de cerrarlo y si el instituto hubiera cesado su actividad durante un tiempo. No ha sido el caso. En cualquier universidad estatal una justificación pseudo-legal como esta del despido de profesores titulares parecería un intento de engañar al público. El objetivo debería haber sido la reorganización del Instituto de un modo que pudiera seguir dedicándose al tema del matrimonio y la familia, de una manera que justifique la referencia en su nombre a su fundador, el papa Juan Pablo II.

El cambio más relevante es probablemente la eliminación de la cátedra de moral fundamental, que socava implícitamente el objetivo del Instituto de abordar en sus estudios las cuestiones éticas y antropológicas fundamentales, un objetivo que Juan Pablo II consideraba indispensable. El hecho de que Juan Pablo II sigue figurando de manera prominente en el nombre del Instituto no engaña a nadie. En realidad, la continuidad con la institución precedente, que tenía una fuerte orientación filosófico-antropológica, es sólo aparente.

Sin entrar en discusión en los contenidos materiales cuestionables de esta decisión, se puede ver que el procedimiento formal adoptado al establecer este nuevo Instituto puede poner en peligro el reconocimiento público de las instituciones académicas legalmente afiliadas a la Iglesia católica. Como presidente de la Asociación de Facultades Teológicas Católicas (Katholisch-Theologischer Fakultätentag), estuve directamente involucrado en la puesta en marcha del Proceso de Bolonia en colaboración con la Congregación vaticana para la Educación católica, la conferencia episcopal alemana y las instituciones estatales pertinentes relacionadas con las políticas de educación superior. A nadie se le hubiera ocurrido ignorar el derecho de las facultades a decir su opinión, lo que hubiera imposibilitado la reforma del programa de estudios. De hecho, tanto la Conferencia Alemana de Rectores de Universidad y el Consejo de Ciencias alemán reconocieron en ese momento que la participación activa de las facultades y universidades católicas en el Proceso de Bolonia había sido ejemplar y en conformidad con los principios de escolaridad. La equivalencia de las instituciones académicas eclesiásticas con las universidades estatales no es algo que hay que dar por descontado, ya que no hay garantía de permanencia. Esta equivalencia se basa fundamentalmente en el reconocimiento de las mismas normas básicas que sirven para proteger y preservar la libertad académica. El hecho de que el Estado reconozca la posibilidad de tener instituciones de educación superior vinculadas a la religión católica no es un papel en blanco para una interferencia autoritaria en los derechos académicos de los profesores. Al haber colaborado en dos comisiones del Consejo de Ciencias alemán, sé que es precisamente la sospecha de interferencia eclesial en los procesos académicos lo que más daña la reputación de las instituciones católicas de educación superior.

El hecho de que Roma, desde una perspectiva alemana, esté lejos no me tranquiliza en absoluto. Al contrario; temo que los actos arbitrarios de las autoridades eclesiales que han salido a la superficie en la reorganización del Instituto no sólo perjudiquen la reputación académica del propio Instituto, sino que también puedan alimentar una actitud general contra Roma, poniendo en peligro el estatus académico de las universidades eclesiásticas en su conjunto. Incluso el fenómeno de abuso de la libertad académica puede ser comprendido como un reflejo latente y subconsciente para evitar la amenaza de la interferencia eclesial en la libertad académica. Cualquier profesor de universidad que haya tenido un cargo de responsabilidad en una facultad eclesiástica sabe esto. Me pregunto cuáles son las verdaderas razones que hay detrás de todo esto para que usted, un estudioso de renombre, no vea la amenaza que hay en el hecho de que las instituciones académicas de la Iglesia se priven a ellas mismas de su valor. Dado que este no es en absoluto un asunto exclusivamente romano, mi carta aparecerá en la prensa alemana y, posiblemente, en la prensa internacional.

Le saluta atentamente,

Berthold Wald

Publicado por Edward Pentin en The National Catholic Register.

Traducido por Verbum Caro para Infovaticana.

8 comentarios en “Los cambios en el Instituto JPII pueden perjudicar a las instituciones académicas de todo el mundo, advierte un profesor
  1. ¿ Más todavía pueden perjudicar ? Está claro que Francisco quiere acabar con la ortodoxia en las universidades eclesiásticas y seminarios. Juan Pablo II y Benedicto XVI cometiero el gravísimo error de no querer acabar con la heterodoxia en el seno de la Iglesia en virtud de una tolerancia mal entendida, pues esa tolerancia lleva a que muchas almas se pierdan. Francisco es fruto de esa tolerancia. Lo que actualmente se enseña en tantas universidades de la Iglesia y seminarios es para echarse a temblar. Aldo María Valli le está dedicando al tema unos cuantos artículos a cual más ilustrativo y documentado. La Iglesia Católica está patas arriba y hay crisis para largo, para el que lo quiera ver. Lo cómodo es demonizar a Belzunegui. Eso también sé hacerlo yo.

    1. Estimado Belzunegui, si puede, no repita los sonsonetes y mentiras de los hijos del excomulgado sobre nuestro Papa Benedicto PP XVI que está protegiendo ahora mismo a la Iglesia Católica y sobre el santo polaco, sonsonetes que sostienen que no defendieron la ortodoxia. Los lefebvrianos no pueden enseñar nada; de ninguna secta pueden venir soluciones ni pueden hacerle docencia a la Iglesia Católica.

  2. Cuando las doctrinas inicuas de Paglia y sus invasivos ‘claustros docentes’, o la propia “Amoris laetitia” perjudican sólo a la salud de las almas, no parece armarse tanto revuelo como cuando trastocan las superestructuras, organigramas y otros escalafones…

    1. Se creían que limitándose a interpretar la heterodoxia conforme a la ortodoxia, cosa harto imposible, salvarían el pellejo, siendo así que el descarado Francisco quiere lo contrario, que la ortodoxia anterior se interprete conforme a la heterodoxia posterior.

      1. De vuelta usted equivocado. Los profesores juanpablistas del Instituto no son tontos; conocen a Bergo.glio.

        La táctica fue y es correcta. En virtud de ella, el que dice -y es fundamental el quién lo dice- es el bergogliato: AL es una RUPTURA con el magisterio multisecular de moral sexual y familiar católica.

        1. Y no olvidar nunca que Juan Pablo II Magno sabía muy bien y lo dijo, que este tiempo es el tiempo de la lucha entre la Iglesia y la anti-Iglesia. El santo polaco fue un noble guerrero de la Iglesia de Jesucristo. Tanto que su obra doctrinal, moral e institucional -después de muerto- es la que da batalla a la anti-Iglesia de llámame Jorge. Su obra y su gente, como nuestro Papa Benedicto PP XVI.

  3. Excelente carta del profesor Berthold Wald ante el peligro para la doctrina católica que representan Paglia-Bergo.glio interviniendo el JP2.

    Explica clarmente que una intervención eclesial que no cuente con la consulta de su cuerpo de profesores degrada la calidad académica de la Universidad intervenida, violando el proceso de Bolonia. Lo cual explica el porqué el santo polaco no se dedicó a intervenir las Universidades clásicas en estado de descomposición, verbigracia, la redentorista o la jesuita, y fundó desde cero una dedicada a la familia y a la vida humana orientada en su ética cristiana, en congruencia con la doctriana católica.

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