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Ulrich L. Lehner: “Tenemos que retornar a Cristo y darle espacio en nuestra vida”

El afamado escritor Rod Dreher entrevista a Ulrich L. Lehner, autor de 'Dios no mola' (Bibliotheca Homo Legens)Joven rezando
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(Rod Dreher)- Los lectores de este blog saben que uno de mis mayores tormentos es el deísmo terapéutico moralista, una versión falsa e insípida del cristianismo que considera a Dios como un mayordomo cósmico y el hecho de ser amable como la mayor grandeza moral. Esta es, de facto, según afirma el sociólogo Christian Smith, la religión de la mayoría de los jóvenes americanos. El teólogo católico Ulrich Lehner ha escrito un magnífico libro que destruye, de una manera accesible al lector común, este deísmo terapéutico moralista. Dios no mola [God Is Not Nice] (publicado en español por HomoLegens) es un libro de obligada lectura para padres, educadores religiosos y cristianos comunes que quieren liberarse de esta deidad, cómoda como una chaqueta de lana, de la cultura pop americana y que desean entrar en relación con la grandeza radical de Dios.

Una observación: Lehner no dice que Dios sea “mezquino”. El centro de su argumentación es que Dios es mucho más misterioso y tiene mucha más grandeza que el dios moralista de clase media al que toman hoy por Dios la mayoría de los americanos. Pensemos en la descripción que hace Mr. Beaver de Aslan en el libro de C.S. Lewis, El león, la bruja y el armario: “¿Quién ha hablado de seguridad? Claro que no es seguro. Pero es bueno. Es el Rey, os lo aseguro”.

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Este es el Rey Todopoderoso que Ulrich Lehner quiere revelar a sus lectores.

Estaba tan entusiasmado por el libro del profesor Lehner que sentí la urgencia de hablar con él sobre el mismo. Lehner, que enseñan en la Marquette University, aceptó una entrevista vía email. Aquí la tienen ustedes:

Empecemos con la pregunta obvia: ¿qué quiere usted decir con esto de que Dios no es amable [nice en inglés]? ¿Está usted diciendo que Dios es mezquino?

No, Dios no es mezquino, pero decir que Dios es amable es una terrible descripción de Dios. En origen, la palabra nice deriva de nescius que significa “ignorante” y que era utilizada en la Edad Media para describir la estupidez. Por lo tanto, la gente “amable” era gente “estúpida”. Fue solo a partir del siglo XVIII cuando empezó a tener el significado de “amabilidad”, a hacer referencia a “lo agradable”. Sin embargo, el Dios de la Biblia no es agradable como nuestra comida favorita o un programa de televisión. En el momento en que utilizamos la palabra “amable” para describir a Dios, estamos traficando con la vaguedad, la superficialidad y la amabilidad subjetiva para describir lo Divino. Es un síntoma de nuestro tiempo pensar en Dios en estos términos. Deseamos a un Dios que nos haga sentir bien y que nos ayude, pero esto es, en última instancia, un abuso de Dios, y una idolatría, como afirmó C.S. Lewis.

Casi al principio de su libro usted hace una afirmación radical, una afirmación que es verdad, pero que estoy seguro de que no tiene sentido para los cristianos de hoy en día: «Somos parte del cosmos y experimentamos nuestras conexiones dentro del mismo» (pág. 28). ¿Qué implicaciones tiene esta afirmación? ¿Por qué es tan ajena a la sensibilidad moderna? ¿Y qué tiene que ver con que Dios sea o no amable?

Muchos cristianos contemporáneos viven una vida totalmente secular, con excepción de una hora el Sabbath [domingo]. Hace unos diez años, Alasdair Macintyre me abrió los ojos con su libro Animales racionales y dependientes. Por qué los seres humanos necesitamos las virtudes. En él demostraba que no podemos ser virtuosos solos, que dependemos los unos de los otros y que cuando nos olvidamos de esta dependencia, nos hundimos en el abismo moral. Creo que no sólo estamos desconectados entre nosotros en la sociedad, sino también como parte de la creación: pertenecemos a una jerarquía de objetivos, y cada uno de estos tiene que ser tratado con respecto, ya sean recursos animales o naturales, o seres humanos en todas las etapas de su desarrollo.

