La visión que cambió la vida del Padre Pío

El Padre Pío celebrando la eucaristía
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En 2002, treinta y cinco años después de su fallecimiento, el Padre Pío fue canonizado por san Juan Pablo II. No cabe duda de que, a día de hoy, se trata de uno de los santos más populares: en Italia, por ejemplo, su devoción se ha extendido hasta niveles verdaderamente impactantes. Y tampoco debería sorprendernos. El padre Pío es un aliento de espiritualidad que nuestra época, ahíta de materialismo, necesita.

Una buena forma de adentrarse en los recovecos existenciales del santo es leer Padre Pío contra Satanás, un ensayo del egregio vaticanista Marco Tosatti recientemente publicado por Homo Legens. En él, el autor se refiere, entre otras cuestiones, al origen de la vocación del religioso.

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Desde sus primeros años de vida, el alma del padre Pío albergó un conflicto verdaderamente encarnizado entre la vocación religiosa por un lado y la mundanidad por otro. Así lo relata el propio santo, en un texto citado por Tosatti:

Esta alma sintió con fuerza, desde la más tierna infancia, la vocación al estado religioso; pero, al pasar los años, ¡ay de mí!, esta alma iba absorbiendo la vanidad de este mundo. Por una parte, la vocación, que se hacía sentir con fuerza en esta alma, y por l, ca otra, el dulce pero falso goce de este mundo, empezaron a luchar entre ellos, en el corazón de esta pobre [se refiere a su alma]; y tal vez – y sin tal vez – los sentidos, con el paso del tiempo, habrían triunfado ciertamente sobre el espíritu y sofocado la buena semilla de la divina llama. Pero el Señor, que quería esta alma para sí, quiso favorecerlo con esta visión.

La visión constituyó un verdadero punto de inflexión; Pío, que entonces se debatía entre lo divino y lo mundano, fue iluminado por un haz procedente de otro mundo.

Un día, mientras meditaba sobre su vocación y cómo tomar la decisión de decir adiós al mundo para dedicarse enteramente a Dios en un sagrado recinto, fue repentinamente extasiada y llevada a mirar con el ojo de la inteligencia las cosas, de manera distinta a como se ven con los ojos del cuerpo.

 Dejamos que el propio Padre Pío relate la visión:

Vio a su lado un hombre majestuoso de rara belleza, resplandeciente como el sol, que la tomó de la mano. Oyó que le decía: ‘Ven conmigo, porque te conviene combatir como un guerrero valeroso’. La llevó a un campo abierto. Había una gran multitud, dividida en dos grupos. En un lado, vio hombres de rostros bellísimos, cubiertos con túnicas blancas, cándidas como la nieve; al otro, el segundo grupo, hombres de aspecto horrible, con hábitos negros como si fueran sombras oscuras.

Vio a su lado un hombre majestuoso de rara belleza, resplandeciente como el sol, que la tomó de la mano. Oyó que le decía: «Ven conmigo, porque te conviene combatir como un guerrero valeroso». La llevó a un campo abierto. Había una gran multitud, dividida en dos grupos. En un lado, vio hombres de rostros bellísimos, cubiertos con túnicas blancas, cándidas como la nieve; al otro, el segundo grupo, hombres de aspecto horrible, con hábitos negros como si fueran sombras oscuras.

Entre estos dos numerosos grupos de hombres había un gran espacio, en el que el guía colocó a esta alma. El alma estaba admirando estos dos grupos de hombres cuando, de repente, avanzó en medio de ese espacio, que dividía a los dos grupos, un hombre de altura desmesurada, que parecía tocar las nubes con la frente: su rostro parecía el de un etíope, y era horrible.

Al verle, la pobre alma se sintió desconcertada, sintió que la vida se detenía. Este extraño personaje avanzaba cada vez más. Su guía, que seguía a su lado, le dijo que tendría que combatir con ese individuo. Ante estas palabras la pobre palideció, se puso a temblar y estuvo a punto de caer desfallecida, tan fuerte era el terror que le causaba.

El guía la sostuvo por un brazo y, cuando la pobre se hubo recuperado un poco del susto, se dirigió al guía pidiéndole que le evitara exponerla al furor de ese personaje tan extraño; porque decía que era tan fuerte que para aterrorizarlo no bastaban todas las fuerzas de todos los hombres juntos.

«Vana es toda resistencia, te conviene pelear. Ánimo: entra con confianza en la lucha, avanza con valentía que yo siempre estaré cerca; te ayudaré y no permitiré que te derrote; como premio de tu victoria te daré una espléndida corona que te adornará la frente».

La pobre alma cogió fuerza y entró en el combate con ese formidable y misterioso personaje. El choque fue enorme, pero con la ayuda que le daba el guía, que nunca se separó de ella, al final lo derrotó, lo venció y lo obligó a huir. El guía, entonces, fiel a su promesa, sacó del interior de su túnica una corona de gran belleza, nunca vista, que sería inútil describir, y se la puso en la cabeza, pero enseguida la retiró diciendo: «Tengo otra más bella reservada para ti si sabes luchar bien con ese personaje con el que acabas de combatir. Volverá a atacarte para recuperar el honor perdido. Combate con valentía y no dudes de mi ayuda. Mantén los ojos abiertos, porque este personaje actuará contra ti cogiéndote por sorpresa. No te asustes si te molesta, no tengas miedo de su formidable presencia, recuerda lo que te he prometido: siempre estaré cerca de ti, te ayudaré siempre, para que consigas derrotarlo».

Una vez derrotado ese hombre misterioso, la gran multitud de hombres de aspecto horrible se dio a la fuga entre chillidos, imprecaciones y gritos que aturdían, mientras que de los pechos de la otra multitud de hombres de bellísimo aspecto salían voces de aplauso y de alabanza hacia ese hombre maravilloso y más luminoso que el sol, que había ayudado de manera tan magnifica en esa dura batalla a la pobre alma.

Así acabó la visión.

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Comentarios
2 comentarios en “La visión que cambió la vida del Padre Pío
  1. Me sorprende favorablemente que el prologuista sea Vallejo balda, quien padeció cárcel vaticana con una saña y crueldad que se compadece muy mal con la alardeada misericordia francisquita, de sobra conocida.

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