Ancianos lujuriosos y clericales

Fernando Lacalle
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«Et everterunt sensum suum et declinaverunt oculos suos, ut non viderent caelum neque recordarentur iudiciorum iustorum. Perdieron la cabeza dejando de mirar hacia el cielo y olvidando sus justos juicios.» Daniel, 13, 9

¿Clericalismo y/o lujuria?

En el discurso oficial de la jerarquía católica, se señalan dos graves pecados detrás de la actual crisis por los abusos en la Iglesia: la corrupción que provoca el deseo de poder y de dinero; y la cizaña de Satanás, que divide al pueblo de Dios.

Es verdad que algunos pueden estar utilizando las torpezas cometidas por tantos clérigos, como ariete para una lucha ideológica dentro de la Iglesia. Pero no debemos llamar luchas ideológicas a lo que sean meros empeños por mantener la fe y la moral transmitidas por Jesucristo y sus Apóstoles, expresados con claridad y caridad.

A muchos les sorprende la ausencia de referencias a los desórdenes contra la castidad cuando se hace un diagnóstico de los orígenes de la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia, contra menores y jóvenes dependientes.

No hace falta ser muy retorcidos para descubrir que -entre otras cosas- esos abusos consisten precisamente en desórdenes en el comportamiento sexual, amparados por errores sobre la moral sexual de la Iglesia, y laxitudes en la aplicación de su disciplina. Aunque hay que reconocer que los problemas son complicados, sobre todo cuando intervienen también dinámicas sociológicas -el clericalismo- y comportamientos patológicos que no se siguen necesariamente de los desórdenes sexuales.

Pero en todo caso, creo que no está de más subrayar el papel de la lujuria, los pecados contra la carne, y las herejías contra la moral sexual, en la crisis de los abusos; y seguramente en la crisis de la Iglesia en general: de moral, de fe y litúrgica. No poner el hacha de la reforma espiritual e institucional en la raíz del problema es lo mismo que “dar golpes al aire” (cfr. 1 Cor, 9: 26). Y eso –insisto- sin ponerse puritanos.

La Lujuria, detrás de la imprudencia y la injusticia

Señalar que detrás de casi todos los pecados se esconde algún desorden contra la castidad no es moralismo puritano o victoriano. No es casuística preconciliar. Ni neoconservadurismo endurecido. Es la doctrina moral tradicional en la Iglesia, es decir: una luz de Dios y una aportación de la sabiduría secular de los santos y doctores de la Iglesia, ante las cuales los análisis psico-sociológicos y la verborrea de los “intérpretes de los tiempos” deberían enmudecer.

Me limitaré a una fuente contrastada: Santo Tomás de Aquino. En su tratado sobre las pasiones y virtudes escribía en Suma Teológica, II, II, 153, art. 5, respondeo:

«Cuando las potencias inferiores se muestran especialmente sensibles al placer, es natural que las potencias superiores se vean impedidas y desordenadas en sus actos. Ahora bien: el vicio de la lujuria hace que el apetito inferior, el concupiscible, se ordene de un modo vehemente a su objeto propio, lo deleitable, debido a la impetuosidad del deleite. De ello se sigue, lógicamente, que las potencias superiores, entendimiento y voluntad, se sientan altamente desordenadas por la lujuria.

En la vida moral intervienen cuatro actos de la razón. En primer lugar, la simple inteligencia, que percibe la bondad del fin. Este acto se ve impedido por la lujuria, conforme a lo que leemos en Dan 13,56: La hermosura te engañó y la concupiscencia pervirtió tu corazón. Esto lo realiza la ceguera mental. El segundo acto es la deliberación sobre los medios que han de elegirse, y también se ve impedido por la concupiscencia de la lujuria. Por eso dice Terencio, en Eunuco, hablando de un amor licencioso: lo que no admite deliberación ni medida, no se puede regular por la deliberación. Para ello ponemos la precipitación, que es privación del consejo debido, como ya dijimos antes (q.53 a.3). El tercer acto es el juicio sobre lo que ha de hacerse. También este acto tercero se ve impedido por la lujuria, pues leemos en Dan 13,9 sobre los ancianos lujuriosos: Pervirtieron su sentido y no se acordaron de los juicios justos. Esta función la desempeña la inconsideración. El cuarto es el imperio de la razón. También lo impide la lujuria, al obstaculizar la ejecución del decreto de la mente. Por eso dice Terencio, en su Eunuco, refiriéndose a uno que aseguraba que dejaría a una amiga: Una falsa lágrima borrará esas palabras.»