También pienso que raramente pensamos en el papel que tenemos en una historia más grande porque estamos obsesionados con nuestra “propia” historia. Pero nuestras historias sólo tienen sentido si forman parte de algo más grande. Si no hay una historia más grande, todo lo que hacemos y conseguimos está destinado, como dijo Bertrand Russell, “a la extinción en la vasta muerte del sistema solar”. Los cristianos de hoy en día compran, de manera inconsciente, esta religión de la desesperación adormeciendo su experiencia del cosmos. El resultado es perder el sentido de la realidad, la idea del orden y, también, la capacidad de maravillarse.

Cuando estás muy desesperado necesitas un fármaco que te ayude a sobrevivir y este es el Dios “amable”: es la pastilla que consigues del terapeuta divino. ¿Recuerda el pasaje del Evangelio de Lucas 17, 11-19, la historia de los diez leprosos curados por Jesús? De estos, sólo uno vuelve para dar las gracias a Dios y a Jesús. Sólo uno. Los otros nueve ven a Dios como una “pastilla” y una vez sanados, se olvidan de Él por completo. Cuando nos damos cuenta de lo idólatra que es esta visión de Dios, cómo le hace el juego al ateísmo militante y cómo erosiona la verdadera fe, lo único que podemos hacer es rechazarla.

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Usted dice que el ascetismo cristiano es «el mayor realismo que hay en el mundo» (pág. 41). ¿Qué quiere usted decir?

Nosotros, creyentes religiosos, ya seamos judíos, cristianos o musulmanes, a menudo somos objeto de burla por parte de las personas que han perdido el sentido de la realidad. Creo que lo contrario es la verdad. La religión auténtica nos invita a aceptar la realidad, a saber: el mundo creado a nuestro alrededor, nuestros cuerpos con sus debilidades, nuestras frágiles almas y mentes, y la alteridad de Dios.

El ascetismo significa entrenamiento (san Benito llamaba a la vida en el monasterio una “Escuela del Señor”). Nos llama a renunciar a algo, no sólo a un determinado bien o un placer, sino a un determinado deseo. Su propósito es moldearnos de nuevo y reeducarnos. Imagine si utilizara el mismo deseo que tiene por su comida favorita o por un aumento de sueldo para ¡convertirse en santos!

Al renunciar a algunos bienes, aprendemos a centrar de nuevo nuestros deseos; dejamos de lado nuestros prejuicios, nuestra manera, condicionada, de ver el mundo, y somos más conscientes de la realidad. San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas, lo resume de una manera muy hermosa: “No es el mucho conocimiento el que llena y satisface el espíritu, sino sentir y gustar las cosas internamente”. Lo podríamos decir de manera más sucinta: ¡lo pequeño es hermoso! Cuanto menos deseemos las cosas, más las podemos degustar internamente. Esto, por cierto, es algo que conecta el ascetismo cristiano con la espiritualidad budista, que llama a esta actitud mindfulness.

La ciencia y el entretenimiento son “estrategias de afrontamiento” modernas que nos ayudan a sobrellevar la inevitabilidad de la muerte. ¿Cómo funcionan? ¿Por qué no nos bastan?

Una vez fui a recoger al aeropuerto de Chicago a un premio Nobel de Química que venía a dar una conferencia a la Universidad Notre Dame. Durante las dos horas o más de viaje, sólo hablamos de imaginación y arte tibetano. El hombre tenía que dar una charla sobre ciencia, pero dijo: “El arte tibetano y la filosofía son más interesantes”.

