Una respuesta para monseñor Luis Argüello

Una respuesta para monseñor Luis Argüello

Se pregunta el obispo Luis Argüello, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, por qué los católicos no defendemos “con la misma pasión” a los migrantes y el derecho a la vida. Al menos, esto es lo que deducimos que ha dicho, a partir de un titular aparecido en Alfa y Omega, aunque luego en el texto hemos sido incapaces de encontrar la pregunta así formulada. Pero el mejor escribano echa un borrón, y no tenemos razones para dudar de que haya planteado la pregunta con la claridad que delata el titular del órgano de la Archidiócesis de Madrid.

Nosotros estaríamos tentados de darle la vuelta a la pregunta e interrogarnos sobre la razón de que, súbitamente y casi de un año para otro, nuestros pastores parezcan incapaces de defender el derecho a la vida, si no con la misma ‘pasión’, al menos con igual énfasis y frecuencia que a los migrantes, que han pasado a ser eso después de toda una vida de ser inmigrantes, por una de esas coincidencias léxicas que tiene la vida.

Una de las debilidades hoy de la Iglesia, sostuvo Argüello al clausurar el foro sobre migraciones organizado por la CEE y la Universidad Pontificia Comillas, es no ser capaces de defender siempre “con la misma pasión” la doctrina católica en unas y otras cuestiones, “no pensando: “este asunto es de los de este lado, y este asunto de los de este otro lado”.

Nosotros queremos contribuir a despejar la perplejidad episcopal de Argüello, por lo que pueda servir. Se nos ocurren varias razones para la disparidad que le desconcierta, ninguna de las cuales resulta inaccesible para un razonamiento siquiera mediano, sin grandes profundidades teológicas. Muy de andar por casa.

Lo primero es que defender al no nacido es sencillo: basta con oponerse a que lo maten. Pocos matices ahí, ningún dilema moral, y el primer bien a defender, la vida, sin el que ningún otro derecho en este mundo, incluyendo los que afectan a los migrantes, es siquiera posible.

En cambio, ¿qué significa ‘defender al migrante’? ¿Tratarle como a un prójimo, como a un hermano? Ninguna duda aquí, ni cristiano alguno que en ninguna parte haya defendido lo contrario. De hecho, si llega a ser esta la cuestión, no habría debate ni problema ni tendría Argüello razones para plantear su falso dilema.

Pero todos sabemos que no es eso lo que pregunta; todos sabemos que la trampa en este asunto es valerse de una obvia consecuencia del mensaje evangélico -tratar al migrante concreto como a nuestro prójimo- para plantear la defensa de una política migratoria concreta que nunca se le ha ocurrido a nadie, que ninguno de los países de nuestro entorno ha aprobado jamás y que ni siquiera ha sido defendida por los pastores de nuestra propia Iglesia hasta ahora mismo.

¿Por qué no se defiende con la misma pasión el derecho a la vida que la inmigración masiva ilegal e irrestricta? Porque la primera es no solo doctrina católica desde hace dos mil años sino principio moral incuestionable desde siempre, incluido en el “No matarás”, mientras que la segunda ni siquiera es doctrina de la Iglesia. Por no remontarnos a polvorientos autores del pasado, aunque para nuestra Iglesia, portadora de una Verdad perenne, eso no debería ser en absoluto problema, los dos Papas inmediatamente anteriores han refrendado el derecho de los Estados a controlar sus fronteras y decidir quién entra y quién no, y en qué condiciones. Quizá sea por eso, Monseñor Argüello. Se me ocurre.

Pero aprovecho la pregunta, me temo que retórica y aplicada solo a este campo de moda, para devolvérsela, no a él, sino a todos nuestros pastores. ¿Por qué nuestros obispos y sacerdotes no defienden “con la misma pasión” la doctrina católica en unas y otras cuestiones, “no pensando: “este asunto es de los de este lado, y este asunto de los de este otro lado”? ¿Por qué hay tantos aspectos de nuestra doctrina que parecen haber desaparecido sin que nadie los haya abolido, sencillamente ignorados masivamente por quienes tienen una responsabilidad directa en la salvación de nuestras almas? Incluso empezando por ahí, por un énfasis en esa urgencia de ocuparse del alma y de su destino eterno.

¿Cuántas veces ha hecho monseñor Argüello o sus predecesores y colegas hincapié en la existencia del pecado; cuántas sobre la virtud de la castidad, la gravedad de la sodomía, la existencia del Infierno, el Juicio y las realidades sobrenaturales, o la ilicitud de los anticonceptivos artificiales? ¿No son estas cosas doctrinas católicas? ¿Diría usted que se habla mucho de ellas en los púlpitos, no digamos en los farragosos y planos documentos de la Conferencia Episcopal?

Realmente nos alegramos de que monseñor nos haya ofrecido con su interrogación retórica esta oportunidad, y la ocasión de preguntarnos, a nuestra vez, cuándo defenderán nuestros obispos la fe en toda su integridad y la salud de nuestras almas “con la misma pasión” con que defienden la exención del IBI para los bienes de la Iglesia, la asignatura de Religión, la ‘x’ del IRPF o la supervivencia de la COPE y 13tv.

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