En ese mismo artículo, a las objeciones, añade:

  1. Como dice el Filósofo en VI Ethic., la intemperancia corrompe en grado sumo a la prudencia. Por eso los vicios opuestos a la prudencia tienen su origen preferentemente en la lujuria, que es la principal especie de intemperancia.
  2. La constancia en cosas arduas y terribles se considera como parte de la fortaleza. Pero la constancia en abstenerse de los placeres se considera parte de la templanza, como dijimos antes (q.143). Por eso se considera como hija de la lujuria a la inconstancia, que es opuesta a ella.

Sin embargo, también la primera clase de inconstancia es efecto de la lujuria, en cuanto que relaja y afemina el corazón del hombre, según leemos en Os 4,11: La fornicación, el vino y la embriaguez quitan el corazón. Y Vegecio dice en De Re Militari: Menos teme la muerte quien menos deleite conoció en vida. Y no es necesario, como ya dijimos muchas veces (q.36 a.4 ad 1; q.118 a.8 ad 1), que las hijas de un vicio capital se ocupen de la misma materia que él. 

  1. El egoísmo es principio común de pecados por razón de todos los bienes que desea. Pero se considera hija de la lujuria en cuanto al deseo específico del placer carnal.
  2. Los vicios enumerados por San Isidoro son actos externos desordenados que se refieren, sobre todo, a la comunicación externa. En cuanto a ésta, puede darse un desorden por cuatro conceptos. En primer lugar, por razón de la materia del discurso, en cuyo caso tenemos las conversaciones torpes. En efecto, puesto que de la abundancia del corazón habla la boca, como leemos en Mt 12,34, el lujurioso, cuyo corazón está lleno de torpes deseos, fácilmente pronuncia palabras obscenas. En segundo lugar, por parte de la causa. Dado que la lujuria produce inconsideración y precipitación, es lógico que obligue a pronunciar palabras poco pensadas, que llamamos tontas. En tercer lugar, por razón del fin, ya que el lujurioso, al buscar el deleite, ordena hacia él sus palabras, y así pronuncia palabras jocosas. En cuarto lugar, en cuanto al sentido de las palabras, que la lujuria pervierte por la ceguedad mental que produce. De ahí que fácilmente se incline a pronunciar necedades, dado que con sus palabras prefiere los deleites que apetece a cualquiera otra cosa”.

El descenso a los infiernos

Es frecuente escuchar a los maestros de la moralidad contemporáneos una posición comprensiva sobre los pecados contra la carne. Como si fueran siempre algo de superficial gravedad. Como si lo único grave fueran las ofensas contra la justicia, o las omisiones en materia de compromiso social. Ciertamente estos son también pecados que pueden ser muy graves. Y ciertamente, la lujuria trae consigo. Pero esto es precisamente lo que se trata de subrayar aquí: que aunque no es solo lujuria, tampoco la lujuria es una mera circunstancia en el proceso de la corrupción moral y de la pérdida de la fe, sino antes bien, una de sus raíces.

¿Cómo se produce este descenso a los infiernos? No podemos hacer aquí un relato generalizado. Pero sí establecer algunas conexiones causales nada rebuscadas, desde la lujuria, hasta las profundidades de la crisis actual.

La lujuria impide ver a Dios, contemplarlo en la oración, descubrirlo en los sacramentos. Apaga así en primer lugar el amor, la caridad. Es la pérdida de la caridad primera, de la que habla el Apocalipsis.