En otra ocasión, cené con un ganador de la Medalla Fields (el equivalente en matemáticas al premio Nobel). Le pregunté qué le gustaba leer y me respondió: “Filosofía y teología. Tomás de Aquino formó mi imaginación matemática”. Los mayores científicos nos pueden decir lo importante que es la imaginación, y que los mayores deseos del corazón no encuentran respuesta en las ciencias puras.

Todos deseamos ser amados, ser escuchados (¡Taylor Caldwell explica esto mejor que nadie!), etcétera. Siempre que leo a Pascal con mis estudiantes, me sorprende ver lo bueno que es descubriendo estrategias de afrontamiento modernas para sobrellevar las situaciones. Por ejemplo, cómo podemos desviar la atención de las preguntas realmente importantes de la vida (por ejemplo, ¿Qué pasa si muero esta noche? ¿Cuál es el significado de todo?). En estos casos siempre tengo uno o dos estudiantes que no pueden contener las lágrimas en clase: se dan cuenta de que han sido engañados por sus padres y la sociedad.

Todos morimos solos. E incluso si en un futuro distante pudiéramos prolongar nuestra existencia descargando nuestra memoria en un superordenador, no seremos nosotros, sino sólo una copia de nuestra memoria. Nosotros, como humanos, somos finitos. El trabajo, el dinero, el ejercicio físico, etc. son utilizados para poder sobrellevar el miedo a la muerte. En nuestros cumpleaños a menudo oímos: “La salud es lo más importante”. Sin embargo, ¿qué es la salud? ¿Es lo más importante? ¿Existe algo como la salud absoluta, o nos estamos refiriendo a la ausencia de enfermedades que nos impiden hacer lo que realmente deseamos y queremos?

Ninguno de los mayores pensadores de los últimos tres mil años ha dicho nunca que la salud es el mayor bien de la vida, y hay una buena razón para ello. ¿Qué bien puede ser la ausencia de dolor y enfermedad si en nuestra vida no hay amor?

En relación a la cuestión de la felicidad, usted traza una distinción entre santo Tomás de Aquino, que afirma que nuestra verdadera felicidad es la comunión con Dios, y el filósofo económico Adam Smith, que definió la felicidad como el “estado de simpatía que Él produce”. ¿Por qué esta diferencia nos atañe hoy en día?

Todos queremos ser felices. Sin embargo, la pregunta más relevante es: ¿qué queremos realmente?  Creo que a menudo no lo sabemos porque hemos encaminado mal nuestros deseos. Smith cree que debemos desear el estado de amabilidad, el sentimiento de felicidad. Sin embargo, esto es muy subjetivo, varía de persona a persona y puede ser sumamente destructivo. Nuestro agradable estilo de vida occidental destruye el planeta y la vida de las generaciones futuras. En resumen, Smith acelera nuestro narcisismo y nuestra adicción a las cosas, mientras que santo Tomás de Aquino nos recuerda que la verdadera felicidad nunca está en un sentimiento, sino en nuestra comunión con otro.

Los sentimientos son importantes, pero lo que para mí es muy preocupante es la ingenuidad con la que nos dicen que confiemos en nuestros sentimientos, como si estos fueran pequeños dioses que nunca fallan. Sin embargo, todos sabemos lo fácil que es que estos nos engañen, lo influenciados que están por el ambiente, nuestros patrones de sueño, de comida, la depresión, etc. En resumen, son una guía terrible de la realidad si no los examinamos. En la tradición cristiana este examen se llama discernimiento. Y da la sensación de que lo hemos dejado en manos de los centros comerciales.

En una ocasión estuve en una reunión de profesores e intelectuales católicos. Todos hablaban sobre la crisis cultural y lo que debería hacerse. Me asombraba ver cómo los profesores que enseñan a los estudiantes universitarios católicos intentaban convencer a los eruditos más ancianos de que el mundo que les había formado había desaparecido. Los católicos más ancianos parecían estar convencidos de la idea de que el catolicismo americano (y la moral y, en general, el orden cívico americano) era fundamentalmente sólido, a pesar de algunos retrocesos, y que los católicos sólo tenían que exponer mejores argumentos. Los profesores más jóvenes respondían diciendo que la razón no tiene sentido cuándo estás tratando con una población de jóvenes católicos que no saben casi nada de su fe, algo habitual hoy en día. ¿Cuál ha sido su experiencia personal al respecto? ¿Y qué tiene esto que ver con su nuevo libro? 

Como historiador, estoy convencido de que no existe una única solución igual para todos en relación a estos problemas. La Iglesia tiene que reforzarse y utilizar los instrumentos que tiene a su alcance. Es verdad que los argumentos razonables no llegan a todos, y hay que preguntarse el porqué. Muchos crecen en familias donde la verdad no existe y todo se centra en las cosas, los sentimientos, el consenso. Si desde la escuela secundaria te dicen que la “verdad” no existe, y si tus padres no te dan una comprensión sólida y fundamental de la realidad (y la metafísica), no hay nada sobre lo que razonar. En consecuencia, la promiscuidad es lo correcto porque no hay una moralidad “objetiva”, el divorcio es lo correcto, es una decisión tuya. La catequesis no ha ayudado a las familias, y las escuelas no pueden suplir el fracaso de las familias. Los padres están llamados a enseñar a sus hijos. Este es el motivo por el que el próximo libro que quiero escribir es un libro de filosofía para estudiantes de secundaria.

Y sí, muchos jóvenes católicos no tienen un gran conocimiento sobre su fe; tenemos muchos buenos teólogos, pero si no enseñamos la fe en nuestras comunidades y hacemos que las familias sean “escuelas del Señor”, ¿qué podemos esperar?

El crítico cultural laico Philip Rieff escribió en una ocasión que lo que necesitamos hoy en día es un restablecimiento del “santo terror”; con esto, él quería decir “miedo de uno mismo, miedo del mal en uno mismo y en el mundo. Es también miedo al castigo”. Sin este miedo, dice Rieff, la autoridad no es posible, y nos convertimos en monstruos. ¿Puede desarrollar esta idea según lo que usted afirma sobre la realidad del pecado en su libro? 

No he leído nada de Rieff, pero Chesterton tenía una idea similar cuando escribió las historias del padre Brown; como también la tenía C.S. Lewis cuando escribió Cartas del diablo a su sobrino. Deberíamos sentir terror ante el abismo del mal que hay dentro de nosotros; si somos sinceros con nosotros mismos y con Dios, y examinamos (examen de conciencia) nuestro revés oscuro (por utilizar una imagen de la serie de Netflix Stranger Things), tendríamos más humildad.

Todos los santos se consideraban a sí mismos como el mayor de los pecadores, porque cuanto más santo eres, más sintonizas con tus propias faltas. El miedo es un mecanismo de supervivencia, pero también puede ser un impedimento: creo que prefiero hablar de vigilancia y conciencia. Debemos ser conscientes de nuestras debilidades, de la facilidad con la que caemos y nos convertimos en monstruos (¡nos lo enseña la historia de los campos de concentración!), y de que sólo podemos ser realmente vigilantes con la sabiduría que nos da el Espíritu Santo.

¿Por qué son tan importantes para nosotros hoy en día los mártires cristianos? ¿O, mejor dicho, por qué deben ser importantes, incluso cuando nadie habla de ellos?

Creo que mucha gente piensa en los mártires como los cristianos perseguidos hace mucho tiempo. Sin embargo, muchos fueron asesinados en tiempos recientes, y siguen siéndolo ahora: muchos fueron asesinados en países como Francia, España o Méjico. En mi libro sobre la Ilustración hablo de los mártires del confesionario. Por ejemplo, acerca de un sacerdote que se negó a revelar la confesión de dos soldados prusianos que desertaron: el rey Federico II -famoso por su “tolerancia”- hizo que le ahorcaran y que su cuerpo se pudriera en la horca. Este sacerdote murió porque negó la autoridad del Estado sobre el sacramento.