La lujuria hace perder la esperanza. La esperanza personal, por la fuerza irresistible en apariencia de los remolinos de la pasión y del vicio. Pero también la esperanza en la Iglesia: los pastores que no han experimentado en sí mismos la fuerza liberadora de la gracia y de la virtud de la castidad, es fácil que vean la marea de la hipersexualidad como una fuerza irresistible, ante la que no vale la pena seguir nadando contracorriente. Debe haber algo errado en nuestra enseñanza y en nuestras costumbres. Debe haber alguna forma de acomodamiento que nos permita nadar plácidamente en las tormentas de la destrucción del orden moral.

A la postre, la lujuria hace perder la fe. Ya no se trata solo de acomodarse, sino de cambiar lo que ha enseñado la Iglesia, de pensar que los cristianos de todos los tiempos –y tantas otras personas de buena voluntad que han intentado vivir conforme a la moral natural y las tradiciones morales seculares en esta materia- estaban sencillamente equivocados. Que quien tiene razón es el discurso liberador y terapéutico de la postmodernidad. Que la recuperación de la inocencia primigenia, que elimine el poder destructor de la sexualidad desordenada, no viene de manos de la gracia y de la madurez humana propiciada por la lucha ascética, sino del abandono a la espontaneidad venérea dentro del respeto a las reglas liberales del consentimiento entre adultos (e incluso, entre simples púberes).

No es difícil ver que, con los ojos enturbiados por la pasión y el desorden moral, con el corazón curvado sobre sí mismo por el pecado, con la esperanza agrietada por una experiencia amarga y la fe debilitada por las dudas… es imposible que subsistan en los pastores las virtudes de la fortaleza (el cayado y la piedra que protegen el rebaño), la prudencia (para señalar las verdes praderas donde recostarse y abrevar) y la justicia (para distinguir las ovejas de los lobos).

Un diagnóstico lúcido, un camino de purificación

Este análisis somero, permite completar el diagnóstico que ofrecía el Papa Benedicto a la Iglesia de Irlanda en momentos oscuros de la crisis de los abusos:

“Sólo examinando cuidadosamente los numerosos elementos que dieron lugar a la crisis actual es posible efectuar un diagnóstico claro de sus causas y encontrar remedios eficaces. Ciertamente, entre los factores que contribuyeron a ella, podemos enumerar:  procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados; una tendencia en la sociedad a favorecer al clero y otras figuras de autoridad y una preocupación fuera de lugar por el buen nombre de la Iglesia y por evitar escándalos, cuyo resultado fue la falta de aplicación de las penas canónicas en vigor y la falta de tutela de la dignidad de cada persona.”

Sin caer en simplificaciones unilaterales, reconociendo el carácter complejo del problema, no es difícil descubrir detrás de esas causas de la crisis –incapacidad para ejercer la fortaleza, la prudencia y la justicia-, el apagamiento del amor, la esperanza y la fe en tantos “ancianos lujuriosos” y amargados. Dios les perdone. Dios convierta sus corazones. Dios nos asista a todos. Dios nos de el fuego de su amor, para transformar en nosotros y en todos –sobre todo en el clero y con más razón en el alto clero- la soledad de la lujuria en la alegría del amor.

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Comentarios
2 comentarios en “Ancianos lujuriosos y clericales
  1. No se quiere reconocer por Francisco el estrecho vínculo entre los abusos y la homosexualidad clerical en un 80% de los casos, homosexualidad que ha pasado del doble del de la población en general a 10 veces más. Este es el grave problema, el problemón. El sacerdocio no puede transformarse en un refugio gay. Francisco no es que forme parte del problema, es el problema.

  2. Es verdad, todo está dominado por la lujuria y la concupiscencia, empezando por lo que vemos, ya casi todos los comerciales han de tener su buena dosis, Leí que la única persona con la que Cristo no quiso hablar, fue con Herodes, pues éste estaba dominado por la lujuria, porque a Judas hasta lo llamó amigo, y a todos les respondió, solo con el lujurioso se calló, debió de ser que éste ya no pensaba correctamente, debió de traer una especie de muerte

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