En nuestra sociedad está aumentado la hostilidad contra la cristiandad; se nos identifica con el racismo, el sexismo y cualquier maldad existente. Los mártires nos dan valor: ¡hay algo por lo que vale la pena sufrir! En última instancia, las personas con convicciones pueden ser héroes.

¿Podría hablarnos de la definición cristiana tradicional y clásica de libertad como la “libertad de hacer el bien” y su diferencia con el sentido moderno de libertad como ausencia de limitación de la voluntad individual?

La libertad es mucho más de lo que los pensadores modernos quieren hacernos pensar. Es como si hubiéramos cambiado una idea tridimensional de libertad por una falsificación unidimensional. Según la idea moderna, los límites siempre son un freno a la libertad y raramente son algo positivo. Tiene más valor poder elegir algo potencialmente malo en lugar de ser perfectamente libres de elegir el bien.

Una definición clásica de libertad, por otro lado, tiene en cuenta que la verdadera libertad puede existir sólo cuando somos libres de los vínculos de esclavitud de las cosas mundanas, de las decisiones tomadas sin discernimiento y de las expectativas sociales, para así ser libres de convertirnos en lo que Dios/la naturaleza quiere que seamos. Siempre les recuerdo a mis estudiantes que el objeto de las “artes liberales” que muchos consideran superfluas es liberarlos para que puedan alcanzar el bien.

Por último, ¿hacia dónde nos dirigimos? “Dios no mola” es un diagnóstico magnífico, una lectura altamente recomendable, del problema al que se enfrentan los católicos -y todos los cristianos- en una modernidad post-cristiana. ¿Qué desea usted que haga el lector cuando termine de leer su libro?

Que se dé cuenta de que Dios es bueno más allá de toda medida, de todo perdón y de toda misericordia, y que sólo tenemos que hacer una cosa: (re)tornar a Cristo y darle espacio en nuestra vida.

 

Publicado por Rod Dreher en The American Conservative; traducido por Elena Faccia Serrano para InfoVaticana.

4 comentarios en “Ulrich L. Lehner: “Tenemos que retornar a Cristo y darle espacio en nuestra vida”
  1. Me pregunto porqué tantos laicos no tenemos miedo al pensamiento único, de encefalograma plano, mientras que los obispos y cardenales, en general, incluído el de Roma son tan complacientes, descuidando sus obligaciones de confirmar en la Fe.

  2. Todavia la mayoría de católicos no se ha enterado que volver a Cristo solamente consiste en volver a la Sagrada Tradicion puesta por Cristo y que se ha ido abandonando. ¿Cristo predicó el ecumenismo y la falsa libertad religiosa y de conciencia?¿predicó el gobierno colegial de su Iglesia?¿enseñó la misa de Pablo VI y su evolución a la misa de los kikos? ¿O mas bien enseñó la misa que Trento dogmaticamente dice que es de tradicion apostólica?. Cualquier otra vuelta a Cristo es una falacia, puesto que todo esto que he dicho lo impide.

    1. Lo que más daño hace son las las medias verdades de los filo-lefevbristas, que parecéis estar a una con los masones vaticanos para cargaros la VERDADERA tradición: La renovada por el Concilio Vaticano II en continuidad (en todo lo esencial) con el Vaticano I y con Trento. La hermenéutica de continuidad del último Concilio con la tradición, aplicada por San Juan Pablo II y por Benedicto XVI no la digerís porque desmonta vuestras manías. entre ellas la “invalidez” de la Sta. Misa Novus Ordo que, celebrada correctamente, es tan válida como la Vetus. Por cierto, que jesucristo no celebró la última cena dando la espalda a sus discípulos, así que la liturgia tridentina aun siendo muy cuidadosa podía mejorarse, si no desde el plano sacrificial, sí desde el participativo.
      Estar contra los mejores Papas que ha tenido la Iglesia, incluido el autor de la Humanae Vitae y del Credo del Pueblo de Dios nos impide aceptaros como ejemplo.

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